 Geografía de un artista
Por: Geisy Guia Delis
A Enrique Pineda Barnet su obra lo antecede y hasta se vuelve un tanto difícil imaginarlo más allá de los límites de su condición de cineasta y artista. Una primera impresión nos parece revelar más de lo que muchos ya saben, que su talento lo convierte en un maestro del cine cubano.
Sin embargo, la mirada absorta de este creador parece perderse en las personas que lo rodean. Enrique cierra por un segundo los ojos y al abrirlos, dos ventanas del color del mar dejan ver el pasado: ese que comenzó en el año1933, la única fecha que puede recordar sin dificultad.
Se imagina en su infancia, jugando con los accesorios de laboratorio que su madre le regaló. Con las probetas inventa una marimba y fascinando con el microscopio no deja de observar. Sin saberlo, imita lo que luego sería su pasión, mirar tras la cámara. Se convierte de manera inconsciente en un voyeur de la vida cotidiana.
A los soldados de juguetes les hizo sayas de papel y con ellos organizó las coreografías de sus musicales. De niño cantó boleros en la emisora de radio del Hotel Palace y en la antigua CMQ. Y en su adolescencia, luego de una audición en el cine Riviera, interpretó el personaje de un negrito que cantaba y bailaba, el cual más tarde evocaría en su película La Bella del Alambra como Mancuntíbiri. En esa ocasión en el cine escuchó por primera vez los aplausos que siempre desea volver a oír.
Trabajó como anunciante, dramaturgo, escritor y director de TV. Impartió clases en la Escuela Profesional de Publicidad en 1956 y se volvió cineasta. Pero aún le quedaba una vocación pendiente, la de poder ser un misionero civilizador. Quiso el destino entonces, que la noche en que Fidel Castro hablaba desde el canal Telemundo solicitando maestros voluntarios, Enrique estuviera cerca del lugar y se convirtiera en el primer joven en asumir esta responsabilidad. Salir a enseñar en su propio país, fue su colonización.
Pineda Barnet afirma que el magisterio y el amor son la misma cosa. Confiesa que sentía un poco de envidia cada vez que una persona era premiada por su labor como maestro, porque ese era el mayor reconocimiento para la esencia humana. Razón por la cual asumió con verdadero placer la condición de “Maestro de Juventudes” que le otorgó la Asociación Hermanos Saíz.
Para Enrique, el acto de prescindir es una aventura que la vida le propone, aunque aprecia de manera inigualable la frescura creativa emanada de las nuevas generaciones. “Los jóvenes me hacen crecer, y siento que no hablo por ellos, sino desde ellos”, asevera.
Este hombre maravilloso, a quien nada humano le es ajeno, platica de sus películas y del cine cubano como un crítico profundo. Considera que Cuba todavía está aprendiendo a hacer cine y asegura que hay mejores cinéfilos que cineastas. Destaca además, que los cubanos amantes del séptimo arte han visto buen cine y esto permite tener una escuela visual y una experiencia de receptor impresionante.
Hacer cine es un fenómeno tremendo para Pineda Barnet y siente que mediante él se puede disfrutar, llorar y sentir el placer de la catarsis y de la reflexión. Hay un vínculo humano entre el dolor de parir y el de concebir una obra. Enrique confiesa que en cada película se le van años de vida.
El proyecto que quiere lograr, mientras su mente permanece lúcida es hacer una película de La Habana en la cual se muestre el triunfo de la liberación real de la mujer. Barnet compartió algunos detalles del filme que aún está realizando: Verde, verde, del que declaró es un thriller sicológico concebido entre el cine y la pintura, que no deja de ser joven y un poco duro.
Para Enrique una historia sin personajes no existe, y aunque siempre quiso esbozar el carácter de un héroe como Frank País en alguna de sus películas, por lo profundamente identificado que se siente con él, considera que la figura de este hombre excepcional, no es atrapable en estos momentos en la ficción, así pues, trata de representarlo en su vida cotidiana.
El documental Geografía de un carácter, muestra en pequeñas partes a ese hombre que le hubiese gustado ser y que de alguna manera es. Ahí está, a la vuelta de sus años un verdadero artista, el maestro esmerado y una persona inigualable: Enrique Pineda Barnet. |