
Una Marina para el cine cubano
Por: Rubén Ricardo Infante
La recurrencia del poblado de Gibara dentro de la historia del cine cubano es una clara referencia a su belleza como locación. Fue Humberto Solás uno de los redescubridores de esta ciudad costera con películas como Lucía y Miel para Oshún, y después con la creación del Festival Internacional de Cine Pobre legitimando el quehacer de la villa blanca en el celuloide.
El filme Marina, del director Enrique Álvarez, es un intento por captar una parte de las historias que quedan ocultas en pueblos de provincia. El argumento del filme es sencillo, basado en una clara referencia a los viajes de ida y de regreso, pues Marina –el personaje- regresa de la capital, su padre ha hecho el viaje hacia la muerte, el abuelo postizo también muere y a la usanza de los griegos de la antigüedad lo llevan en una barca hacia la otra orilla, pero ella ha hecho con él lo que no pudo con su padre propio, esas muertes o pérdidas son las que hacen que Pablo decida abandonar el país, pues ya nada le queda aquí.
Al repasar con ojos críticos el filme, el espectador se percata de cómo los escasos personajes llevan en sus hombros la trama, y esta escasez daña el intento de hacer un filme que resulte creíble y que vaya a adentrarse en un campo demasiado intimista. La ciudad (re)construida es campo para el lente de una fotografía que aprovecha los planos abiertos a espacios costeros, donde una pequeña flota permanece anclada a los barrotes del muelle, el lente se detiene en ellos y Marina aprovecha para testimoniarlo con su móvil.
Sobre el desempeño de los personajes habría que apuntar que, Pablo (Carlos Enrique Almirante) es el mejor logrado, con matices que acentúan su situación: vive con el abuelo, un señor anclado en la bebida, y trabaja de noche pescando para obtener algún provecho de eso. Por otro lado, es impulsivo y callado, teme que amanezca y estar despierto.
A lo largo de la película hay una escena recurrente y es el momento en que ambos tienen sexo en la cama del joven pescador. Pocas veces se había tratado de forma tan burda la penetración anal, desagradable el tratamiento, tanto de los personajes, como la historia sobre la cual se basan.
En el diseño de los personajes Marina me resultó atrapada en distintos modelos de actuación, por un lado busca sus recuerdos, dejados en una libreta con las llamadas colecciones que muchos niños de la época concebimos como muestra de los dulces comidos o simplemente con estuches de jabones, y por otro está huyendo de su pasado, conformado por: su padre, la ciudad, su ex – novio Yoel, entre otros.
Para el director, Enrique Álvarez, volver al cine significa concebir una historia con aciertos en la armadura general de la misma, pero con deficiencias hacia la concreción de ideas y trabajo final. La experiencia de La Ola (1995) y Miradas (2001) le resultaron útiles para trabajar en Marina con un apego a temas de índole sensible y que están amparados en la localización del pueblo, sus historias, sus personajes y la forma en que estos se proyectan entre ellos y con el filme.
Realizada por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficas (ICAIC) y el Festival Internacional de Cine Pobre Humberto Solás el filme no supera mucha de las expectativas creadas en torno a una Marina, donde sus barcos permanecen anclados, listos para zarpar en cualquier momento. |