
Tras el sueño más lejano
ENTREVISTA
Por: Narmys Cándano García
El protagonismo joven adquiere cada día mayor relevancia en la producción audiovisual cubana. El cine, devenido superobjetivo de cualquier generación de actores, no queda exento de ese talento naciente que promete eclipsar las pantallas en muy poco tiempo.
Tal vaticinio queda demostrado por Miriel Cejas, una actriz recién llegada a nuestros medios, pero que lo ha hecho a través del que consideraba su sueño más lejano: el protagónico de una película.
Les recuerdo entonces a Lisanka, la muchacha emprendedora y desprejuiciada que cautivó a muchos por ser una digna representante de todas las cubanas; o más recientemente, a Eunice, la adolescente traumatizada que con solo mirar revela sus tristezas, envuelta en un supuesto Boleto al paraíso.
Por esta vez, no hay trueques del destino, ni momentos dramáticos o de comedia que conmuevan ánimos o desaten carcajadas. Solo queda la actriz dispuesta a compartir con el público su corta pero intensa experiencia. Capaz de construir un personaje de ficción en circunstancias históricas excepcionales, o de reencarnar una vida con todos sus miedos -casi terrores- e incertidumbres, nos muestra nuevamente cómo la versatilidad de un actor distancia escenarios para ofrecer una (re)creación de seres y realidades en cada propuesta.
Jugar al teatro
Graduada de Teatro en la Escuela Nacional de Arte (ENA) en el año 2007, Miriel recuerda sus primeros encuentros con la actuación muchos años antes de llegar a la academia. Su interés artístico la acompaña desde pequeña cuando prefería “jugar al teatro” con sus amigos y no a las casitas, como indica la tradición, o al inventarse directora y montar las obras o simplemente representarlas.
El primer acercamiento lo obtuvo del teatro de títeres, hasta que “en sexto grado empecé en una compañía llamada La Marea y también formé parte de otro grupo para niños en Marianao. Después, cuando me entero de los requisitos para las pruebas de la ENA empiezo a prepararme con el maestro Raúl Eguren en un taller que él tenía en el Museo Napoleónico, y más tarde, una vez superadas las pruebas para esa escuela, empiezo a estudiar actuación”.
Luego, llegar al mundo profesional, implica choques de intereses, descubrimientos y más de un (des)encuentro con el azar o la buena suerte. Salir de las aulas significa asumir una cadena interminable de riesgos pero también de aciertos. En ese punto, nuestra entrevistada se identifica con los muchos jóvenes actores recién graduados que prevén demorar bastante en encontrar trabajo, y “que tal vez tengamos que hacer mucho teatro primero o mucha televisión, antes de llegar al cine”.
“Como todos los actores, yo hice muchos castings que no aprobé y el de Lisanka fue uno más, porque te vas acostumbrando a desaprobarlos y como no podemos volvernos locos, es como una psicoterapia aceptar lo que suceda, porque actuar depende precisamente de la opinión que los demás tengan de nuestro trabajo”.
Sin embargo, para ella el encuentro con la nueva realidad fue fortuito, “un regalo de la vida” por el que agradece a Daniel Díaz Torres, director de la película Lisanka. Así, Miriel se convirtió en una singular cubana de los primeros años posteriores al triunfo de la Revolución, una muchacha, como varias de ese tiempo, dispuesta a romper esquemas patriarcales y vivir por encima de convencionalismos, con el compromiso mayor de hacer valer sus razones a la altura de cualquier voz, sin importar géneros.
La ocasión, entonces, fue única: “la gran oportunidad de mi vida”, asegura mientras nos cuenta que “en el momento que hice Lisanka di todo lo que en ese momento podía dar, las ganas que tenía de trabajar y las expectativas que tenía con la película”.
Construyó un personaje al que semejaba “en su actitud luchadora, rebelde, el querer poner los criterios femeninos al nivel de los masculinos, no por encima y el reclamo de que se acepte a la mujer como un ser igual al hombre, que tiene los mismos derechos y deberes, que no debe ser más juzgada que ellos”. Resultaron parecidas además, “en el amor por su padre y la sinceridad con que enfrenta las relaciones humanas”.
Sin dudas, el primer esfuerzo dio excelentes frutos: la aceptación del público y la crítica. Incluso el reconocimiento traspasó fronteras y esta joven actriz recibió el Premio a la a la Mejor Actuación Femenina en el vigésimo Festival Iberoamericano de Cine de Ceará, Fortaleza, en Brasil.
Resultar galardonada con su debut cinematográfico fue la sorpresa mayor, comenta, “porque a veces cuando uno hace las cosas piensa que a lo mejor lo reconocen en su país, donde hay más acceso a tu persona, pero de pronto cuando me llaman del ICAIC y me dicen que la película había cogido un premio y que era mío fue verdaderamente una sorpresa, muy satisfactorio, uno de los momentos más felices de mi vida”.
Por segunda vez
Pero la dicha continuó y qué mejor premio al esfuerzo que la oportunidad de hacer por segunda vez un papel protagónico. Miriel pasó de mujer imponente en Lisanka, a la adolescente desprotegida de Boleto al paraíso, dos personajes que tocan los extremos en sus concepciones y bases dramáticas.
“Cuando hice el casting de Lisanka hice uno también con Gerardo Chijona y después que terminé la película, él me vuelve a llamar y me dice que había quedado seleccionada para la suya. Yo siempre pensé que él no iba a querer repetir protagonistas. Creí que Lisanka iba a ser una limitante porque ambas películas iban a salir muy pegadas y pensé que si Chijona me escogía sería para un personaje más pequeño, secundario. Esa fue otra sorpresa”.
Como agradecimiento a la confianza de ese director, comenzó una nueva metamorfosis, ahora para revivir una historia, de una parte advertencia, de otra enseñanza y a la vez que necesaria reflexión. Desde ese punto nació Eunice, en uno de los sitios más extraviados de la geografía villaclareña, en una familia atípica, pero no única y un destino singular, y sin embargo, repetible, en el que termina infectada de SIDA.
“El personaje me encantó y me sentí muy bien haciéndolo –comenta- porque Eunice es como si fuera una hija. Yo parí a Lisanka como si fuera un sueño pero esta adolescente tuve que concebirla desde la punta del pelo hasta los pies. Fue una niña creada por mí, la cual estudié muchísimo y me gustó representar”.
La preparación fue compleja y requirió una inmensa fortaleza emocional para enfrentar hechos que, a pesar de remitir hoy a la ficción, poco tiempo atrás marcaron la realidad de muchos.
Cuenta Miriel que todos los actores estudiaron el contexto histórico de la película, fueron al sanatorio, conversaron con los pacientes y leyeron el libro que inspiró la cinta. “Pero la entrevista con mi personaje, es decir, la muchacha real en la que está basada la historia, creo que fue el punto terminante para interpretar el personaje como lo hice. Me propuse solo un objetivo: mirar como mira esa muchacha, si logro hacerlo tengo el personaje y todo el trabajo que hice en la película fue buscando esa mirada triste, que aunque se riera y conversaras normalmente con ella, te dabas cuenta de que algo pasaba y le iba a afectar toda su vida”.
Entonces fue niña otra vez, una mujercita con la que compartió “la inocencia por la que pasé y que aún mantengo de mi adolescencia, la sensibilidad, la manera de encariñarse con los otros como ella lo hace”. Al mismo tiempo, reconoce que “en cuanto a la historia no podría hacer un paralelo de la suya con la mía, porque yo quiero muchísimo a mi padre, y odiarlo es algo que no haría”.
Y como para marcar el giro radical del personaje anterior a ese explica que “Lisanka era una muchacha más o menos de mi nivel intelectual, pero Eunice era de un nivel más bajo, tenía que pensar como alguien que no tiene información, que está desprotegida por todas partes pues la vida le ha dado fuerte y también tuve que interpretar a una muchacha que tomó una decisión que yo no tomaría, pues ella tuvo una actitud que quizás a mí el amor no me llevaría a seguir.”
No obstante, tanto Eunice como el resto de los personajes de la cinta, llevan implícito un mensaje que invita a girar las miradas hacia esa otra realidad social que a veces permanece agazapada ante la mayoría, pero latente para muchos y cuya transformación es urgente.
En ese sentido, señala Miriel que “la película pretende transmitir cómo a veces tanto las situaciones sociales, como sentimentales y familiares, porque casi todos los personajes de la película tienen familias disfuncionales, pueden marcar la vida de una persona e influir en su comportamiento, en la toma de una decisión que en su momento parecía la más correcta y después se dan cuenta de que no era la adecuada cuando se ven envueltos en situaciones en las que no tienen alternativa”.
Agrega que “no se puede juzgar a los personajes de la película, porque muchas personas dicen que lo que les pasa es mentira, piensan que estaban locos, pero si tu tuvieras una madre que te maltrata, si vives en una provincia donde todo el mundo te discrimina y solo tienes como refugio tus amistades que están en un sanatorio, ¿qué harías en un momento en el que todos veían la cura del SIDA al doblar la esquina?”
Entrega en cuerpo y voz
Hacemos un alto en la conversación para tratar un tema que aún, a pesar de su popularización, por decirlo de alguna manera, es tocado con cierto recelo: el desnudo en pantalla. Mi interrogante no pretende enjuiciar sino simplemente obtener un criterio, ante el hecho de que esta actriz ha tenido una experiencia de ese tipo en ambas cintas. Ella lo define como “uno de los discursos estéticos que pretenden tocar o mostrar los directores” y afirma: “no le tengo prejuicio para nada aunque considero que en ocasiones son bastante innecesarios, en otras no tanto, como también puede ser sustituido o simplemente hecho de manera diferente.”
Al pasar de lo general a lo particular, explica sus razones: “En las dos películas que he hecho, que han tenido desnudos no tan significativos pero sí bastante complicados, lo he afrontado desde la visión del personaje que lo asumo como un ser real, que se desnuda, por eso es que siempre lo miro desde el personaje y no desde la actriz porque en ese punto puedes caer en el prejuicio, la fobia, o juzgar la actitud del director. No creo que los que he hecho hasta ahora hayan sido injustificadamente, sino porque el personaje en ese momento lo necesitaba, quizás se podía haber hecho más recatado, pero esa decisión yo la dejo en manos del director, porque mi cuerpo y mi voz están para prestárselos a los personajes”.
Entonces la decisión de entregarlo todo justifica que las oportunidades para probar nuevas encarnaciones no se hagan esperar. Miriel continúa su crecimiento profesional, ahora con “Extravíos, un teleplay para la televisión con el director Alejandro Gil, y recientemente terminé un trabajo con Eduardo del Llano. Además, en septiembre Daniel Díaz Torres empieza a hacer una película en la que tengo un personaje y también haré viajes por todo el país para promocionar Boleto al paraíso.
Este último filme le sirve de guía para ofrecer su valoración sobre las perspectivas temáticas del cine cubano actual, el cual en su opinión “está como dando un giro porque el público cubano está acostumbrado a reír, a que la película sea agradable y te haga reaccionar desde la sensación de bienestar y que hayan producciones como Boleto al paraíso que responde más a la visión del cine internacional, que busca tocarte, sensibilizarte, que puedas terminar llorando con la película, marca nuevas pautas. Lo mismo sucede con el cine latinoamericano que aborda temas sociales, aristas que hasta ahora en Cuba hemos tratado desde la comicidad, por lo que sería muy importante que los jóvenes realizadores les dieran la oportunidad al público y los actores que nos encantan los personajes bien dramáticos y complicados, de disfrutar y hacer ese tipo de cine”.
El reto quedó lanzado y con ello la expectativa de que Miriel forme parte muy pronto de ese grupo de artistas que han destacado en nuestro país por dedicar sus carreras al séptimo arte. Quien la observe detenidamente advertirá entonces que cuando sobran el empeño y la decisión de correr los riesgos necesarios, el destino no dudará en jugarle otra buena pasada. |