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Nunca nadie ha festejado tanto

Por: Joanna Pérez Vidal

La vida de Juan Carlos Cremata Malberti bien pudiera inspirar una película u obra teatral. Pocos imaginan la riqueza de vivencias y lo singular de su personalidad. Algunas de esas facetas pudieron percibirlas los asistentes al último Encuentro con Personalidades de la Cultura que durante el festival trajo al Pabellón Cuba algunos de los más selectos invitados a la cita.

Aunque la vocación por el arte le llegó como parte de su información genética, confiesa que su interés por el cine tuvo una vía diferente a la de otros tantos homólogos. “Yo quise ser director porque me atraía el swing que tenían los realizadores del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Frecuentaba la tienda que está en frente y me detenía para ver a los cineastas salir o entrar del ICAIC. Ellos tenían un estilo diferente, tenían onda”, de este modo se produjo el acercamiento del segundo hijo de la coreógrafa y directora de programas infantiles Iraida Malberti al mundo cinematográfico; contrastando así con habituales identificaciones con autores o filmes determinados, con necesidades artísticas o discursivas.

Pero antes de descubrir su vocación hacia la realización Juan Carlos recorrió otros universos, algunos más cercanos y otros bien distantes. De niño incursionó como actor en varios programas infantiles, estudió en las Escuelas Militares Camilo Cienfuegos, luego ingresó en la carrera de Historia en la Universidad de La Habana y más tarde en Teatrología y Dramaturgia en el Instituto Superior de Arte (ISA). En esta última se graduó como crítico de ballet con la investigación Coreografía cubana de ballet y danza moderna bajo la tutoría del Premio Nacional Fernando Alonso. Para entonces estaba consciente de su verdadero interés y minimizaba la valía de su título universitario. “Casi no le presté atención a la discusión de la tesis porque ese día ya conocía que me habían aceptado en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV). Tenía las maletas hechas y en cuanto terminé la defensa me fui para allá”.

Cremata confiesa que existe un antes y un después de su llegada a la EICTV. Alumno de su primera graduación, aquel proyecto, —por entonces fundacional, — le reveló un mundo del que permanece preso. ”Es una enfermedad incurable. Me gusta mucho más estar organizando, creando atrás de las cámaras. La pasión cinematográfica me ha ayudado a vivir cada rodaje como si fuera el primero y el último de mis días. Eso me lo enseñó la Escuela”.

A decir del también integrante de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), sus años de convivencia en las tierras de San Tranquilino le devolvieron el placer por el trabajo, de ahí que conciba el proceso creativo en constante diversión. “Fue como volver a nacer, volver a la infancia, donde uno trabajaba y jugaba al mismo tiempo…En la Escuela se comía cine, se hablaba de cine, se dormía cine, se tenía sexo con cine, se bañaba con cine”.

Los éxitos de Cremata aparecieron desde su propio debut en el panorama audiovisual cubano. Su ópera prima y tesis de graduación Oscuros rinocerontes enjaulados (muy a la moda) (1990) recibió múltiples reconocimientos de especialistas nacionales y extranjeros, al tiempo que posibilitó a su director intercambiar con cineastas de diversas latitudes y asistir a eventos internacionales. El cortometraje de ficción de 16 minutos se rodó en la misma locación donde Tomás Gutiérrez Alea filmara La muerte de un burócrata y es, —según su principal creador, — “un homenaje a Norman Mc Laren”. La experimentación con la animación y el dibujado, coloreado y rayado del material fílmico a mano ubican a esta obra entre lo más sui generis de la imagen y el sonido en el país.

Posterior a su graduación en la EICTV, los primeros pasos profesionales los daría como profesor de dirección y montaje en la Universidad de Buenos Aires. Más tarde se trasladaría a estudiar a Nueva York. La primera de las experiencias le acercó a los parámetros teóricos del llamado séptimo arte, al tiempo que su estancia en la gran ciudad comercial le puso en contacto con culturas y manifestaciones disímiles. “Llegué ha implantarme el reto de seis películas diarias y/o una obra de teatro o danza, o ir al Soho a ver una exposición”.

En 1996, el mismo año de la muerte de Tomás Gutiérrez Alea (Titón), regresa a Cuba. Estaba convencido de que allá era “un cineasta más”, deseaba ser “un cineasta cubano”.

“Volví con el guión de Nada (2001). Era mi primera película, mi sueño. Fueron días gloriosos porque estaba trabajando con la institución de las grandes películas cubana”, así recuerda su debut en el largometraje. La ópera prima era parte de una trilogía que completarían los títulos Nadie y Nunca, pero casi una década después estas últimas permanecen sin rodar porque “nadie nunca se ha atrevido a financiarlas”. Desde entonces hasta la fecha ha realizado tres filmes y uno se encuentra en proceso de edición actualmente (Chamaco), —este último debutará durante la próxima edición de la Muestra de Nuevos Realizadores—. Próximamente comenzará el rodaje de La hijastra que protagonizará la actriz Laura de la Uz.

Para este cineasta multipremiado por la crítica y el público lo más importante es fomentar un clima divertido durante la creación. “Trato de crear un buen estado de ánimo aunque esté haciendo una tragedia. Disfruto tanto lo que hago que intento transmitir ese placer a todos. Es una fiesta”.

Juan Carlos es, además, recordado por su filmografía documental a la cual, por cierto, no hizo referencia durante su diálogo con el público del Encuentro. La Época, El Encanto y Fin de Siglo (2000), es considerado por especialistas cubanos entre las obras del género más importantes de finales del siglo XX y principios del XXI. A este se une Diana.

Pero sería su segunda entrega, Viva Cuba (2005), quien lo posicionaría en el gusto popular. La cinta sorprendió por preferir a dos niños como protagonistas y narrar una historia donde la amistad y el amor al país y los seres queridos sensibiliza a los espectadores. “Si Nada me dio a conocer como cineasta, Viva Cuba me hizo querer”. Es el primer filme nacional por y para los infantes y,— según conteo de su propio director,— el más premiado (37 reconocimientos).

Completa su filmografía El premio flaco (2009), reciente estreno que concursa en la XXXI edición del Festival. Con esta obra Cremata logra reunir a sus dos mayores pasiones: el cine y el teatro. Aunque la película ya se exhibe su director confiesa que era un deseo surgido muchos años atrás. “El Premio Flaco lo pensé antes de ser cineasta, cuando vi la puesta de Héctor Quintero. Aquella primera vez me dije: Esto es una película”.

Una de las características que más sobresale en el invitado es su doble condición como director de cine y teatro. De cómo llegó a incursionar en esta última especialidad también comentó: “Hace dos, tres años atrás, Carlos Díaz me llamó para que fuera el asistente de dirección de la compañía teatral El Público. Y así seguí”. En poco tiempo Cremata asumió el montaje de Las viejas putas, al que han seguido El frigidaire y El malentendido. De todas ellas prefiere su reciente estreno y la califica como “su trabajo más lindo”.

No faltaron interrogantes acerca de su especial interés por estas manifestaciones artísticas y las causas que lo motivan. Al respecto el cineasta confesó que “no hay límites entre el teatro y el cine porque en la identidad del cubano no existen”. Cremata sintetizó su línea profesional con la picardía que le caracteriza: “Cuando me preguntan sobre qué tipo de trabajo estoy realizando respondo como los músicos: “Estoy trabajando la fusión”. Esto es un país mezclado… hasta con chícharo”.

Lo más importante para el artista es trabajar en todo momento, de ahí que una tras otra materialicé sus ambiciones. “El acto creativo me apasiona tanto...Disfruto más el ensayo, el rodaje, el montaje”. Sin embargo, aunque ahora se divide entre salas teatrales y sets de filmaciones advierte que no se “permitiría dejar de querer al cine”.

Y si de asombrosa es su versatilidad creativa igualmente lo es su particular percepción sobre las artes y la relación con los espectadores. “Estudiar lo que hago no me corresponde a mí sino a quien lo ve. Me enriquezco con otras lecturas”. No obstante parte de su propia recepción para analizar críticamente cada propuesta. “Soy el primer espectador de mi obra. Tengo que estar convencido”.

“La palabra perfección existe en el diccionario porque la Real Academia Española (RAE) la puso ahí, pero no existe para mí”, de este modo el artista corrobora su alto grado de exigencia y análisis.

El cierre de la cita dejó boquiabierto a más de un presente. En una tarde agitada, pocos o casi nadie esperaban que el invitado se identificara como persona retraída. “Debajo de este sombrero y estos espejuelos se esconde una gran timidez”. Tras intercambiar con tan locuaz, entusiasta e ingenioso entrevistado para los interlocutores del Encuentro quedaron muchas dudas sobre semejante rasgo.

© Asociación Hermanos Saíz. 2009.