 Una exposición titulada Montaje y un creador llamado Camejo
Por: Maria Nela Lebeque Hay
La sede de la juventud creadora, el Pabellón Cuba, abre sus puertas como una de las subsedes del XXXIII Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, acogiendo en su espacio la connotada propuesta plástico-foto-fílmica de Luis Enrique Camejo. Artista reconocido y reconocible por sus modos y técnicas de trabajar la pintura, también sobresale en el contexto contemporáneo por la recurrencia del paisajismo desde los intrincados vericuetos que componen al macro universo del Arte. La ocasión así lo evidencia.
Bajo el título Montaje, la muestra toma como leit motiv momentos trascendentales de obras cinematográficas inscritas en la Historia del Cine. Con esta premisa propone una suerte de homenaje explícito a la manifestación y al propio proceso creativo, puesto que acude a toda una tradición de apropiaciones y coincidencias entre aquellas expresiones que integran el discurso artístico.
Compuesta por una suerte de pre y post (adecuándonos a la jerga audiovisual para estar a tono), la museografía se despliega en dos núcleos, seccionados intencionalmente desde su concepción espacial. Una primera sala en el túnel del Pabellón, contempla varios bocetos realizados por el artista donde ensaya y tantea aquellos caminos que al final devendrán sus protagonistas por excelencia. Pero en sí mismas constituyen un paneo por la hechura personal que singulariza a este creador el que, sin temor a equívocos, bebe de aquellos maestros y modos de hacer impresionistas del siglo XIX.
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Catalogado por muchos como vívido captor de la esencia dinámica que signa el entramado urbano, las piezas revelan nuevamente su gusto, devenido ya maestría, en recrear detalles y ambientes aparentemente imprecisos. Es así que llegan como íntimos confidentes objetos o zonas recurridas a lo largo de toda su producción. Autos, puentes, calles, vidrieras, paraguas, letreros lumínicos, símbolos de la ciudad nocturna, provocadora, sensual -y hasta sexual-, son conjugados con el trabajo más exquisito del empaste grueso sobre la transparencia; el blanco sobre negro que da gris, las pequeñas zonas de luz…
Guardado el plato fuerte para el final, aparecen doce pantallas de cine sobre trípodes trabajadas con acrílico y colocadas dentro de un espacio que simula la entrada a uno de los recintos-santuarios de la imagen en movimiento: el set. Esta concepción -erigida con toda intencionalidad- activa en la puesta un cúmulo impresionante de referentes artísticos, culturales, interpretativos e historiográficos que solo dejan espacio para la sugestión y la multiplicidad de lecturas. El diálogo establecido entre las piezas propone el homenaje como fuente nutricia; consolidando así el carácter deudor del Arte a sus iconos del pasado, sin distinciones de manifestaciones a las que se inscriben.
Acuden nuevamente esos sujetos anónimos -casi fantasmagóricos- en medio de urbes citadinas. Mas el anonimato de estas figuras (al autor no le interesa recrear los detalles faciales, sus personajes aparecen muchas veces de espaldas o sencillamente difuminados) queda un tanto en tela de juicio cuando acude a su contraparte aludido: la propuesta fílmica. Proceso de selección paciente, preciso, ideal. Cada una de las obras permite la lectura casi inmediata de su referente cinematográfico. Y para juguetear con el espectador el artífice los presenta desde sus elementos más plausibles: Olas, Taxi, Aguacero, Conversación, Puente de Hierro…
Woody Allen, Tomás Gutiérrez Alea, Ridley Scott, Martin Scorsese, Fernando Pérez… sentados a la mesa como buenos amigos en un café. O mejor aún, para un café, si se tiene en cuenta que sus obras maestras aparecen congeladas en el tiempo, diríase que a la espera de algo por venir. Entonces nada sugiere más que la obra per se. Sin dudas y como refiriese Tonel en sus palabras: (…) podríamos asumir este conjunto de obras como una especie de acotación a polémicas y argumentos que, si bien añejos, mantienen vigencia y resultan ahora mismo del mayor interés para aquellos cuyo trabajo depende y se alimenta, de la imagen.1 ¿Cuánto de intertextualidad posmoderna, relectura y fuerza debeladora del objeto plástico? ¿Cuánto de pintura, cine y fotografía? Solo queda leer entre líneas la propuesta en su conjunto.
Singing in the Rain, Taxi Driver, Suite Habana o Memorias del Subdesarrollo. Figuras esculturales expropiadas al tiempo, objetos-símbolos reciclados y re-significados para la ocasión. Así se traduce una suerte de viaje al pasado (o al futuro, no sé bien) desde la mixtura y la cita, quedando al descubierto algunas de esas construcciones de lo que hoy los críticos y estudiosos fuerzan por catalogar como obra de arte excelsa, original y única.
1 Antonio Eligio (tonel): Camejo y la perseverancia de la imagen. Palabras al catálogo de la exposición Montaje. diciembre de 2011, La Habana, pág.2.
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