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Cremata: la reafirmación del artista
ENTREVISTA

Por: Raciel del Toro

Presiono el botón del timbre. Espero… De pronto un rostro se asoma desde la terraza de los altos y me lanza la pregunta: ¿Raciel? Eh, sí, sí, respondo titubeante. Ya te abro la puerta, me grita desde arriba el rostro de Juan Carlos Cremata. Por un segundo me costó trabajo reconocerlo, ahora sin su sombrero y sus habituales gafas oscuras. Por eso dudé al responderle, pero Cremata no lo nota o no quiere hacerlo, pues me recibe afablemente y me invita a conversar en la terraza “porque hay más fresco”. Pero al instante reconsidera: “¿El viento no afectará la grabación de la entrevista?”. No, creo que no -le respondo- pero me da gusto que el entrevistado sea un cineasta, sabedor de la importancia que tiene la calidad del sonido.   

Al sentarse, Cremata cruza los pies y sonríe: “¿Sabes?, me extrañó que quisieras hablar de La Época, El Encanto y Fin de Siglo. Te confieso que no es ni siquiera uno de mis trabajos más apreciados”.

Ahora el extrañado soy yo. La Época, El Encanto y Fin de Siglo fue considerado por la Asociación Nacional de la crítica cinematográfica como uno de los tres mejores documentales cubanos exhibidos en el año 2000 y luego numerosos estudiosos y conocedores del cine cubano lo han catalogado como "una joyita" del audiovisual insular de fines del siglo XX. Por lo tanto, la primera confesión de Cremata me asombra, y sobreviene mi primera pregunta.

Entonces, ¿qué fue lo que le motivó emprender la realización de ese documental?

La Época, El Encanto y Fin de Siglo fue un trabajo que a mí me mandaron por encargo. El Centro Cultural de la embajada de España en Cuba financiaba proyectos y yo necesitaba dinero. Ellos la única pauta que sentaron era que tenía que hablar del tiempo y el espacio. Imagínate, todo habla del tiempo y el espacio. A partir de ahí yo empecé a filmar lo que se me antojara, pero cuando vi que no me daba el tiempo porque me exigían que fuera un documental de 27 minutos, empecé a echar mano a viejos proyectos, entre los que estaba uno que yo había hecho en Nueva York, La muerte del cisne, al que tenía como un cortico experimental y dije: “bueno, aquí cabe todo; si todo es tiempo y espacio, aquí cabe todo”.

La repercusión que después ha tenido ese documental a mí me sorprende muchísimo y me demuestra que todo tiene un nivel de lectura, según el espectador. Hay muchísima gente que ha leído cosas en ese documental que yo no las asumí así.     

¿Usted nunca se propuso un mensaje definido con la proyección de esa obra?

Jamás pretendí que llegara un mensaje específico al espectador. Yo creo que el artista no es mensajero de nada. El artista es una persona que expresa su mundo interior; un mundo interior que está interesado en reflejar a toda costa.

Para mí, el cine, la obra de arte, empieza no en la persona que la concibe, sino en la persona que la recibe.

Pero sí debe haber tenido sus intenciones al emprender la filmación…

Sí, claro, en el caso de La Época, El Encanto y Fin de Sigloyo lo hice porque, además de que me pagaban, al mismo tiempo no era una cosa comercial y tenía la posibilidad de jugar con la imagen y de entretenerme. Yo no podría explicar si sé hacer buen o mal cine, pero lo que sí puedo decir es que no sé hacer otra cosa. Me entretengo mucho: me divierte jugar a colocar contraposiciones, a poner un sonido y una imagen que no tengan nada que ver uno con la otra, a buscar lecturas variadas.

El hacer La Época, El Encanto y Fin de Siglo era un divertimento. Yo quería divertirme con lo que estaba haciendo, pero después la realidad, que es mucho más compleja, se encargó de hacerle lecturas a cosas que habían sido hechas con otro sentido. Yo lo que sí trato es de ser lo menos obvio posible. La obviedad no me gusta; prefiero las cosas confundidas. Por eso nunca he pretendido dar una moraleja o decir «esto se debe hacer así», porque creo que modos de actuar ante la realidad existen tantos como personas habemos en el mundo. Incluso a veces me resisto, hasta en mis películas de ficción, a dar un final cerrado.

Cuando un espectador me pregunta: “¿qué usted quiso decir con tal cosa?”, yo le respondo con otra pregunta: “¿qué tú pensaste de eso?”. Y a veces, como en el caso de La Época, El Encanto y Fin de Siglo, ni sé lo que quise decir.

Por otra parte, La Época, El Encanto y Fin de Sigloes también un collage de inquietudes, entre las que se encontraban mi pasión por la danza. Yo siempre había querido filmar danza. Recuerdo que fui a buscar a los bailarines de Retazos y ellos, amablemente, hicieron lo que yo les pedí. Los filmé en la azotea de mi casa como si se estuvieran lanzando al vacío. Luego fui al Hotel Nacional y filmé la bandera cubana que había allí. Otro día oí una música que me pareció bonita. Y a partir de esas tres cosas, que no tenían nada que ver una con otra, surgió ese plano donde se ven los cuerpos cayendo en medio de los colores de la bandera, al que después se le adjudicaron innumerables lecturas.

Pero de La Época, El Encanto y Fin de Siglo lo que siempre quise mucho fue La muerte del cisne, que fue un trabajo que empezó en la EICTV (Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños), quemando celuloide con talco, con semen, con clara de huevo, a ver qué formas tomaba aquello. A partir de mi adoración por la danza vino lo de la muerte del cisne y luego me di cuenta del chiste de que si al cisne se le quitaba la “s” se convertía en el “cine”, y hablaba entonces de cómo la televisión está consumiendo al cine, porque la gente ya no va mucho al cine. Hay un concepto detrás, pero no me lo propongo a priori; yo lo que busco es conseguir un resultado estético que me complazca. Es un poco egoísta, pero si en primera instancia a mí no me satisface lo que estoy haciendo, yo no puedo pretender que les satisfaga a otros.

A propósito de La muerte del cisne, en un momento anterior usted dijo que lo consideraba "un cortico experimental". ¿Es para usted La Época, El Encanto y Fin de Siglo también un "corto experimental", o lo considera un documental?

Para mí no es un documental, sino un video experimental. Yo incluso le llamo “pasatiempo”. Y creo que un pasatiempo también han sido mis anteriores coqueteos con el documental.

Entonces, ¿qué concepto tiene usted del documental?

Yo creo que evidentemente el documental tiene un apego mucho más cercano a la realidad, tiene un nivel de espontaneidad mayor que la ficción. A nivel estético hay una mayor planificación de lo que se está filmando y de lo que ya se filmó. Aunque en mi caso, yo creo que nunca he hecho documentales, sino más bien han sido juegos con la realidad, pues considero que la barrera entre ficción y realidad ya está demasiado rota.

No me considero un documentalista, pero no puedo ser purista, porque muchas cosas que he hecho en ficción me han mostrado que la realidad es mucho más ficcionable que lo que yo pueda inventar, y algunas cosas que he hecho o he visto en documental, me han parecido falsas. Entonces, me olvido de los moldes y simplemente apuesto por la creación del artista.

¿Y cuál usted cree que debe ser la misión de ese artista, del cineasta, del documentalista, como elemento que forma parte indisoluble de la sociedad?

Yo creo que la función tanto del documentalista como del realizador de ficción es intentar explicar la realidad como la entiende el artista. A partir de que una persona se pone detrás de un lente y escoge qué quiere mostrar, ya está interpretando la realidad. En mi caso pienso que lo fundamental es materializar la necesidad de expresión artística. Lo que he hecho hasta ahora lo he hecho así. Para mí el documental es como un punto de partida para ser mucho más libre y poder hacer lo que uno quiera. Pero hay un compromiso con lo que se está haciendo; un compromiso que no es político, sino individual, artístico.

Partiendo de ese compromiso artístico, si tuviera la oportunidad de volver a realizar La Época, El Encanto y Fin de Siglo, ¿cómo lo haría?

De La Época, El Encanto y Fin de Siglo, menos La muerte del cisne, lo cambiaría todo. Lo haría completamente diferente. 

Para mí los conceptos cerrados son como la muerte. Las conceptualizaciones son importantes, pero no pueden ser un dogma, no pueden ser una barrera que te impida expresarte. Y para mí lo más importante es la expresión espontánea. Todo lo que he hecho ha sido pensando en la responsabilidad que tiene un artista de divertirse, de entretener. Y creo que es importante entretener, porque lo entretenido es lo opuesto a lo aburrido, no a lo serio. Hay muchas cosas autodenominadas serias que son aburridas y no llegan a las personas. Para mí lo importante es entretener y el primero que tiene que entretenerse con lo que está haciendo soy yo, sino ¿cómo puedo pretender entretener a los demás? 

A veces a mí me da risa escuchar que La Época, El Encanto y Fin de Siglo es antropológico. Pero no puedo dejar de pensar que la persona que piensa eso es un espectador que tiene detrás un background, que vio ciertas cosas en el documental en la medida en que yo le di ciertas pautas para que su imaginación echase a volar. Si de aquí a algún tiempo a mí se me ocurre poner la imagen del malecón con el sonido de un gato maullando, y alguien dice que eso significa el desmoronamiento del campo socialista, ya esa lectura la hace él, no yo. Claro, mientras más lecturas tenga la imagen, más feliz seré cada vez que la vea.

Por último, intente imaginar que regresa en el tiempo, cuando a usted se le ocurrió la idea de realizar lo que luego sería La Época, El Encanto y Fin de Siglo. La persona que le va a financiar el proyecto le pide que usted lo convenza de entregarle los recursos para emprender la filmación. ¿Qué pasaría?

Si pasara eso, creo que perdería la oportunidad de realizarlo. Si actualmente se me da de nuevo la posibilidad de hacer La Época, El Encanto y Fin de Siglo, yo vuelvo a asumirlo como un divertimento.

© Asociación Hermanos Saíz. 2009.