El día que el cine cubano no exista, no tengo más nada que hacer
Otra apuesta desde el audiovisual
Una cita con Santiago
Arturo Infante: ironía, escepticismo y desencanto
La mujer en el centro del lente
Queremos hacer un cine que renueve
Nadie puede negar lo que tú quieres ser
El placer de resolver misterios (o, al menos, intentarlo)
Brevísimas acotaciones
Premios de la Novena Muestra de Nuevos Realizadores
El desafío es escarbar dentro de nosotros mismos
El cine exige talento
El cine es mi venganza contra el no mentir
Una muestra de madurez serrana
La expiación de un amor incapaz de traducirse
Convocan a CUBANIMA
Queremos hablar de una manera más dura
Lisanka, deja que te coja
TVC o el síndrome de la telaraña
Lo que nos une es lo que nos separa
Lo más importante de un director es su punto de vista
Rebelde por partida doble
Lucas, ¿tú ves tu meñique?
Vísperas de una muestra joven
Un retrato auténtico del Perú
Nunca nadie ha festejado tanto
El regreso a casa y la alteración de todas las cosas
Voces Cruzadas
Beca Chicuelo
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Juan Carlos Cremata
El día que el cine cubano no exista, no tengo más nada que hacer
ENTREVISTA

Por Lourdes Stusser y Carlos Ríos
Fotos: Paco Bou y cortesía del entrevistado

Si se para en su balcón la vista daría para una historia de película: a un lado la funeraria de Calzada y K y al otro, la fila de gente esperando un visado. Juan Carlos Cremata lleva 25 años viviendo en este sitio tan cerca del mar, el lugar donde, soñó películas tan distintas como Nada, Viva Cuba, El Premio Flaco y Chamaco.

Esta, su última cinta estrenada en La Habana en función única, fue apreciada hace pocos días atrás en el Festival Internacional de Cine de Miami. La expectativa alrededor de Chamaco quedó pequeña si comparamos con lo que sucedió en su exhibición en Cuba. El crimen, la desesperanza, la corrupción policial, el desamparo, la prostitución homosexual y la doble moral asomaron a la pantalla; fue una sacudida por los hombros a las más de mil personas que incluso de pie, permanecieron dentro de la sala Chaplin para ver la adaptación fílmica de la obra de Abel González Melo. Se abría así la 9na. Muestra de Nuevos Realizadores con una película dura en la que no hay negociación: la rechazas o la aceptas del todo. Cuando aún no termina de digerir la sensación de desconcierto general, Cremata acepta conversar sobre Chamaco, la Muestra, y el momento en que le ha tocado hacer cine cubano.

Vimos los aplausos que el público le dio a Chamaco el día de inauguración de la 9na. Muestra de Nuevos Realizadores. ¿Qué es esa película para ti y qué sentiste?

Chamaco es una película que me toma por sorpresa. Hay películas que uno añora hacer durante mucho tiempo, y otras que no. Es la película la que decide que uno la haga. Es el caso de mi segunda película Viva Cuba, y la cuarta, Chamaco. La primera y la tercera, no, Nada y El Premio Flaco fueron largamente soñadas.

Chamaco comenzó siendo un proyecto para un taller en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, es una película hecha con muchos menos recursos que las mías anteriores. Lo que hemos gastado en Chamaco son 100 dólares, se hizo con puro esfuerzo, buscando el tiempo libre de la gente, el concurso de los modestos esfuerzos de los actores, los músicos, los técnicos… tratar de colarnos de madrugada en el Amadeo Roldán para grabar la música, robarle espacio a El Premio Flaco, para poner los doblajes sonoros en sus mismos turnos, inventar, hacer más con menos. El objetivo era llevar a pantalla un texto que me había dejado con la boca abierta la primera vez que lo vi. Me dije: “aquí hay un guión, aquí hay un análisis de la sociedad cubana interesantísimo, algo importante, algo que yo trato de hacer desde hace rato, que es el cine de temática gay.”

Para mucha gente es conocido que el proyecto de mi vida es traducir al cine Hombres sin mujer, la novela de Carlos Montenegro. Chamaco se insertaba dentro de este nuevo interés para mí de llevar a pantalla piezas teatrales. Al cine latinoamericano muchas veces se le ha planteado que sus dos grandes problemas son el guión y la dirección de actores, cosa que yo no estoy de acuerdo. Creo que en Latinoamérica hay grandes actores, y además es la fuente de grandes historias. Y de hecho, hay muy buen teatro en Latinoamérica, y me dije: “¿por qué no probar llevar textos al cine, y así eternizarlos un poco más y divulgarlos, hacerlos conocer más por las nuevas generaciones y por las futuras?”

La reacción del público en esta función también me tomó por sorpresa. Estuve rezando todo el tiempo para que fuera una buena proyección. Un director de cine como yo, que trata de meterse en todo, desde el cartel hasta la invitación, sufre mucho hasta ese momento. Porque si se corta la luz, se corta la inspiración y se corta todo, todo el trabajo hecho durante mucho tiempo. Habían momentos que sí comprobé una gran tensión y eso me hizo retroalimentarme y decir: esta película tiene una tensión que mantiene a la gente en la sala, a pesar del calor y la cantidad de personas que habían.

Después, los aplausos finales me sorprendieron, porque yo avisé que Chamaco no es para nada una película complaciente, no es un parque de diversiones, como la gran mayoría del cine suele ser. Es una película de reflexión, un poco dura, es un mazazo en la cara, es un dolor en el estómago, es una película difícil, para nada popular. Siempre pensé que sería una película de culto, para cierta y determinada gente que cada vez son menos –aunque son muchos-, pero son la gente que le gusta ir al cine a pensar, no a divertirse. Claro, esta primera proyección de Chamaco estuvo llena de público que le gusta ir al cine a pensar.

Yo soy de la idea -y me he llegado a instaurar en ese criterio por la experiencia con mis anteriores películas-, de que cada una comienza y termina en la mente del espectador. Es él quien la hace suya. Y una película depende del estado de ánimo que tengas, de tu nivel cultural, de tu nivel de frustraciones. Yo por ejemplo considero La muerte de un burócrata como una de las comedias más divertidas que he visto en mi vida, y una vez oí un cuento de Titón donde una mujer vio esa película llorando todo el tiempo, porque a ella le había sucedido lo mismo.

Para mí es mucho más interesante saber qué piensa un espectador de una película que yo hice, que explicarle lo que quise decir. Lo que se genera a partir de la proyección de la película es lo que más me interesa. Si bien puedo decirte también que por otro lado, la salida de una película a la calle es la concepción final de un proceso que me interesa más que el acto mismo, el proceso creativo me llena mucho más que el estrenar la obra. Cuando se estrena la obra y termina, me entra una gran depresión porque entonces quiere decir que el trabajo se terminó, que tengo que empezar nuevamente de cero, a inventar.

Y en el caso de Chamaco, me ha puesto a pensar qué puedo hacer después. Porque nada de esto lo preví. Es como decirte: ¿podré seguir haciendo algo que genere esto mismo, aunque cada una de mis películas han sido polémicas? A partir de ahora tendré que hacer un musical rosado, muy light, que a lo mejor decepciona a muchos. Leía el artículo de Rolando Pérez Betancourt en el periódico Granma, que decía que esta es mi película más trascendental, y me decía: “¡este hombre me condenó a muerte! No sabe si yo puedo hacer otra cosa todavía mejor.” Yo tampoco lo sé. Me pone una barrera muy alta, barrera que uno se autoimpone siempre, pero cuando otros te la ponen, es más chocante.

¿Cómo fue recibida tu película en el Festival de Miami y cómo te sentiste como director?

Alucinante. Vengo conmocionado. Me encontré amor, cariño y pasión por saber del cine cubano y por saber de Cuba. Yo no sabía que tenía un público allá como lo tenía aquí. Nada había ganado el 1er premio de este festival unos años atrás, y Viva Cuba ganó el Premio de la Popularidad.

Iba un poco asustado porque ellos me conocían, pero yo no los conocía a ellos, realmente fue como estar en casa. Las mismas reacciones, los mismos momentos de tensión, las mismas risas y sobre todo, los mismos gritos de aplauso y ¡bravo! al final. Fue muy emocionante, e incluso, fue el encuentro con gente que no pensaba que iba a ver allá nunca, amigos que hace mucho tiempo no veía, porque casualmente están haciendo un encuentro de teatro cubano de los años 60, y están allá Antón Arrufat, Aberlado Estorino, Eduardo Arrocha. Fueron también Abel González Melo, Fidelito Betacourt, Alfredo Chang.

Se le dio muchísima publicad, se quedó muchísima gente con ganas de poderla ver, fue una presentación única porque no estábamos en competencia. Fue una gala especial en el Gusman Center for the Performing Arts, el teatro más antiguo de Miami, y aquel teatro se vino abajo. No sólo con la admiración de la gente por la obra, sino por lo mismo que mencionan, la necesidad de una película como esa dentro del contexto del cine cubano.

Este impacto en el público y en la prensa, ¿qué repercusión crees que pueda tener en el discurso del cine cubano?

Inconscientemente –y lo digo pensando en lo que están trabajando el resto de los directores que conozco: Léster Hamlet, Esteban Insausti, Pavel Giroud, Chijona- está cambiando un poco el rumbo. Sin apartarse de la comedia -porque no es denostarla, porque nos ayuda tanto a vivir-, es un poquito entrar en temas muchos más candentes y crudos de nuestra realidad.

Los tiempos de crisis generan mejores productos artísticos, no es propio de nuestro país solamente sino de toda la historia del arte. En Cuba, que vive en crisis desde que yo nací –nací un año después de la Crisis de Octubre- no ha dejado de producirse. Creo que el cine cubano está adentrándose en temas más escabrosos, también porque la situación lo ha permitido: primero, por el desarrollo tecnológico; segundo, porque no sólo en Cuba sino en el resto del mundo, se pueden hablar sobre temas que antes no se hablaban, lo ha propiciado Internet, la computación, el caudal de información… Me preguntaban en una entrevista telefónica desde Miami, por qué el tema de la homosexualidad se habla en Cuba y les dije que no se debate en Cuba solamente, por ejemplo en España, se habla como no se hablaba en los años 70…

El mundo está cambiando y cambian los artistas, y el cine cubano no deja de ser parte del mundo. Por eso la situación –sin habernos puesto de acuerdo- está propiciando otro tipo de cine, que ojalá que genere sobre todo el encuentro con un público que necesita oír hablar de estas cosas, más que se le pase la mano. El cine cubano, también por la situación económica y política, estuvo obligado durante mucho tiempo a hacer ese tipo de comedias sándwich a las que obligaban las coproducciones, que imponían como leyes de mercado, que no te lo impone hacer un cine independiente. Yo he dicho últimamente que prefiero la libertad de poder hacer cosas sin dinero, que la opresión a que me somete el hacer una cosa con un dinero que no es mío.

La película trata tópicos que prácticamente nunca ocupan las pantallas de nuestros cines cuando se trata de abordar la realidad nacional. ¿Te enfrentaste a ellos sin preocupación? ¿Cómo fue el diálogo tuyo de cineasta con esos conflictos?

En realidad no me enfrenté, los digerí y los hice salir a través mío. El cine cubano sí ha hablado de esos temas, quizás no con la misma hondura, los ha señalado, reído un poco, se han solapado. Quizás lo que sea distinto esta vez es que es sin afeites, es dura, es ácida, agria, oscura y sin adornos, independientemente de que los tenga.

No oculta nada, y ese lenguaje directo puede chocar a la gente. Pero es el mismo que usaba la tragedia griega. Cuando me encontré con Chamaco dije: “¡wow! Esto es una tragedia enmarcada en la contemporaneidad cubana, pero exactamente con los cánones de la tragedia griega. Y además tocando temas de siempre, como la corrupción, la prostitución, la homosexualidad que existe desde que el hombre existe.”

Lo que pasa es que quizás durante mucho tiempo nosotros criticamos la doble moral desde la doble moral. Y esta película habla de esa doble moral, pero sin doble moral: vamos a hablar al duro y sin careta. Yo no me enfrenté a eso, yo recogí un trabajo hecho por Abel González Melo que se sumergió en esa marginalidad para escribir esa maravillosa obra; por Carlos Celdrán, que se dedicó a encontrarle las aristas a ese texto dramático. Yo lo que hice fue ubicarlo en su espacio cinematográfico. Yo iba disfrutando del ir encontrando cosas que ni siquiera eran parte de mi mundo normal, yo no vivo en el Parque Central a las 2 am, ni conozco la vida de los travestis, ni de los prostitutos homosexuales.

¿De qué no has hablado que te mueres por hacerlo?

Creo que el tema de la literatura gay no está totalmente acabado. Hombres sin mujer es una novela que me cambió la forma de ver el mundo, la historia de la literatura cubana. Descubrí que Carlos Montenegro había escrito una novela tan profunda, tan revolucionaria en 1937, y ahora te la lees y parece normal, pero saber que fue escrita en aquellos años me hace ver que el tema no está acabado. Y no solamente entre hombres, me interesa también la homosexualidad femenina.

No me enfrento a las películas a priori. No podría hablarte de qué temas me interesan, a mí me sorprenden los temas. No creo que esté agotado el mundo infantil que yo pude explotar en Viva Cuba; quisiera retomar el tema de los sueños, el tema del enfrentamiento con la muerte. Y si te soy muy sincero, aunque te parezca un poco “light”, yo digo que soy cineasta porque soy coreógrafo frustrado. Me hubiera gustado hacer musicales y películas de ballet. Hacer El Lago de los Cisnes en ficción con bailarines, pero de verdad montando a caballo, aprovechando la tecnología que usan los americanos para hacer La Bella Durmiente, obras cumbres de la danza. Me interesa mucho el cine danzado. Y eso no quiere decir que no toques temas a través de ellos. Temas hay como historias aparezcan en lo que me queda por vivir.

Por tu edad y tu carrera has visto la evolución del cine que han hecho los jóvenes independientemente de la industria en los últimos años. ¿Qué percepción tienes del camino recorrido por los “nuevos realizadores” y en qué punto del mismo crees que se encuentren ahora?

Yo respeto mucho lo que hace la gente joven. Prefiero ver un trabajo de un joven, que el de un cineasta establecido, no sé si por frescura, porque son más iconoclastas, porque tienen menos compromisos. Creo que el movimiento de cine alternativo no debe llamarse independiente, porque la independencia está ligada a la cantidad de dinero que tú tengas en el bolsillo, sólo Coppola o Lucas que pueden hacer lo que les da la gana. Los alternativos hacen sus obras con un modelo alternativo a la industria.

El cine industrial, no solamente el cubano, es como cine muerto, comer unas hamburguesas, hacer una digestión y despreocuparte de un problema que no es tuyo. El cine joven cubano está mucho más cercano a lo que yo considero el cine de autor, que es el cine donde vas a encontrar no sólo nuevas formas, sino nuevas ideas, y ojalá que siga existiendo. Y no es tan nuevo, Jorge Luis Sánchez lo decía en la exhibición de Chamaco, desde los años 80 hay gente tratando de hacer alternativos a la industria y es un tipo de cine necesario, porque es el único motor, acicate de lo que puede ser el cine industrial.

Cuando hiciste Nada, ya habías hecho televisión para niños, también documental. Esa fue tu entrada de lleno en el cine de ficción, y es una película que desde el punto de vista formal es interesante. ¿Te proponías en aquel momento dar un giro a la estética del cine cubano de la época?

No. Siempre le dije a la gente con la que trabajaba que yo no me proponía hacer nada bueno o nada malo, yo lo que quería era hacer de Nada una película diferente, basándome en el respeto a todo lo que se había hecho anteriormente. Lo que pasa es que tenía esa frescura, ese lado lúdico de quien se enfrenta por primera vez a una obra con el único compromiso de irrumpir, de aparecer, no importa de qué manera. Tengo muy buenos recuerdos de Nada, pero es una película que de hacerla ahora, la haría de otra forma. Respeto su frescura, el avasallamiento de ideas y de formas que tenía en mi cabeza; la gracia, el pasar por distintas formas de hacer cine y dirigir actores -porque además yo hacía Nada como si fuera mi primera película, pero como hago cada película: como si fuera la última. Nadie sabe cuál es la película que va a seguir haciendo, en el Tercer Mundo uno no hace el cine que quiere, sino el que puede.

¿Qué ha pasado con Nadie y Nunca, las otras dos partes de tu trilogía?

Que nunca encontramos a nadie que nos financiara la segunda y la tercera parte. Están ahí. Nunca la mandé a un concurso de Mosfilm el año pasado. Solo participamos Jorge Luis Sánchez y yo, y no dieron resultados. Yo nunca tuve a nadie detrás de mí para hacer Chamaco; igual con Viva Cuba pasé muchos problemas con los recursos económicos, pero nunca tuve que ofrecerle explicaciones a nadie de un dinero que no era mío, y tenía la total libertad de hacer lo que me daba la gana. Y eso lo voy a tratar de seguir defendiendo. Aunque si tengo la posibilidad de seguir haciendo cine industrial, me encantaría. Cada vez  que hago una película con el ICAIC, como Nada y El Premio Flaco, no se me olvida que estoy haciendo una película con la institución que hizo Memorias del Subdesarrollo, La Muerte de un Burócrata, Tulipa, La primera carga al Machete, y tantas películas importantes…

¿Qué esperas del ICAIC?

El ICAIC tendría que cambiar mucho más, explotar sus modelos de producción industrial. Pero ojo, tampoco puede hacerlo porque cada película es un mundo, no puedes establecer la hechura de Kangamba o de Sumbe –que es la que están haciendo ahora- con un modelo de producción alternativa. Siempre he dicho que el ICAIC ha dejado de ser industria para ser un Instituto Cubano del Arte Cinematográfico, porque ¿dónde está la industria? Actualmente lo que se produce fuera de la industria es mucho más de lo que produce la industria.

No tenemos laboratorios, y lo que tenemos son condiciones materiales paupérrimas dentro de la industria, incluso peores que muchas productoras independientes. El ICAIC tiene que seguir siendo el Instituto Cubano del Arte Cinematográfico, apoyando incluso a aquellos que no son de ellos, ser el centro gestor de todo proyecto cinematográfico que huela a Cuba, incluso aquellos que no se hacen en Cuba, que se hacen por cubanos fuera de Cuba, que habría que discutir hasta qué punto son cubanos o no.  Si el ICAIC quiere sobrevivir tiene que ser el gran padre y abuelo que incluso admite hasta sus hijos bastardos, y los cuida, y los defiende, aunque hablen mal de él: los independientes, los exiliados, los alternativos, los iconoclastas, los anti-ICAIC…  Siempre he dicho que mi pelea contra el ICAIC no es una pelea política, es una pelea estratégica, de producción. Viva Cuba jamás hubiera podido ser hecha en el ICAIC y Chamaco tampoco. Pero Nada y El Premio Flaco no las hubiera podido hacer si no fuera por el ICAIC.

Al mismo tiempo al ICAIC lo avala su gran historia, como productor de grandes producciones cinematográficas. Yo me siento muy orgulloso de pertenecer al él; y el día que me fui enojado e hice Viva Cuba, mi gran objetivo era hacer una película que el ICAIC se arrepintiera de no haber hecho, y ya se arrepiente. Pero el ICAIC no es una persona o dos o tres o una suerte de secretaria, son todos los cineastas que lo hacen: es Humberto Solás que ya no está pero está, es Titón, Manuel Octavio Gómez, es Fernando Pérez, Daniel Díaz Torres, es Chijona, es la gente joven, es también la Muestra de Nuevos Realizadores -porque es gracias al ICAIC también-, es el Cine Pobre, es el Festival de Documentales Santiago Álvarez in Memoriam… Ojalá que la salud y la vida me dé bastante –ya el ICAIC lo sabe- porque yo quiero instalar en Cuba el Festival del Cine Gay y Lésbico, que existe en todas partes del mundo. Y que sea apoyado por el ICAIC. Porque toda expresión audiovisual, el ICAIC debería asumirla, digerirla, y defenderla.

Aunque Nada recibió reconocimiento internacional, hasta la nominación al Goya, Viva Cuba es sin duda el gran momento de tu carrera. La nominaron también al Goya, Cuba la presentó a los premios Oscar, le dieron el Gran Prix de Cannes… ¿Qué te hizo torcer la mirada hacia la defensa del quedarse aquí y ahora? ¿Por qué la historia de dos niños que quieren permanecer en su país?

Viva Cuba es el niño que yo siempre hubiera querido ser. Viví muchos años fuera de Cuba antes de hacer Nada, para darme cuenta que todo lo que yo quería era volver a Cuba a hacer cine cubano. Viva Cuba responde a eso y a la necesidad de un cine que curiosamente no se había hecho en la Isla y que curiosamente era un cine un poco raro, porque no es habitual en el mercado internacional, porque puede ser visto por toda la familia. De eso me di cuenta después que la hice y del éxito que tuvo y es que la aceptaban todos. La gente me decía: es que las películas de niños normalmente los adultos no las resisten, aunque sean muñequitos de Walt Disney.

Las películas de adultos los niños no las entienden. Viva Cuba es una película de fácil acceso, lo que se llamaba antes en la terminología “para todas las edades”, y responde a ese tema de la emigración que está en Nada, y termina el ciclo en El Premio Flaco. Hasta ahora no me ha interesado más el tema de la emigración, tal vez el día de mañana cuando vaya a Miami me encuentro otra mirada de la emigración.

Pero mi interés era defender primero, los derechos elementales de los niños a ser escuchados, y segundo, los derechos de esos cubanos que hemos decidido seguir viviendo en Cuba a pesar de todos los problemas externos o internos. Incluso a veces fuera de Cuba tuve mucho más amor por Cuba que viviendo aquí, y regresé con una pasión sin límites. Y a eso responde Viva Cuba, y también todas mis películas, y todo lo que pueda hacer en teatro, o en mi vida. El por qué no puedo explicártelo. A veces me preguntan el por qué de la cubanía, eso es algo que nunca me he preguntado.

No soy para nada chovinista ni nacionalista, es un cine en defensa de nuestra cultura. Lo que nos hace nación es la cultura. Cuando se acabó Viva Cuba, alguien me habló de seguir haciendo películas para niños y le dije que no, que en ese momento no, que debía quemar ciertas experiencias, como El Premio Flaco o Chamaco, pero ahora estoy sintiendo la nostalgia de hacer algo así con otro tema. Porque además el trabajo de mi familia ha estado muy vinculado a los niños, y porque a veces en la ingenuidad de la frase de un niño hay mucha más hondura que en las palabras escritas por un adulto que se cree demasiado intelectual. Hacia esa búsqueda de la simpleza, de la ingenuidad, me llevó el descubrimiento en Viva Cuba. Yo la hice a la altura de mis dos protagonistas, nunca les hablé desde arriba, siempre les hablé a los ojos…

El Premio Flaco llegó este año en los días del 31 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Quedaste muy decepcionado con los Corales. ¿Qué pasó?

No quedé decepcionado, pero confirmé una vez más que la competencia en el arte es como arar en el mar. ¿Quién puede decir que una película es mejor que otra? Las películas son demasiado subjetivas y a partir de ahora al menos en este festival no voy a entrar más en competencia; si quieren ponerla, que la pongan, pero fuera de concurso. Una actuación no es mejor que otra, es demasiado subjetivo.

La decepción con El premio flaco fue la misma que con Viva Cuba, que fue totalmente ignorada acá, habiendo recibido premio en Cannes, y convirtiéndose después –según me dijo alguien- en la película que más premios ha recibido en la cinematografía cubana: 36 premios. Había ganado un Coral con Nada, defiendo mucho el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano como fiesta del cine, como el evento cultural más importante de nuestro país, como ventana para que los cineastas podamos reunirnos, también para que los espectadores puedan ver lo que se está haciendo en el mundo, y ojalá que siga.

Pero sobre competencia no estoy de acuerdo ni en el festival nuestro, ni en los Goya ni en los Oscar. De hecho ya yo había sentido eso cuando fui a la premiación de los Goya con Nada y me dije: “¿qué hago aquí? Yo no soy un deportista”. ¿Quién me puede decir que Los abrazos rotos es mejor que Celda 211? ¿Quién me puede decir que un Picasso es mejor que un Braque? Nadie. Porque incluso hasta las medicinas no funcionan igual en todos los cuerpos humanos y están avaladas por la ciencia. ¿Cómo una obra de arte va a ser mejor o peor? Sólo voy a participar en los festivales cuyos premios sean monetarios y me signifiquen terminar la película. Pero mi premio es hacerla, desde el momento en que tuve la certeza de hacer realidad un sueño de tantos años, como El Premio Flaco, yo me gané el Oscar, la realización de mi vida. El premio es seguir haciendo. A mí lo que más me interesa es el acto creativo, y estos premios lo que te permiten es seguir llevando a cabo tu oficio por ti mismo.

Con Nada intenté darme a conocer como cineasta, con Viva Cuba me gané el cariño de mi público, con El Premio Flaco y Chamaco intento establecerme como un cineasta serio, sobre todo como un director de actores, que es en este momento por mi vinculación con el teatro, lo que más me interesa. Pero quizás el día de mañana sean otras mis premisas. Para mí no hay más grande premio que encontrarme con un espectador que de pronto me hable de algo que le significó mi película, para bien o para mal, que le movió sus cimientos. Y  estos últimos días han sido bastantes fuertes en ese sentido, porque parece que con Chamaco fueron bastante atronadores, hay mucha gente conmocionada. Es lo mismo que sentí cuando vi la obra y dije: “¡wow! Tengo que aprovecharme de esto.” Ojalá que eso no mate lo que yo siempre trato de mantener despierta, que es mi capacidad de imaginación. Levantarse intentando un nuevo día y que no se te mueran las sorpresas.

A pesar de que las condiciones de vida, las situaciones, te imponen cuotas de tristeza bastante grandes, hay que levantarse para tratar de inventarse lo que puede ser el primero o el último día de tu vida. Yo trato de hacer eso en cada cosa que hago, en cada puesta en escena, no falto a ninguna de las presentaciones si estoy en Cuba, y además trabajo 25 horas al día, soy artista todo el tiempo y siempre estoy pensando cada gesto, cada detalle, algo que me pueda mover a seguir haciendo lo que creo que sé hacer, porque no se hacer más nada.

Nos comentaste que El secreto de sus ojos, el largometraje latinoamericano que ganó el Oscar a la mejor película extranjera este año, te había chocado porque era una concesión total a las estructuras del cine enlatado. ¿Qué momentos crees que viva el cine de la región?

Creo que despuntan otro tipo de películas más interesantes. Precisamente me molesta este tipo de película que hace concesiones. He visto otro tipo de cosas. Me pareció una falta de respeto que una película francesa como Nómadas del Viento, que cambió el lenguaje cinematográfico -la historia de las migraciones de los pájaros-, fuera nominada al Oscar y nunca ganó nada, y cambió la historia del cine. Los premios son muy relativos, y una película como El Secreto de sus ojos me pareció complaciente, no me mostró nada nuevo, no descubrí ningún secreto en El secreto de sus ojos.

Me interesa ver más cosas del nuevo cine argentino, algo como Sábado, que me pareció alucinante, o Silvia Prieto, que la gente denostó. Para mí el cine iraní es el mejor cine del mundo. ¿Quién ve cine iraní? El secreto de sus ojos es una concesión para el público. No he visto La teta asustada, vi de la misma directora su anterior, Made in USA, que me pareció excelente, fuera de liga.

Defiendo mucho cuando aparece una cineasta mujer, porque han sido denostadas durante mucho tiempo, debería defenderse que ellas siguen ahí. No he visto La Nana, ni la brasileña que ganó el tercer Coral –Viajo porque preciso, vuelvo porque te amo- . El cine latinoamericano sigue vivo, en tanto Latinoamérica sigue viva como gran productora de historias, en el medio de las difíciles condiciones en que se hacen estas historias. Por eso me molesta tanto El secreto de sus ojos, porque no es una película típicamente latinoamericana, hace demasiadas concesiones a Hollywood, al cine comercial, que tampoco es criticable que lo haga, pero te hablo de lo que me gusta a mí, de lo que yo voy buscando al cine. 

Me pareció larga, que se podía haber editado, ya he visto la relación entre Soledad Villamil y Ricardo Darín en otras películas haciendo exactamente lo mismo. Uno de mis grandes íconos en el cine es Norman McLaren, un inglés devenido canadiense que generó el National Film Board, que hizo películas sin tener películas, rayó directamente sobre el celuloide. Él ganó un Oscar en 1962, y le mandaron un telegrama que decía: “felicidades, ganó un Oscar”. Y el dijo: “gracias pero, ¿quién es Oscar?”, porque no sabía. El premio de un cineasta es hacer películas.

Me pasó con El Premio Flaco, que es una película que habla de cosas muy importantes para los seres humanos en este momento, rescata un género del melodrama tan denostado, tan criticado, tan temido, tan bien hecho durante la historia del cine latinoamericano y tan olvidado en nombre de nuevas corrientes… que la osadía de poner una película, hablar en la cara de los espectadores, puede haber hecho que algunos que odian el teatro hayan dicho: demasiado teatral.

El Premio Flaco es la prueba más evidente en tu cine de que te mueres por el teatro… ¿Cómo has podido sobrevivir a la indecisión de a qué dedicarle más tiempo en tu vida: al cine o al teatro?

No tengo ninguna indecisión, hago ambas cosas. Los invito cordialmente a la puesta en escena de El Malentendido, que es de todos mis trabajos el que más quiero, y el que más olvidado ha sido. Pero cada obra que yo hago entraña una pasión desmedida, llámese cine o teatro. En realidad me río de la gente que dice “demasiado tal cosa”, porque en verdad las barreras las ponen ellos. Siempre he dicho que mi oficio es abrir puertas, no cerrarlas. Cerrar puertas es de los aduaneros, no de los artistas, los artistas traspasan las barreras. Hace poco me dijeron: “ese cine de género…” Le dije: “durante toda mi vida me he considerado un degenerado”. Yo quisiera ser inclasificable, porque la vida es tan amplia, hay tantas maneras de ver, de actuar y de decir, que no existe una única respuesta ante un fenómeno, y uno mismo va cambiando durante toda su vida, va encontrando cosas nuevas, y yo mismo no sé quién soy. Poner barreras es absurdo.

¿En qué proyectos trabajas ahora?

Tengo que reponer El Malentendido, y hacer el estreno de una obra del teatro cubano que se llama La hijastra, de Rogelio Orizondo, que me parece una nueva dramaturgia cubana. Estoy tratando de convertir el cine 23 y 12 en un centro cultural con teatro, danza, artes plásticas, música.

Para el futuro la conformación del Festival de Cine Gay y Lésbico en Cuba. Debo filmar un corto que forma parte de una película de cinco cortos dirigidos cada uno por un director diferente: Enrique Pineda, Juan Carlos Tabío, Jorge Luis Sánchez, Fernando Pérez y yo. Se llama Amores prohibidos. Cada uno dirige una historia de amor en una década diferente de la Revolución. Me tocan los 2000. Mi historia se llama En fin, el mal. Es una comedia muy simpática, que tengo muchas ganas de hacer. Entre mis proyectos más inmediatos está Hombres sin mujer, que la voy a hacer a lo que dé lugar, me cueste 5 años o toda la vida. Y en este momento trabajo en el guión de una película para niños que se llama La esperanza del mundo.

¿Qué esperas del cine cubano para el futuro?

Que siga existiendo, que no deje de existir. Porque el día que el cine cubano no exista, yo no tengo más nada que hacer.

© Asociación Hermanos Saíz. 2010.