
Afinidades: ¿la orgía perpetua?
Por: Liomán Lima
Si el Ministerio de Turismo entregara algún reconocimiento en el Festival de Cine Latinoamericano de La Habana, Afinidades, la ópera prima de Vladimir Cruz y Jorge Perugorría, hubiera sido, sin dudas, el premio indiscutible de 2010.
Ambientada en locaciones paradisíacas, con banquetes opíparos y agua de coco, espectáculos kitsch, y abundante sexo sugerido, la película da más promoción a la Laguna del Tesoro que cualquier campaña publicitaria. De solo verla, invita a ahorrar salarios, aunque sea por años, para pasar un fin de semana en ese hotel edénico, ajeno muchas veces al común de los mortales.
Y aunque pueda parecer lo contrario, tal vez en ello radique uno de sus principales méritos. Desde la década del 90, e incluso, en la historia del cine cubano después de 1959, muy pocas cintas han apostado por desplazar sus espacios de la realidad social cubana más inmediata.
Cercana a lo logrado por Un paraíso bajo las estrellas, cuyas acciones principales trascurrían en el legendario cabaret Tropicana, Afinidades propone una ruptura, una especie de alejamiento de ese “canon espacial” establecido a fuerza de tanta repetición en las producciones nacionales.
Si en las realizaciones de décadas anteriores abundaron locaciones casi siempre marginales, situaciones sombrías y decadentes, reflejo de las condiciones en que vive gran parte de la población, el dueto protagonista de Fresa y Chocolate apostó por un lujoso hotel en plena Ciénaga matancera, con pomposas imitaciones de bohíos, comidas y celebraciones taínas.
Es también una de las pocas películas ubicada fuera de la capital que no recrea epopeyas y épicas (si tenemos en cuenta que la mayoría de las obras filmadas en otras provincias desde 1959 narraron sucesos relacionados con milicianos, rebeldes, luchas independentistas, campaña de alfabetización, trabajos en el campo, etc.)
En la creación de esta atmósfera edénica, mucho contribuye la exquisita visualidad de la cinta, obra de Luis Najmías, quien fue también el fotógrafo de La edad de la peseta, Fuera de Liga y Comité 666. A pesar de su excesiva función descriptiva (y casi promocional), destaca por la búsqueda de la experimentación y juego de planos, cambios de eje, perspectiva de los personajes y angulaciones.
Cuenta, además, con una de las correcciones de color más llamativas realizadas en el cine cubano en los últimos tiempos, lo que junto a ciertos encuadres, hace que por momentos las tomas parezcan cuadros u homenajes a pinturas famosas, como aquella de Cristina (la española Cuca Escribano) sobre la hierba, que recuerda el célebre All you need is love, del artista cubano Flavio Garciandía.
Y esto se agradece, aunque la película parezca por momentos postal para turistas o repita esa extendida imagen internacional del país, en la que trascendemos por ser tierra de gente fogosa y paisajes exuberantes y lo cubano es botella de ron, tabaco habano, chicas por doquier y bonche en casa de guano.
Sin embargo, a pesar de atraer por lo exótico, la paisajística y la hotelería en esta película resultan desconectadas del argumento. Disfrutamos las noches ligeras y los atardeceres en el trópico, las lluvias y los viajes en barco de remos, la “locura taína”, el trago Martínez y la interpretación musical de Omara Portuondo, pero al final nos preguntamos de qué manera se insertan o qué aportan al desarrollo de la trama.
La historia narrada es sumamente cruda, aunque ¿en el fondo? más de lo mismo. Bruno (Vladimir Cruz), un físico teórico de desesperante elocuencia, subempleado en una empresa que pronto pasara a manos extranjeras, acepta prostituirse y prostituir a su mujer Magda (Gabriela Griffith) como sacrificio expiatorio ante una posible pérdida del trabajo.
Llegan a Guamá para materializar la conjura durante un fin de semana. El jefe de Bruno, Néstor (Jorge Perugorría), y la mujer de este, la abogada española Cristina parecen ser los artífices de la idea.
Y una vez allí, sin muchas razones, solo por estar en esa recreación de la comunidad primitiva, parecen aflorar los instintos más elementales y las reflexiones más elevadas.
En esta película o se tiene sexo, o se habla. Va sin causalidad de un intercambio de pareja a un diálogo sobre el ser y su devenir; de la descripción del universo tres segundos después del Big Bang, al coito desesperado...
Así, Afinidades parece bandearse de lo humano a lo divino, de las sensaciones a la trascendencia, de las pasiones básicas a los más complejos misterios de la existencia. Pero ese ambicioso retrato que intenta ser de la condición humana no encuentra un punto medio desde el cual encausar su argumento.
Si por una parte la película devine sexocentrista, cargada de constantes alusiones y parlamentos sicalípticos, con acciones que tienden únicamente a favorecer una nueva refocilación, por el otro está atravesada por un contradictorio discurso trascendentalista, cargado de parlamentos, imágenes y metáforas altisonantes sobre el lugar del hombre en el universo, la vida y la muerte (como el leitmotiv del cementerio rústico a orillas de la costa, la alusión a la iglesia, el pueblo y el camino, la contemplación de las estrellas, etc.)
Ahora bien, cuando terminan el sexo o los parlamentos grandilocuentes, los personajes, comen, beben o conversan solo como paso previo para un nuevo encuentro carnal. Vista así, la dramaturgia recuerda, salvando obvias distancias, la del cine pornográfico.
En las obras clásicas de este género, los cuadros de sexo son seguidos de las llamadas escenas de descanso (conversaciones triviales, regodeos antes de iniciar la nueva “acción”) para dar un respiro al espectador (que podría aburrirse ante tantas copulaciones ininterrumpidas). Al parecer, la estructura de Afinidades, no está muy lejos de ese modelo.
Sin embargo, aunque por la abundancia de escenas eróticas la película pudiera parecer una orgía perpetua, no hay en ella una toma que muestre “más de lo debido”. Siempre la cámara, como efectiva hoja de parra, oculta detalles que hubieran herido sensibilidades pacatas o despertado gazmoñerías.
No obstante, en ese contradictorio oficio de decir y callar, insinuar y ocultar, aparece otra de las sutiles discordancias narrativas. A pesar de querer ser por una parte avant garde en su apuesta por lo sexual (latencias homoeróticas incluidas), por la otra deviene fábula moralista.
El desenlace de la cinta resulta catequético. Recordemos a Magda en la cocina arrepentida y diciendo que practicó la orgía por amor o a Cristina lanzando el casete de video al agua. Afloran (principalmente en las mujeres), Pepes Grillos que lanzan a los personajes a la condena y la culpa por los pecados cometidos. Lo que antes fue gozo (realizado con alevosía y conocimiento de causa) deviene caída y flagelación espiritual. Y es en ese punto ideoestético, donde Afinidades da sermones de predicador.
Parece decirnos entonces, más de una hora después del comienzo y casi todas las opciones posibles de coito ya realizadas, que ese no es el camino y que más allá nos espera la trascendencia.
Por otra parte, debe decirse, para no recurrir en puritanismo o melindres, que el sexo en una película es tan normal como en la vida misma: fuente de vida y renovación, placer carnal y estético.
Pero cuando deviene lo más interesante que sucede en una trama y lo único que la gente comenta de un filme, entonces algo falló a gran escala. Y cosas como estas suceden cuando el resto de la acción no fue del todo llamativa, los personajes y sus conflictos no lograron atraer o la historia principal fue tan deficiente que pasó a un segundo plano.
Una lástima, porque esta película pudo decir más de lo que verdaderamente dijo. En los contextos actuales del país, habló del oportunismo, el chantaje y la (des)lealtad, la doble moral de algunos directivos, el subempleo y sobre todo, lo que son capaces de hacer los seres humanos cuando ven amenazados su trabajo o el de su pareja.
Quizás uno de los principales lastres esté en el guión, escrito por el también protagonista y realizador, Vladimir Cruz. Basado en la novela Música de cámara, de Reinaldo Montero, el libreto no sabe resolver del todo la adaptación de la obra literaria al cine.
Adolece de una estructura dramática endeble, con acciones superfluas que no contribuyen al desarrollo de la historia. Presenta deficiencias en la exposición y presentación de conflictos e inconsistencias en el tempo narrativo, acelerado en unas ocasiones y ralentizado en otras sin justificación dramática alguna.
Pero sobre todo, la cinta encalla, inunda y naufraga por la enunciación de parlamentos excesivamente literarios, artificiales y recargados, que si bien pueden funcionar en la novela, devienen pedantes y en ocasiones afectados en el texto cinematográfico.
Muchos de ellos parecen colección de citas célebres y, en ocasiones, restan naturalidad y credibilidad. Esta abundancia de discurso oral hace que la película parezca didascálica y retórica. Muy poca labor intelectual se le deja al espectador, que tiene servido en los diálogos todo lo que debe interpretar.
El diseño de personajes no logra penetrar las psicologías de los protagonistas ni ahondar en sus conflictos. Muy poco comprendemos de sus motivaciones, qué los lleva a actuar de esa forma, por qué asumen determinadas posturas... Casi todos resultan bastante planos, carentes de consistencia, complejidad, matices y lo que es peor, no logran producir identificación con sus historias, sentimientos, trasmitir una emoción, algo riesgoso en una película basada fundamentalmente en las actuaciones.
Ante un panorama como este, los intérpretes no pueden hacer mucho. Jorge Perugorría, aunque intenta dotar a Néstor de cierta naturalidad, e incluso, de un atractivo cinismo, resulta incompleto y maniqueo.
El Bruno de Vladimir Cruz tal vez sea el más sobreactuado y privado de verosimilitud de los cuatro. Desde la apariencia (tópico del científico profundo, con camisa y espejuelos) hasta su voz engolada y afectado discurso parecen recordarnos constantemente que está actuando.
Sus parlamentos, cargados de conceptos provenientes de la filosofía, la física y la química destacan por una notoria artificialidad. Es capaz de citar la Ilíada, describir la energía de un quark o el sonido de una piedra de basalto al caer al agua, pero no logra incorporar de forma creíble su discurso y su actuación a la historia que se intenta narrar.
La verbosidad es sin dudas una de las características diseñada para el personaje. Pero quizás no se tuvo en cuenta que al ser tan excesiva, podría saturar, e incluso volverse incomprensible.
Pensemos, por solo poner un ejemplo, qué aportó o dijo aquella cita de física casi lezamiana que reza: “en el mundo de las micropartículas, sin embargo, la probabilidad se convierte en instrumento. En la misma esencia del fenómeno está su indefinición.”
A pesar de los esfuerzos de las actrices, las interpretaciones femeninas están relegadas a un segundo plano, a tal punto, que el filme puede resultar también androcéntrico e, incluso, machista.
Las dos mujeres son concebidas únicamente como objetos de los hombres, protagonistas de disputas amorosas, mientras sus conflictos y pasiones son asociados únicamente a lo puramente sexual.
En otros momentos, son especie de comodines para que conversen o discutan los personajes de Cruz y Perugorría, por lo que en muchas escenas, a pesar de estar presentes, están condenadas a ser simples espectadoras de las intervenciones Néstor y Bruno o a colocar algún parlamento baladí o fuera de lugar.
La española Cuca Escribano, aunque aporta la veta de comedia que la película en general no logra, resulta también un tanto artificial y exagerada, un poco más, tal vez, de lo que demandaba la caracterización de su personaje.
Primero se presenta como la típica y frívola extranjera (maquillada una y otra vez) que viene a Cuba a desfacer y triturar cuanto entuerto de la carne se interponga en su camino, pero al final resulta arrepentida y uno no se explica bien el por qué. Carece, igual que el resto, de tonalidades y profundidad que logren describir un poco quién es.
Magda no se salva de igual destino. Deviene objeto del deseo de los protagonistas masculinos, una especie de cordero pascual que al principio con reticencias y después con injustificado y poco verosímil ímpetu se desboca hacia el matadero. Dubitativa y engañosamente ingenua, resulta inconsistente y sus acciones necesitan asideros justificativos que la hubieran convertido, probablemente, en el personaje más interesante de la cinta.
Los desniveles interpretativos, probablemente, no sean solo resultado de un guión inoperante, sino también de falencias en la dirección de actores, teniendo en cuenta que protagonistas, guionista y realizadores eran las mismas personas. Evidentemente Cruz y Perugorría no pudieron sortear con éxito el desafío de dirigir, actuar, escribir y a la vez exigir (y exigirse) interpretaciones coherentes como trabajos anteriores han demostrado que ellos pueden lograr.
El final de la película es una oda al lugar común. Retoman la trillada historia del lugar en los asientos del carro y uno vuelve preguntarse por qué o para qué. Aunque, ya sabiendo que están por rodar los créditos, se infiere que la respuesta a esa interrogante, tanta veces hecha en la hora y media anterior, nunca será resuelta.
A pesar de todo esto Afinidades es ópera prima y, como tal, ensayo de prueba y error, metedura de pata, aprendizaje y ejercicio de valentía de dos actores que hicieron historia en el cine cubano.
Quizá su mayor lección fue confirmar otra vez que los recursos materiales, aunque necesarios, no bastan para realizar una buena película; que no se hace tampoco con estrellas famosas en escena o con un guión hecho a base de recetas de éxito, con frases célebres y sexo incluido. Algo que Hollywood enseñó hace algún tiempo. |