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ENTREVISTA

Por: Lourdes Stusser y Carlos Ríos
Fotos: INTERNET


La noche en que Personal Belongingsganó el tercer Coral de ópera prima en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, dos jóvenes cineastas cubanos subieron a recibir el premio. Uno era Alejandro Brugués, el director de la cinta. El otro era Inti Herrera, un joven que había producido también Viva Cuba y comenzaban a entrevistarlo los medios de comunicación cada vez más frecuentemente. Para el público, un nuevo rostro asomaba al cine cubano, tan poco visitado por caras jóvenes en la última década. Unos pocos años antes, la Muestra de Nuevos Realizadores había empezado a hacer público, durante cada febrero, que una nueva generación de cineastas estaba surgiendo; y el eco de sus obras –muchas veces pasadas de mano en mano- permitía asegurar que el cine en Cuba tenía relevo garantizado. Inti Herrera es parte de esa generación que entrando los 90 intentó tomar las riendas de una producción cinematográfica arriesgada, no siempre precisa en el acabado de sus cintas -actores de una época de escasez tecnológica-, pero tal vez por eso más preocupada por concentrar la atención en contar su punto de vista. El ICAIC y la prensa cubana comenzaron a llamarlos entonces nuevos realizadores, y a partir de ese momento muchos se cuestionan si están viviendo o no, el despertar de una vanguardia. El hijo del director Manuel Herrera y la actriz Eslinda Núñez coordina el Sector Industria del Festival de La Habana y fundó Producciones de la 5ta Avenida. Nos habla sobre su época y sobre su cine.  

En los últimos años ha surgido una denominación para nombrar a los jóvenes que luchan por hacer sus películas: nuevos realizadores. ¿Te sientes identificado dentro de esta generación?

Entiendo lo que quiere decir, pero tengo un problema con las nomenclaturas. ¿Sentirme identificado? Me cuesta mucho decidirme. Primero porque el tema de nuevos realizadores es como ambiguo, en algún sentido. Un nuevo realizador puede tener 50 años, ser una persona de edad adulta, y puede ser un muchacho que empieza con 14 ó 15 años. De hecho, creo que me queda un año sólo de nuevo realizador. Me reconozco como algo: como persona, como cineasta, como ser humano, como otras cosas…

¿Qué crees que los distingue? ¿Existe una estética que los identifique como movimiento? ¿Crees que ha roto con la identidad del clásico cine cubano?

Yo pienso que hay una impronta y un desenfado en la forma en que se dice. Creo que lo único que puede aunar el término es un fenómeno espontáneo y circunstancial debido a la explosión de las nuevas tecnologías; pero no debido a ningún manifiesto ni ningún tipo de posición política, artística o estética; surge por las mismas circunstancias de la vida que hemos estado viviendo en los últimos 20 años de la crisis. Eso ha producido algo que empezó de cierta forma, no como un contradiscurso, pero sí como una forma más desenfadada a la hora de expresarse. Yo pienso que la mirada, la óptica, es totalmente diferente al cine del ICAIC de los años 90, o de los 90 hacia atrás, hacia los 60.

La proliferación ostensible de nuevos realizadores, la adjudicas ¿a unas simples ganas de hacer cine, o al deseo de expresión de una generación, a una necesidad puntual de decir algo?

Obviamente. Al final las circunstancias tienen mucho que ver. Yo creo que como discurso no hay estructurada una sola idea, una sola contracultura, totalmente diseñada. Muchas veces no se tiene un sentido claro de lo que queremos decir, más allá del propio hecho de hacer una obra. Y es parte del proceso de la vida que estuvimos viviendo en los últimos 10 años, o ahora vivimos.

Esa misma proliferación, ¿apuntará al mejoramiento del cine cubano?

Pienso que sí, que de alguna forma lo tiene que hacer. No me preguntes cómo, porque no tengo idea. Pero primero pienso en lo que decía Martí del mejoramiento humano. Creo que una obra siempre tiene que ser para ser mejor. Y creo en la evolución, que es un proceso que empezó desde los tempranos 90 para mí, por ejemplo, y que empezó como de resistencia, como de barricada. Y que poco a poco fue pasando a un proceso más meditado, más de sentarse en la mesa a dialogar, y en algún momento será un proceso más planificado, donde se sistematicen muchas formas de hacer. Al menos es lo que pienso que sería bueno que pasara en algún momento: que toda esa fuerza, esa impronta creativa y ese potencial que existe en la calle, y que agrupa esto que llamamos nuevos realizadores, sea potenciado y sea ayudado a crecer por las mismas instituciones, o por la misma vida cívica del país.

Como espectador, como cineasta, y por tu posición dentro del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, ¿notas una divergencia entre los intereses del cine cubano y los del cine latinoamericano actuales? ¿Militan del mismo lado?

Es muy difícil asumir una bandera. Era mucho más claro, mucho más “blanco y negro” en los 60, en los 70. En Latinoamérica estaban estas dictaduras bien sangrientas, donde hubo también un proceso de lucha no sólo contra todos los procesos antidemocráticos, sino por la descolonización de la imagen nacional de cada uno de estos lugares. Hoy día es más complicado en el sentido de que las luchas son más diversas, la vida se nos ha complejizado mucho más a nivel de las mismas tecnologías, que hacen que haya muchas tendencias, muchos pensamientos, muchas cosas corran a la par. Sí pienso que hay muchos frentes que siguen abiertos, pero cuesta más trabajo tener una posición más unánime. En ese sentido, me parece que es un cine diverso, y me parece interesante que sea diverso.

A nivel de época, digamos que uno puede notar cierto tufo a escapismo en el aire. Y no creo que sea un problema cubano, sino mundial. Sobre todo en los primeros años de los 2000… Actualmente hay procesos de maduración, está volviendo a surgir un cine militante, pero no creo que sea un proceso muy alejado del nuestro, en el sentido que aquí haya un cine militante y uno que no lo sea. Quizás el cine que estamos haciendo nosotros no es militante porque el militante se ha hecho de otra forma. Quizás toque un espacio más ligado a otro tipo de reflexión.

¿Cuáles son las principales dificultades a las que se enfrenta un nuevo realizador en Cuba una vez que tiene clara la idea de su película?

Algo que me pasa viendo lo que hacemos, es que no se tiene claro el concepto de lo que quieres hacer. Hacia dónde va lo que quieres hacer, qué público te va a mirar, a quién le quieres decir algo. A partir de ahí, me parece que hay todo un proceso creativo que está desligado a cómo comunicar, cómo tratar de llegar a la gente. En muchas ocasiones no pensamos claramente qué estoy haciendo, por qué lo quiero hacer. Se dan estos casos de películas que si bien, entiendes un poco lo que quiere trasmitir el autor, te falta saber qué estamos contando, en estos momentos de la vida y a quién. ¿Cuánta gente va a ver esta película, dónde la vas a poner? Yo siempre insisto en que hay que hacer un proceso muy importante de formación, no sólo con los cineastas, sino con el público. Me parece que es un proceso que viene desde las escuelas donde se le enseña a la gente a hacer. Todo el mundo, o pasando el proceso de la escuela o saliendo de él, se preocupa por “tengo tal corto, quiero hacer tal cosa”, y no se preocupan por dónde lo van a exhibir, qué van a hacer con él, ¿lo van a dejar en video, lo van a llevar a 35mm…? El cine se realiza porque la gente lo ve, no es para guardarlo en una gaveta, es un medio masivo. Y hay más interés en ser cineasta, en hacer una película, que en que te vea la gente. Es algo que te distancia mucho del público, no tienes los canales, no sabes cómo buscar vías alternativas. Ahora Internet está lleno de lugares para exhibir películas, y no sólo eso, también un distribuidor puede interesarse en tu trabajo.

Creo que el mundo está cambiando mucho, y nosotros tenemos un vacío total de eso, un poco por la circunstancia de la vida, de cómo la estamos llevando, la carencia de tecnologías… Pero no sólo es eso, sino falta de esa curiosidad que te dice: “¡caramba, no me quiero quedar con mi corto en la gaveta, quiero ver lo que piensa la gente!”. Nos falta crecer bastante, nos falta desarrollarnos, aprender mucho, y me gusta ser crítico en el sentido de quitar la parte apologética. Muchas veces decimos: “¡wow, nos la comimos, wow, hicimos una Muestra!”. La Muestra está muy bien, pero es una acción que la hace el ICAIC, no la hace el cineasta. Tú como realizador llevas el trabajo para que te lo pongan, y si es muy bueno, te lo pueden premiar. ¿Pero que hay más allá de eso? ¿Dónde te vas a ver? “Quiero que 60 personas de mi pueblo lo vean…”

¿Qué va a pasar con lo que tú dices? ¿Qué va a pasar con la mente de la gente? ¿Eso te preocupa a ti como cineasta?

Exacto. No es mi motor impulsor, pero creo que es una de las grandes responsabilidades que tenemos. Nosotros trabajamos como medios masivos de comunicación. Tenemos un trabajo que va a ser visto, valorado, algunas veces amado y otras odiado por, si tienes suerte, cientos de gentes. Y por eso hay que tener una responsabilidad y un rigor con el trabajo que hay que mantener, que es lo primero que me enseñaron del cine. Incluso en ese momento pensé dejarlo porque me pareció demasiado riguroso, pero es lo bonito también. El contacto con la gente te alimenta mucho.

Una vez que se salva ese puente azaroso de tener claro el concepto de tu película –que nos dices que la mayoría no tiene definido-, ¿cuáles son las principales dificultades a las que se enfrenta un cineasta cubano de tu edad para hacer su película?

Son montones. En principio, el tipo de vida que estamos llevando. Llevamos 20 años saliendo de una crisis, creo que nunca un país ha tenido una crisis como la que ha tenido Cuba de los 90 para acá, sin tener guerra, en tiempos de paz. Y tener que seguir creando, tener la intención de seguir haciendo. Ese es uno de los principales retos, estás partiendo de mucho más atrás, en el sentido tecnológico y material con que hacer las cosas.

Segundo, la crisis hizo que un sistema que existía volara por el aire, y hubo como una ruptura en cuanto a la tradición. Mucha gente que hacía el cine se retiró, los que hacían los oficios… y no hubo una continuidad, para hacer los efectos especiales, por ejemplo. Eso complica el trabajo, porque hay técnicos, pero no la tradición industrial que existía en el cine cubano.

Tercero, no hay mecanismos de financiamiento. Vivimos en un país en el que el ICAIC ejercía el monopolio total sobre el cine, y había una sola forma de hacer cine, que era lo que se hacía en el ICAIC. Había otros lugares: la fílmica de las FAR, de la Televisión, pero con una sola manera de trabajar: esta forma donde los creadores trabajaban más por encargo, o con un proyecto que querían hacer, pero todo administrado por la entidad estatal. A la vez que llega un momento en que cualquiera puede tener una cámara y comienza a trabajar, que se abren las escuelas de cine  y se empieza a estudiar y a graduarse de cine, y el video comienza a abaratar todo el proceso… provoca que las personas quieran hacer cosas de forma diferente. Como sistema colapsa en medio de la crisis, y paralelo a todos esos realizadores haciendo cosas de forma sui géneris y casi autodidacta, hay un sistema que no se creó. Te hablo de 1995 para acá, hay un sistema que no se creó y una tradición que no se continuó.

Ese problema lo tenemos hoy día. Hay un sistema por crear, que asuma a la gente que está haciendo cine de forma alternativa, a la par de los que están creando dentro del ICAIC. Este tiene que definir en algún momento si es Instituto, si es Productora, o si va a ser las dos cosas, cómo va a ser las dos cosas de modo que quepan todas las demás personas que también están haciendo producción fuera. Hay una serie de incentivos por parte del Ministerio de Cultura, y está muy bien que se los den a las películas, pero no se hace de una forma sistémica, donde tú creas un fondo para que una vez al año se presenten proyectos. Hay una serie de limitaciones en ese sentido. Les estoy hablando de cosas que son en su mayoría extra-artísticas todas, pero inciden mucho en la parte artística. Lo otro que queda es estar bien actualizado. Uno pertenece al momento en que vive. Estéticamente se está viviendo en el mundo un nivel de vanguardia que nosotros no estamos percibiendo así tal cual, porque en principio tenemos problemas mucho más primarios que nos afectan.

¿Qué papel juega o podría jugar el Sector Industria del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano para el joven cine cubano?

El papel es tratar de contribuir un poco más, como lo hacen la Muestra u otras iniciativas que existen. Tratar de acercar las herramientas de la financiación, de los mercados, de los fondos… a los cineastas. Es darles un espacio dentro del festival a los cineastas para que interactúen, para que tengan posibilidades de coordinarse y trabajar dentro del Festival, para que no sea sólo ver películas, o ir a eventos sociales, sino que haya espacios de trabajo. Darle referencias y posibilidades a la gente que empieza a hacer cine. Experiencias como Crossing Borders, donde enseñan cómo debo presentar mi proyecto a un fondo. Una serie de elementos que si no participas en eventos así, los vas a aprender también, pero te va a costar mucho más trabajo, como me pasó a mí.

Desde tu percepción, ¿en qué medida el ICAIC está comprometido con los nuevos realizadores?

Yo lo que siento es que hay un compromiso que tiene muchas variantes y variables. Realmente la cara visible que es la Muestra está bien, pero no es sistémica, no es englobadora, no es un compromiso que incluya, más bien es una cosa puntual, es un espacio donde la gente puede estar, pero no te plantea un sistema donde sea una cosa normal hacer cine.

¿Sueña tu generación con lograr un apoyo total al estilo del ICAIC de los 60, o prefiere luchar a riendas sueltas lejos de la Industria?

No soy un líder generacional, siempre me senté atrás en el aula, no soy el tipo que lleva la bandera. Pero no es la misma época y por eso no puedes aspirar a lo mismo. El ICAIC de los 60 fue una etapa iniciática y fundacional que debe haber sido maravillosa, con todas las cosas malas que puede haber tenido, hizo posible pensar que se podía hacer cine en Cuba. Amén de otras muchas iniciativas más comerciales que hubo antes del triunfo de la Revolución, como industria se consolida con la fundación y los primeros 10 ó 15 años de operación del ICAIC, y en ese momento tener un instituto de cine en un país latinoamericano era algo bien difícil, era progresista. Quizás nos quedamos ahí, quizás nos faltó más, tener una ley de cine que no tenemos, y otra serie de cosas, que otros países sí han empezado por ahí: Argentina, Venezuela…

¿Crees que la enseñanza en Cuba del audiovisual responde a la necesidad de un nuevo cine?

Yo creo que no. Hay algo obvio, primero que todo: incentivar el estado creador. Una escuela de arte o cine –no soy un experto en materia de educación- no se puede regir como se rige una secundaria, como se rige otro tipo de enseñanza más general. Tiene sus características, y hay que hacer hincapié en eso, en incentivar el estado creador; hay que conectarla con el mundo inmediatamente, para que la gente tenga la capacidad de volar, de preocuparse por las cosas, y sobre todo la capacidad de discernir, y tener una actitud crítica ante la vida para tener algo que decir, y tener una perspectiva. Para mí lo más importante de un director es su punto de vista. Una película te puede quedar mal, pero es importante si hay una persona que te está diciendo algo más allá de lo que vemos los demás, de una misma realidad que convivimos todos. Es algo que nos falta en las escuelas de cine, todo el proceso que va detrás de: quieres ser cineasta, quieres hacer una película, tienes un talento muy grande según dices tú. ¿Qué vas a hacer con ella? ¿Dónde la vas a ver? ¿Qué es lo que vas a hacer? Una serie de cosas que llevan a hacer del cine lo que es: una gran cadena artístico – industrial.

¿Qué tipo de historias te gustaría contar y que se contasen? ¿Qué temas no dejarías de filmar?

La vida es más grande que eso. No lo podría decir así, porque la vida siempre te va a sorprender, y donde jamás harías una película de corsarios, un día te das cuenta que los corsarios eran lo más grande que había en la vida y que no puedes dejar de pensar en ellos. Es muy complicado. Lo único que siempre trataría de hacer es algo en lo que crea, por la misma responsabilidad que uno tiene en lo que hace.

¿Te sientes identificado con un género en específico?

Depende de lo que uno quiera decir se utiliza un género u otro, el resto son herramientas. Te podría decir que me gusta la comedia, pero también la tragedia, la pieza, el drama. Te va a ser muy difícil encontrar hoy día a alguien que te defina: “yo lo que quiero hacer en mi vida son películas rosadas…”

Para narrar la realidad, ¿qué te parece más eficiente: el documental o la ficción? ¿Cuál te atrae más?

En dependencia. Con la ficción puedes desarrollar un poco más lo que tú quieras decir. Con el documental estás más expuesto a la realidad, que ella esté de acuerdo contigo o no, es otra cosa. Todos manipulamos, y es un proceso natural que va incorporado dentro del lenguaje de hacer cine, que es diferente al escamoteo, a engañar a la gente. Son términos totalmente diferentes, y es donde está lo moralmente reprobable de la manipulación. Puedes contar más de ti en la ficción, pero el documental puede ser un arma muy rica cuando realmente te está ofreciendo elementos. Dices mucho con un buen documental.

¿Cuáles son tus paradigmas en el cine cubano?

Obviamente Titón tiene obras que me parecen muy significativas; sin padecer el nepotismo a la inversa, la obra de mi padre tiene dos o tres materiales que son de mis preferidos; algunas cosas de Santiago Álvarez; otras de Humberto Solás sobre todo, quien es con quien más me identificaría, pero no con el barroco, sino con el de la impronta de Lucía, el Humberto Solás de Un día de noviembre, y de la experimentación de Minerva traduce el mar y algunos cortos que hizo antes de sus grandes producciones.

¿Crees que el video clip está aportando una nueva visualidad al audiovisual cubano?

El video clip es un instrumento para promocionar música, se creó con ese objetivo, y con ese objetivo se hace. Es un caldo de cultivo para las nuevas tecnologías, para experimentar nuevas posibilidades formales, nuevas visualidades, pero a nivel de cine, siempre vas a necesitar el lenguaje cinematográfico. Se han hecho experimentos pero no van más allá de eso. El cine es la más joven de todas las artes, la pintura ha evolucionado miles de años -desde las Cuevas de Altamira, lo que hacían los primitivos-, y el cine tiene apenas ciento y tantos años. La arquitectura igual, la danza… todo ha tenido una evolución. No me sorprendería que el cine evolucione, creo que debería hacerlo. Pero no creo que a través de video clip. No por el tema de la película, pero sí por las nuevas tecnologías. Mira lo que está pasando con Avatar, cada vez que me encuentro a alguien en Facebook… Hay que verla en cine en tercera dimensión. Me han escrito como siete personas y me han dicho: ¡tienes que ver esto! Eso me parece que en un momento determinado puede hacer evolucionar al cine, una dimensión extra que implica un lenguaje diferente, y te cambia la forma de narrar, puedes experimentar un poco más. Pero a nivel de clips, no, porque su razón de ser es totalmente diferente, a mi entender le aporta mínimamente.

¿Por qué tú haces cine?

Tenía que ser así, no sé si podía ser de otra forma, creo que me costaría mucho trabajo hacer otra cosa en la vida. Veo como algo muy coherente en mi vida haber agarrado por esos caminos, que han sido inciertos en muchos momentos pero algún tipo de satisfacción profesional y personal me han dado. Una serie de tropezones que da la vida que te llevan a eso. Siempre me gustó verlo, no siempre me gustó hacerlo, ni desde chiquitico. Como tenía el referente muy cerca siempre traté de zafarme, porque sabía que era un mundo donde se sufría mucho, había muchas incomprensiones, donde la gente pensaba que vivías de una forma y era de otra. Donde querías hacer un proyecto que para ti personalmente era muy bueno, y los demás pensaban que era una reverenda basura. Es un mundo muy complicado donde necesitas poner de acuerdo a 70 ó 100 personas para hacer lo que tú quieres. La idea de hacer cine me surgió casi saliendo del preuniversitario, había tratado de tocar guitarra, lo que hace todo adolescente, y escribía un poco. A través de la literatura comencé a hacer cuentos primero, a tratar de narrar, y en un momento determinado me pregunté: ¿por qué no hacerlo con imágenes? Y me metí al cine.

¿En qué proyectos trabajas ahora?

En muchas cosas. Preparo una película con Alejandro Brugués, Juan de los Muertos, y otra con Pavel Giroud, El acompañante, y una con un joven salido de la Escuela Internacional de Cine y Televisión, que es guionista pero va a hacer su primer largo, Carlos Lechuga, que se llama Melaza. Son tres proyectos de ficción, pero hay cositas de documental metidas por el medio, algún corto. Y el trabajo del diario: la EICTV, el Festival…

¿Cómo ves el futuro del cine cubano?

Nos hace falta sistematizar. Para tener una industria sólida, para poder competir a nivel latinoamericano, regional, necesitas estar un paso delante de las tendencias que existen; tener mecanismos de financiación sólidos, una mirada incluyente y no excluyente; necesitas darle espacio y posibilidades de crear a personas que se lo merezcan. Creo que el motor, la voluntad, es complicada de lograr en los momentos actuales. Puede que en poco tiempo hablemos y digamos: “estaba equivocado”. Pero creo que estaremos muchos años a nivel de Muestra.

© Asociación Hermanos Saíz. 2010.