
“Mucha Cuba en una Cuba”, un filme llamado Habanastation
Por: Maria Nela Lebeque Hay
Llegan los primeros créditos. En primer plano aparece un sistema automático de agua en función. Un niño a mi lado llora, no sé qué tiene. La sala está repleta. ¡Muy bien, excelente fotografía desde el inicio! Al fin todo en silencio. Comienza a urdirse la historia...
Asistí al cine con cierto recato, lo acepto. Un amigo me comentó en la mañana «es una película infantil». Y no tengo nada contra ello, pero al final su tópico trasciende estas fronteras y calificaciones. Habanastation, primer largometraje de ficción del joven realizador Ian Padrón, estrenado recientemente en la sala Chaplin, constituye una de esas propuestas fílmicas donde se disfruta y se aprende con igual garantía.
La película recrea una historia de dos realidades sociales; pares opuestos que reflejan lo alto y lo bajo en cuanto a modos de vida, mas no de espíritus. Pero sobre todo expone los valores de la amistad (en este caso de dos niños), llegando a trascender sus fronteras hacia una suerte de fábula de Esopo en una relectura contemporánea. En esta los personajes y el relato crecen a lo largo del camino, se aprende y se divierte, para al final desembocar en la feliz moraleja.
Situada en la Cuba contemporánea, dos niños -Mayito y Carlos- asisten al mismo grupo de primaria. Sin embargo, sus realidades son muy distintas: el uno es el vanguardia, vive en Miramar, su padre es un músico que viaja constantemente y lo complace en todos sus gustos; mientras que el otro es el alumno con problemas de disciplina, vive en «la Tinta», un barrio marginal de la Habana, debe trabajar para conseguir su propio dinero -vende botellas para comprarse un papalote- y vive con su abuela, por ser huérfano de madre y tener el padre en prisión. Bajo esta presentación se expone el lei motiv para el encuentro y el choque cultural entre ambos. Nada más y nada menos que la celebración del 1ro de Mayo en la Plaza de la Revolución, donde Mayito se aleja de su profesora, se extravía al coger una guagua equivocada y termina, por primera vez en su vida, en el barrio de Carlos.
Así inicia la serie de aventuras y desventuras sucedidas a los niños durante el filme. Hechos que desbordan los contenidos propios de la narración de la historia, para detonar cuestiones distintivas de la realidad cubana actual como son la marginalidad, la religión, la discriminación social, la alta y baja cultura, los valores humanos, entre otros. Todo ello, a través de un lenguaje limpio, entendible y apto para la intención de la película, que es llegar a todas las edades; logrando la articulación de cada uno de los recursos expuestos en el material. De tal modo que matizados con tintes de humor y sátira explícita, el espectador es conducido a la reflexión y, por qué no, a la identificación con las situaciones que ocurren durante todo el metraje.
La propuesta fílmica revela un excelente tratamiento en cada uno de los elementos que componen su contenido audiovisual. Iniciando por la calidad de la historia contada que nunca pierde el eje discursivo de la trama, es decir, la articulación entre los dos personajes a partir de un objeto en boga de estos tiempos para los más jóvenes: el playstation -el guión perteneció a Felipe Espinet y al propio director de la película Ian Padrón-. Ello constituyó sin lugar a dudas una solución loable, si se tiene en cuenta que reflejar estos dos espacios pudo conducir a la muy recurrida y agotada «victimización» de un lado y «satanización» del otro. No obstante, la película se salvó de reciclar lo ya visto y reveló una propuesta diferente dentro del cine cubano de los últimos tiempos; dignificando en buena medida su intención.
Por otro lado debe señalarse el papel desempeñado por su director Ian Padrón. Este realizador, emergido de la Facultad de las Artes de Comunicación Audiovisual del ISA (FAMCA) en al año 2000 con un cortometraje de ficción titulado Motos, llega nuevamente a esta vertiente luego de un extenso y fructífero camino repleto de lauros desde el videoclip y el documental. Entre algunas de sus obras más relevantes pueden citarse Luis Carbonell, después de tanto tiempo (2001), Fuera de Liga (2008), Eso que Anda (2010) y los videoclips Chapeando, de los Van Van (2005), y Catalejo, de Buena Fé (2009), por sólo mencionar a algunos. De tal modo que su acumulación de experiencias en la realización lo conduciría a la obtención de un metraje completo para el público al que va dirigido.
En igual grado de reconocimiento el equipo de realización de la película reveló sus cualidades como artífices de la imagen en movimiento. Desde René Baños en la música, Noel Álvarez en la producción, Hoari Chiang como director asistente, José Lemuel en la edición y Javier Figueroa en el sonido; quienes llevaron los avatares propios de una producción que posee además la peculiaridad de ser financiada enteramente con capital cubano. Por su parte, otra figura clave dentro del material y que destaca en el resultado final de la película es Alejandro Pérez, su director de fotografía. El mismo, con una excelente carrera dentro del videoclip -director de Guajiro, de Sexto Sentido, y Ya no hacemos el amor, de Baby Lores- fue el máximo responsable de los excelentes planos y la factura de la imagen que asaltan al espectador desde la escena inicial de la película.
Otro de los elementos que sin dudas se agradeció mucho dentro del filme fue el reparto de actores utilizados. Junto a los dos protagonistas de la historia (Ernesto Escalona y Andy Fornaris) aparecen actores consagrados de la televisión y el cine como Luis Alberto García, Blanca Rosa Blanco, Evert Álvarez, Miriam Socarrás, Raúl Pomares, René de la Cruz y Omar Franco. Todos ellos, con igual valía, desarrollaron una acertada caracterización de sus personajes dentro del material, logrando interpretaciones convincentes que desbordaron sus cualidades histriónicas como actores definidos.
Punto y aparte merecen los más jóvenes del elenco. Los niños, mayoría numérica dentro del filme, adquirieron la mayor responsabilidad para la realización de la película. Su significación no sólo implica el reconocer la excelente calidad de un grupo como La Colmenita, dirigida por Carlos A. Cremata, cuyos integrantes fueron una parte importante de los actores de la película, sino el nivel de entrega de cada uno expreso en la pantalla. Carlos y Mayito, los personajes de Habanastation, lo demuestran así, probando que no sólo determina la corta edad y la experiencia ante las cámaras: también hace falta su entrega y profesionalidad, unido a su granito de diversión.
En otros grados de análisis el material suscita lecturas interesantes para el receptor que lo enfrenta. Aún cuando no posee una trama compleja, con alteraciones temporales notables -a no ser algunos flashback para explicar lo sucedido al padre de Carlos-, recursos simbólicos o de carácter experimental, la película sí contiene cuantiosos elementos intertextuales. Muchos de ellos participan de la propia cotidianidad cubana -referencias en torno al lenguaje marginal o popular; prácticas religiosas de índole afrocubana; procesos histórico-sociales (la celebración del 1ro de Mayo o los llamados “maestros emergentes”); y la Cultura nacional que engloba desde el jazzista con una discografía reconocida en el mercado internacional, hasta un toque de santo en medio de la calle. Tal vez su máxima síntesis aparece ya desde el propio título dado al material: Habanastation, una hibridación por antonomasia de su contenido múltiple y polisémico.
Aunque existen elementos que podrían perfeccionarse dentro del filme, -tal vez no es del todo necesario marcar tan explícitamente las diferencias entre los personajes principales, ya que no permite que el receptor realice su construcción personal de los mismos- es un hecho innegable la calidad que expone este largometraje llevado a cabo por Ian Padrón para los niños de Cuba. En este se aúnan tanto calidad artística con discurso en sí, en tanto permite el entretenimiento, pero también la enseñanza. De tal modo que Habanastation llegó a nuestra cinematografía como un ejemplo más de esos, síntoma de los nuevos aires que detonan el cine cubano del Nuevo Milenio. |