Jorge Luis Sánchez
“Hacia falta filmar la vida de El Benny” ENTREVISTA
Por: Lázaro J. González González
Jorge Luis Sánchez tiene un don para la palabra. Es de esos entrevistados que todo periodista sueña porque habla con la misma seguridad con que dirige sus películas. Con sus respuestas parece jugar a convertir las conversaciones en guiones cinematográficos, escritos con una filosofía muy original. Su elocuencia supera todas las expectativas.
En la conversación que sostuvimos en el vestíbulo del cine Chaplin, descubrí a un «rebelde con causa» que no acepta hacer algo contra su voluntad. Es absolutamente honesto y no soporta el cinismo. La disciplina y la genialidad que posee por antonomasia son las causas principales de su éxito profesional.
Le agradezco eternamente los sesenta minutos que me diera porque sé que su tiempo es oro. El diálogo que había previsto tomó un rumbo inesperado y, por un momento, creí advertir en sus ojos, el espíritu de Benny Moré. Entonces, supe porqué asumió el reto de dirigir el largometraje sobre esa leyenda de nuestra música.
¿Cómo llega al cine un graduado de Pedagogía en la especialidad de Geografía?
Me enfrenté con el celuloide a una edad muy inusual, con 9 años. Un primo mío tenía una cámara de 8 mm (milímetros), que siempre me llamó la atención y fue ahí donde sentí el primer destello. Era muy fantasioso, así que escribí un texto para filmar, pero mi primo nunca me prestó la cámara. Desde entonces, el interés aumentó y empecé a ver las filmaciones del ICAIC en las calles de La Habana Vieja, donde permanecía durante horas, detrás de la soga, mirando a Enrique Pineda Barnet y a Manuel Octavio Gómez.
“A los 18 años me compro una cámara soviética de 8mm y entro al círculo de interés cinematográfico de la Casa de Cultura de Plaza, abierto por entonces, donde descubro realmente lo que era el Séptimo Arte y tengo el privilegio de conocer a excelentes directores como Octavio Cortázar y Manolo Pérez .En ese espacio realicé mis primeras producciones y aprendí muchísimo con el debate. Nunca olvidaré esos comienzos, en el que lo más importante era la libertad con que hacía mis películas. Fueron años extraordinarios en los cuales conocía jugando, que es como yo creo se deberían hacer los grandes propósitos de la vida, sin tomarlo muy en serio”.
Sus inicios fueron como asistente de cámara y posteriormente de dirección; ahora es un director prestigioso. ¿Cuál es la clave para el éxito?
Creo que somos hijos de un contexto y debemos ser coherentes con ello. En mi caso, como el cine tiene un carácter sagrado, debía responder a ese momento mediante la creación, a la cual me dedicaba con todo mi ser.
“Otorgar al trabajo un carácter sagrado implica no parar ante las dificultades, encontrar soluciones a los conflictos, tener una fe ciega en que sí se puede. Es una fuerza que imagino, en algún momento, me habrá hecho ser implacable con los obstáculos y pido perdón a estos por domarlos. Pero la mayor traba era yo mismo. Debía desafiar mi capacidad, mi entrega, mi honestidad; decir “yo puedo”. En mi familia no había una tradición de cineastas, por eso todo lo que he hecho es a base de sacrificio, de trabajar con disciplina.
“Cuando todavía estudiaba Geografía, invertía mi tiempo libre en la realización cinematográfica como aficionado. Al graduarme, comprendí que sólo quería vivir del cine, expresarme a través de él; así que entré al ICAIC como asistente de cámara, gracias a Enrique Pineda Barnet, en tiempos en los que se hacía una selección muy rigurosa para entrar allí.
“Ocupar esa función constituyó una tortura porque necesitaba una habilidad manual que no tenía, pero me sacrifiqué. Eso me formó, me enseñó a doblegar la voluntad. Luego experimenté como asistente de dirección desde Baraguá hasta Madagascaren 1993 y, al mismo tiempo, trabajaba en la dirección de mis documentales, en especial, de Un pedazo de mí, que me dio cierto reconocimiento y desde la perspectiva institucional, se me empieza a ver con más posibilidades de dirección”.
Después de haber experimentado en la documentalística, incursiona en la ficción con El Benny. ¿Cuál de estos géneros prefiere?
Los documentales llegan como una necesidad. Durante el período en que realizo Un pedazo de mí, El Fanguito y Dónde está Casal me sentí bien al experimentar con los recursos expresivos del género… Pero casi todos los cineastas desean hacer películas de ficción y en aquel momento era imposible porque yo no tenía el pedigrí ni la posibilidad financiera. Creo que la industria me retrasó y es por eso que debuto a los 46 años en con mi primera cinta de ficción, un filme que no era para ópera prima, debido a la complejidad de la producción.
“En 1993 hago Atrapando espacios y luego me voy a Venezuela, donde incursiono también en la publicidad. A mi regreso a Cuba filmo Las sombras de Fidelio Ponce, un documental en el cual trato de borrar las fronteras con la ficción. Pero no quería hacer más documentales porque ya me sentía listo para dirigir una película de ficción. Por tanto, es en este género donde me siento como “pez en el agua”. Con el documental tengo que sentir una tremenda motivación, me tienen que doler las vísceras. Reinventar la realidad es mi medio natural”.
Pero no ha dejado de realizar documentales
En efecto, este año hice dos sobre el medio siglo del ICAIC ( Dentro de 50 años y Nunca será fácil la herejía ) y tampoco dejo de escribir guiones para películas, sin importarme si las podré realizar o no. Además, terminé la serie Benny Moré, la voz entera del son, que complementa la mirada de la película sobre esta personalidad de la música cubana.
“Esta serie fue algo contra natura, porque en la experiencia del ICAIC determinados directores, primero hicieron el documental y luego la película, pero invertí el proceso, porque no deseaba perder esa memoria sobre el Benny. Fue una búsqueda que me enriqueció mucho. Nunca había hablado sobre estos aspectos, pero ahora tengo una edad más propicia para ver mi pasado con más tranquilidad y experiencia, por eso estoy haciendo algunas reflexiones que nunca realicé”.
¿De dónde proviene su afición por Benny Moré?
Maximiliano Moré era una deuda con mi identidad, con mi raíz, alguien muy cercano que solo conocí por la tradición familiar. Crecí oyendo hablar de “Bartolo”, —como le apodaban en casa— porque nuestras abuelas eran hermanas, por tanto éramos primos.
“Significaba, además, un acto de justicia con mi familia humilde, que seguía viéndolo como una persona sencilla y no como la gran figura de la cultura cubana que es. Por eso quise homenajearlo con mi arte, aunque él no necesitaba el cine, al cine le hacía falta Benny”.
¿Qué beneficios le trajo la película?
Espiritualmente sí me reportó muchos, pero económicamente poco, porque filmo la cinta en un momento en que el pago era irrisorio y soy de una generación que se formó sin mirar el lado monetario de las cosas. Prefiero ir por la vida mirando más la realización personal, el disfrute, que cuánto me van a pagar; aunque también sostengo que el artista debe ser bien remunerado , porque hacer una película es un esfuerzo intelectual enorme.
Y los premios…
No creo en los premios, pues el arte tiene una complejidad y una especificidad tan grandes, que esas cosas no son termómetros. Estoy consciente de esa realidad, por tanto no me nubla la vista, aun cuando puedo agradecer un lauro. No pienso que una película sea más importante que otra porque gane premios y la historia del arte lo demuestra.
“Sí agradezco mucho a todas las personas que llenaron los cines y hasta rompieron los cristales para entrar, en un momento que la gente en Cuba visita menos las salas cinematográficas. A lo mejor nunca hago otra película que tenga esa recepción por parte de los espectadores; pero, al menos, me alegro de haber conocido qué se siente”.
¿Qué lugar ocupan en su vida Santiago Álvarez y Fernando Pérez?
Por Santiago, ese genio del documental cubano, sentía mucho respeto. Pertenecer a su equipo fue un privilegio. Gracias a él pude hacer un noticiero ICAIC y el documental sobre Julián del Casal, que en su momento no fue aprobado y Santiago, con su autoridad, me dio la luz verde. Tengo muy buenos recuerdos de él, pese a haberlo conocido cuando ya estaba enfermo. Nunca olvidaré cuando, al regresar de un viaje, lo vi tan deteriorado que lo abracé y me eché a llorar.
“En el caso de Fernando había una relación más estrecha. Teníamos una comunión estética tremenda porque fui; además de su alumno, su asistente en filmes como Clandestinos, Hello Hemingway y Madagascar. Él me dio clases de asistencia de dirección. Es como mi padre intelectual, quien me llama cuando me pongo un poco rebelde, y doma la fiera que tengo adentro. Es, prácticamente, una relación de padre e hijo”.
¿Se siente joven como creador?
Sí. y biológicamente también, aunque ya no tengo 20 años. De ese modo quiero sentirme toda la vida, porque me gusta estar con el cambio, potenciar lo que rompe la rutina, lo que nace. Ahí siempre estaré y ojalá esa vocación se traduzca en el cine que pueda hacer.
¿Sueños por cumplir?
Realizar mi película sobre Julián del Casal que hace alrededor de dos décadas deseo hacer. Pero me falta el financiamiento.
¿Qué le parecen las oportunidades que tienen ahora los nuevos realizadores?
Desde que estaba en el taller de cine de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) siempre luché porque mi generación tuviera un ámbito para expresarse y he sido coherente con eso. Lo logramos con el taller de cine y video de la AHS, donde se formaron los cineastas de mi generación, y luego, cuando me correspondió volver a crear ese espacio, lo hice al organizar las muestras de nuevos realizadores, de las cuales fui presidente en varias ediciones. No se puede esperar a que uno tenga 100 años para hacer una película. Apoyé a esos jóvenes que deseaban hacer cine y a los cuales había que hacerles caso. Y ahora me alegro de que tengan más facilidad para hacer sus trabajos, pero también me decepciona un poco que ellos no lucharon por su espacio: tuvieron que creárselos otros.
¿Qué consejos les da?
Rigor, rigor y rigor. No confiarse de que ahora tengan más recursos tecnológicos. Deben observar la realidad, amar la historia y la cultura de este país, y tener una actitud responsable frente a la creación. El cinismo no es fuente de virtud para un creador, hay que comprometerse, sentir lo que hacemos. La libertad del creador no exige ser cínico y, a veces, veo con dolor ese cinismo para escalar en la sociedad. Deben ponerse del lado positivo de la humanidad, ser honestos y defender las ideas, desde el rigor intelectual y creativo. |