Encuentro con…
Isabel Santos, una mujer que no espera; actúa
Por: Roberto Miguel Torres Barbán
La actriz Isabel Santos contestó hábilmente cada una de las preguntas a que fue sometida por los asistentes al último Encuentro con…. Celebrarado durante los días del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.
Varios fueron los papeles que interpretó durante las cerca de dos horas de intercambio con los jóvenes, donde se declaró una perenne observadora de la vida, “yo soy una máquina de mirar en un velorio, una guagua, un avión, la calle o una cola, estoy observando constantemente, porque de esas vivencias salen mis personajes, de esas manera construyo o deconstruyo cada uno de los protagónicos o secundarios, no importa cuál, “si de actuar se trata””.
“De esos detalles que veo a mi alrededor, reveló Santos, de las experiencias que a diario vivo o escucho, en ese día a día nacen mis personajes, así los enfoco y me proyecto, porque allí, en la calle está la gente que me quiere y desea verse a sí misma, algo que no se debe olvidar: los guionistas y directores que crean, estructuran y diseñan se inspiran también en esos seres humanos que pasan a su lado, al mío y al de todos, ese es el secreto”.
Con su hablar seguro, fuerte y pausado, el mismo con que ha hecho historia en la cinematografía cubana, Isabel dialogó con el público que se acercó al Salón de Encuentros sobre “esa manera meticulosa con que armos mis personajes, caracterización con la que dibujo una historia, que por algún tiempo será la misma de ellos, un período de bordado, lento, pero convincente durante el cual galopo sobre esa otra piel que por un tiempo vestiré”.
La artista inolvidable en cada una de sus caracterizaciones tejió una a una cada de las respuestas en las que develó el secreto matrimonio con que junta música y actuación “mis personajes siempre tienen música, tema o autor con que los identifico. Sobre todo si son cubanos, ese ritmo que puede ser lo mejor o lo peor de ellos, en esa conformación de historias intervienen pequeños detalles de los que me valgo como el perfume que puede y necesita llevar el personaje. Algo así me ocurrió recientemente con el papel de la barrendera Flora que recientemente hice para La Casa Vieja, el último filme del realizador Lester Hamlet”.
“Una nueva vida que decidí asumir para esa cinta –cuenta- cuando Lester me propuso que fuera una trabajadora de la “campaña contra el mosquito” y yo le sugería que sería mejor una barrendera – me había detenido a observar unos días atrás- y de allí nació el personaje, su vestuario y gestos”.
“Recuerdo como en esa especie de morral que ella (Flora, la barrendera) llevaba siempre iba un peine viejo, un tubo de pasta y el papel sanitario –que por supuesto era periódico- porque ella era una mujer humilde y así la imaginaba, necesitaba de esos aditamentos para conformar el personaje”.
“Recuerdo que en cuanto terminé la película necesité bañarme durante un largo rato e incluso teñirme el pelo para salir de aquella mujer que había encarnado y aún llevaba encima”.
Fue entonces cuando el periodista José Luis Estrada Betancourt, moderador del espacio aprovechó para indagar sobre “ese regreso a casa después de un largo tiempo asumiendo cualquier otra vida, que muchas veces es tan fuerte y con tantas similitudes a la de uno”.
“No es que cargues como cadenas la historia de cada una de esas mujeres a tu casa, pero es muy difícil impedir que se vayan contigo, que te laceren, que te arrastren e influyan en ti, eso es imposible; quien lo diga miente o se mete de lleno en el personaje, es muy difícil salir del rodaje y ya, llegar al hogar y olvidar. La actuación es una profesión muy compleja, como dijera alguien algún día: el actor siempre lleva arrugas en la frente y heridas en el corazón”.
De aquellos inicios en su natal Camagüey también habló la protagonista de La vida es silbar, “cuando de tan pequeña que era decía que quería ser artista porque no sabía que se decía actriz”.
“Llegar a La Habana y la ENA fue muy difícil como también lo fue poder imponerme, porque al cine no llega todo el mundo, recuerdo las enseñanzas del profesor Raúl Eguren, un profesor que podías amar u odiar, porque llegabas cinco minutos tarde y suspendía las clases -que todos queríamos recibir- pues eran interesantísimas, de ahí aprendí mi puntualidad, soy de las pocas personas en Cuba que le dices a una hora y está allí exactamente, he llegado incluso a limpiar el lobby del lugar en que me citaron”.
¿El Cine?
“Donde he nacido y crecido, con Se Permuta, mi primera película, sentí que el cine era lo mío, recuerdo mucho mi participación en películas de hace algún tiempo como Vidas paralelas, Adorables mentiras u otras más recientes como La vida es silbar, Las profecías de Amanda, La Pared o Los Dioses Rotos, aún me quedan algunos pendientes como hacer un musical”.
¿Humberto Solás?
Cuando en el año 1999 atravesaba una situación personal muy difícil y pensé en no volver nunca a la actuación llegó Humberto para salvarme, con su personaje de Miel para Ochún. Yo sentía que no estaba en condiciones, pero Solás nunca aceptaba un no como respuesta y ese terminó siendo “nuestro encuentro a lo grande”, él no solo me salvó profesionalmente sino que en lo personal también lo hizo, le estaré “eternamente agradecida””.
“Aunque el era un director muy fuerte, dirigía a cada actor de una manera diferente, no olvido la ocasión en que me “tiró un avionazo” por detrás de la oreja porque yo no hacía una escena como él quería, todos pensaban que uno de los dos iba a quedar en el camino por lo fuerte que éramos, al final él tenía razón cuando me mostró de nuevo la escena. Con Humberto también trabajé en el año 2005 en la película Barrio Cuba”.
¿La dirección?
El documental San Ernesto nace en La Higuera, me inicia como realizadora, una primera experiencia que nace en días muy fríos y de profunda nostalgia mientras rodaba en Bolivia la película Di Buenos Días Papá, pero me aterra la idea de tener que dirigir un largo de ficción, eso no ha pasado por mi cabeza aún.
¿Más cómoda actuando?
Sin dudas Luis Alberto García, ha sido mi mejor compañero. Juntos hemos logrado una profunda comunicación y siempre nos hemos imbricado muy bien. No olvidaré nunca la última escena de Clandestinos, cuando ya sentía que no podía más y Luis Alberto me alentó, eso me impulsó a terminar improvisando aquel final de histeria que Fernando Pérez jamás me pidió. |