El premio tras las cámaras
Por: Mayle González Mirabal
Raúl Pérez Ureta encuentra en cada cosa que hace el modo de decirlo casi todo con la mirada de la cámara. Su manera de encuadrar, iluminar y componer la imagen le ha servido para probar su enorme talento. Desde que comenzó a trabajar con Santiago Álvarez en el Noticiero ICAIC Latinoamericano y hasta su última película con Fernando Pérez (Martí, el ojo del canario) se descubre un artista que, además de fotógrafo, guarda consigo una buena parte de la historia del cine cubano.
Confiesa haber llegado a este por casualidad. Sus sueños fueron de piloto a médico y después a pintor, pero nunca manejar las cámaras. Tuvo la suerte de conocer a Pedro García Espinosa (uno de los más afamados directores de Arte y Escenografía del cine cubano) en el tiempo en que vendía ropas en la esquina de Infanta y Neptuno (años 60). Porque Raúl es espirituano de cuna pero vino para La Habana, como tantos otros, en la vorágine de 1959 y en ese tiempo se ocupaba en lo que apareciera.
Pedro le habló del recién creado departamento de dibujos animados del ICAIC. Comenzó como dibujante y, al probar la cámara fija en los cuartos oscuros de los departamentos de animación, descubrió cierta fascinación por eso. Por falta de un sonidista disponible, Ureta cuenta que Santiago Álvarez lo llamó un día y de los micrófonos pasó a la imagen.
Como director de fotografía su primera película fue Visa Usa, de Lisandro Duque. Ahora ya suman 46 sus filmes. Ha trabajado con reconocidos cineastas del mundo como Jean Pierre Blanc, Paul Veccialli y Fernando Birri. Este “maestro de las luces”, como suele llamársele por estos días, tiene una larga lista de películas cubanas en su filmografía. Títulos como Alicia en el pueblo de Maravillas (Daniel Díaz Torres), Madagascar, La vida es silbar, Suite Habana y Madrigal (Fernando Pérez), Pon tu pensamiento en mi y Amor vertical (Arturo Sotto) y Un paraíso bajo las estrellas (Gerardo Chijona) son algunos de los más recordados.
Según el crítico de cine Joel del Río, “Raúl Pérez Ureta ha contribuido sustancialmente a edificar un cine cubano visualmente contemporáneo, suculento, heterogéneo, interesado en quebrar la frontalidad y el estatismo, y en aportarle al espectador cierto desasosiego fructuoso. En sus mejores películas, este maestro de las sombras y las luces ha creado una estética contrastante y paradójica que se aplica a hermosear la infelicidad y a ensombrecer el júbilo”.
Tímido y brillantemente atrevido con las cámaras; terco según los que lo han acompañado pero genialmente certero, este año recibió el Premio Nacional de Cine. |