La espontaneidad de Temperamento RESEÑA
Por: Raciel del Toro Hernández
Desde el comienzo, los realizadores aprovechan la acción que ocurre en pantalla en función de estructurar el relato: el paso de los autos introduce o borra los créditos, y luego, el ómnibus que pasa en Primer Plano suprime la entrada de luz a la cámara y sirve como salida y entrada de negro, como transición entre dos escenas. Así, el documental Temperamento, dirigido por Jorge Fuentes, explicita desde el inicio la intención de que lo que sucede es lo que interesa, no quién lo cuenta ni cómo; ni siquiera sus protagonistas: los integrantes de la agrupación musical Temperamento, liderada por Roberto Fonseca, uno de los jóvenes jazzistas cubanos de más éxito y mayor proyección internacional en los últimos años.
En Temperamento se advierte la influencia del más genuino free cinema inglés, al estilo de Tony Richardson, Lindsay Anderson y Karel Reisz; su frescura, su espontaneidad, la manera en que la realidad fluye de un modo natural ante el lente. Jorge Fuentes revalida, con un acento cubano, la idea de un audiovisual sin exuberancias formales; un cine sencillo, franco, directo, emancipado de las “cabezas parlantes” que han caracterizado a mucho del documental internacional e insular de las últimas décadas.
La cámara se mueve libremente, desdeñando el empleo de filtros o de iluminación artificial, con un naturalismo expresivo que ambiciona defender la estética del instante, que parece perseguir la verdad más esencial.
Estamos en presencia de un documental que utiliza la observación como principal método de representación de la realidad; que se vale de una cámara –fundamentalmente en mano– que a ratos parece no estar ahí, que escudriña, se inmiscuye, penetra en las intimidades, pero no interviene directamente en la exposición de esa realidad.
Aunque la premier de Temperamento será el próximo 17 de junio a las 8 y 30 de la noche, en la sala Charles Chaplin (en tanto es una obra producida por el ICAIC), y su estreno comercial se realizará el 24 de junio en el cine Riviera, el documental tiene 52 minutos de duración; tiempo para parrilla de programación televisiva que proyecta una futura distribución en ese medio; una decisión práctica, luego de que en la década de 1980 (aunque es un fenómeno que llega hasta nuestros días) la preponderancia del discurso de la televisión regenerara el género documental y este, a su vez, comenzara a llenar numerosos espacios televisivos.
La potenciación de esa textura de casi “video doméstico” que brinda la luz natural o circunstancial refuerza el sentido de espontaneidad de la obra, el alejamiento de los artificios del cine; pero que de la mano de un experimentado en el género como Jorge Fuentes logra tomas hermosas, como esa donde Omar, en la luz, ensaya con su bajo, mientras la cámara –agazapada– lo “escucha” desde la penumbra; o ese plano donde los acordes de Robertico al piano (desnudo el torso, iluminado tenuemente de manera lateral) se funden con la caída melancólica de la lluvia sobre las calles de La Habana.
Sólo hay un fragmento donde ex profeso se estetiza la imagen de manera artificial (y sin embargo, el realizador no lo esconde, lo quiere dejar bien claro: «sí, mírenlo, estoy maquillando a los protagonistas») para crear un contraste con los testimonios recogidos en la calle sobre determinadas preferencias musicales, que intercalados con la melodía que sale de los instrumentos, sugieren la revalidación del carácter “popular” con que nació la música jazz, del jazz cubano de manera general, más allá de la música que, de forma particular, pueden hacer Robertico Fonseca y su Temperamento.
El documental es en sí mismo esa esencia del latin jazz, que puede parecer toda una improvisación, pero que en realidad es la fusión de talento, mucho ensayo y un arte mayor. |