Lisanka y Nikita prometen cautivar a los cinéfilos durante el verano
RESEÑA
Por: Mayle González Mirabal
El espectáculo de comportamientos humanos que suponen las grandes crisis terminan siendo valiosas provocaciones para el arte. En 1962, los cubanos vivieron la amenaza de una guerra nuclear. Fueron días en los que no se sabía el desenlace de los acontecimientos. No obstante, el país se organizó y la gente se concentró en prepararse para la guerra.
Al hacer el recuento de lo acontecido, la historia —suele ocurrir de ese modo— no se detiene demasiado en el desajuste emocional que experimenta la gente. Pero si se personalizan los hechos, aparece lo que la historia olvida. El arte rejuvenece el pasado, mucho más cuando se burla de los lugares comunes y las nociones preestablecidas. Eso a Daniel Díaz Torres (Lisanka) y a Juan Padrón (Nikita chama boom) se les da muy bien.
Después de varios años, tantos, Daniel Diaz Torres vuelve a dirigir un largometraje de ficción. Esta vez hace un remake al pasado y con tono de fábula nos entrega una película que ficciona la realidad hasta convertirla en absurda. Utiliza los hechos como base y enfoca la trama en los conflictos individuales de sus personajes. En los primeros minutos del filme, Daniel juega con el tiempo, y hace una especie de introducción en la que describe a modo de resumen la psicología de sus personajes. Entonces la película se detiene y se concentra en la vida de estos durante los días de la crisis en octubre de 1962.
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Lisanka es una comedia peculiarmente dramática. A Veredas del Guayabal, caricaturesco escenario en el que se desarrolla la trama de la película, llegan los rusos para montar una base militar. Lisanka, protagonista de la historia, se mueve entre la confusión de los que le rodean, el acoso de tres hombres y su obsesión de encontrarse a sí misma. Ella y sus tres amantes componen una representación de los ideales políticos de los cubanos; así la película está llena de símbolos, de continuas alegorías a la vida y a las aspiraciones de la época.
Veredas del Guayabal, pueblo imaginario muy al estilo de Daniel Díaz, es una modelación extravagante de la sociedad de esos años. Los personajes son tan disparatados como coherentes, tan trágicos como divertidos. Juegan a vivir en el pasado y aluden al presente a través de chistes inteligentes y situaciones absurdas. Lisanka se concentra en los conflictos de sus protagonistas y utiliza una voz en off para resumir el progreso de los acontecimientos históricos.
Juan Padrón a quien el cine de animación en Cuba le debe una buena parte de su historia, no dirigía con el ICAIC desde la segunda parte de Vampiros en La Habana. Ahora vuelve con un cortometraje de siete minutos en el que nuevamente prueba su capacidad para jugar con el doble sentido,
Nikita chama boom es un homenaje, así lo dice Juan Padrón, a todos los niños cubanos nacidos en 1963, año en que Cuba alcanzó un récord histórico de nacimientos. Este filme ocurre también durante la Crisis de Octubre, pero aquí no hay protagonistas, sino la insistente repetición de un mismo hecho que provoca la explosión demográfica del año siguiente.
De la misma forma en que los personajes de Lisanka insisten en cuestionarse sus conflictos íntimos, los de Nikita chama boom los evaden. La gracia de este último es precisamente el sarcasmo con que refleja el desenfreno de sus personajes, quienes garantizan la satisfacción de sus placeres en medio del drama social que los acosa, ya sea para refugiarse o para desentenderse de él. Pero es justamente en el desarrollo de esta tesis donde el dibujo animado no logra completarse. Esa capacidad para sugerir con que comienza, se vuelve reiterativa a medida que avanza.
De lo que sí no dejan dudas es que son películas desbordantes de picardía, ocurrentes acercamientos a un tema que parecía cerrado. Dos divertidas comedias, totalmente distintas una de la otra. |