Iluminada concesión a la esperanza
RESEÑA
Por: Mayle González Mirabal
El premio flaco, el más reciente largometraje de Juan Carlos Cremata e Iraida Malberti (basado en la obra teatral de Héctor Quintero) continúa en los cines de la capital durante los primeros días de enero. Comenzar el año con un filme que elogia a la esperanza sugiere bastante. Buscarle solo ese lado a la película puede parecer limitado; pero tal vez así El premio… sugiera más.
La historia ocurre en los años 50. Los primeros minutos describen la pobreza de un barrio habanero donde una mujer le cambia la vida cuando encuentra su suerte dentro de un jabón. Iluminada ya no es joven. Ama sin muchas razones al esposo. El pasado le repugna, tanto que pretende que el marido renuncie a su eterna nostalgia por el circo.
Cree desmesurada e ingenuamente en los demás. Esto la sitúa al límite cuando, de manera casual, lo pierde todo y tiene que regresar al pasado que odia. Su última frase: “hay que tener fe, que todo llega”, la resume. Con esa afirmación se resuelve el filme. La actuación de Rosa Vasconcelos (Iluminada) es puro éxtasis, delirio ante sí misma, absurda fascinación por el desconsuelo del personaje.
Sin embargo, Iluminada no deja de anhelar, pues solo así está exenta del fracaso; porque únicamente la fe puede jugar la contrapartida de la desilusión. Creer demasiado fue su mayor desgracia y al mismo tiempo su mejor alegría.
Hay quienes esperan toda la vida. Iluminada esperó la felicidad. Lo hizo cuando no tenía nada y no renunció a ella cuando perdió lo poco que había logrado. Fue la esperanza la que le permitió desbordar en cada escena, de satisfacciones o angustias, todo el entusiasmo de su alma noble.
Si sufrió tanto, fue sobre todo porque se sentía responsable del destino. Le entristecía lo que quedaba, al menos como posibilidad y oportunidad de sobrevivir. La realización de su esposo (unida a la agresividad de los vecinos) promovió la desesperanza; pero incluso en medio de ella, nunca abandonó la fe.
Por eso sonríe y la sonrisa es feliz. Aunque la película termina por exagerar las cosas al absurdo, la actriz logra descolocar emociones, y eso siempre se le agradece al cine.
Probablemente parezca difícil encontrar el atractivo de una historia de una realidad que en apariencia ya no existe. Pero la película se mueve entre las pasiones y las miserias humanas, entre el drama y la comedia, entre el cine y el teatro, y ese constante movimiento le agrega virtudes a la cinta.
El premio flaco insiste más en el sentido trágico del argumento de la obra teatral que en los recursos de comedia del original. La historia, que en ocasiones llega a lucir patética, muestra al mismo tiempo una conmovedora circunstancia. Las imágenes descubren la violencia que resulta de la miseria (material y espiritual) de sus personajes. El uso de la fotografía y la iluminación, sin grandes búsquedas formales, pero con un marcado realismo, ayuda a acentuar las intenciones del relato a partir de un esquema clásico, lineal y expositivo. De manera que ese patetismo no está para tomárselo completamente en serio, su función es más bien la de servir de pretexto. |