Soledad en Estaciones
RESEÑA
Por: Dainerys Machado Vento
Armada solamente de sensorialidad me enfrento a las piezas que conforman la exposición Estaciones, que exhibe la galería Villa Manuela. Descubro que mi reloj y el de la tercera obra que escruto coinciden con exactitud: son casi las 2 y 25 de una tarde cualquiera para mí que dentro de la imagen puede ser madrugada. Las posiciones siempre relativas de los meridianos y del arte diluyen las diferencias. Logro trasladarme a la soledad absoluta que muestra cada estación ferroviaria que propone el artista.
Luis E. Camejo “pinta” el tiempo que se va y “pinta” también la certeza de que ese tiempo se escurre entre todos, inalcanzable e inevitable, imposible de emparentar, en estas piezas, con una hora determinada.
De nuevo el artista asume la creación más técnica del hombre, para dibujarlo desde todo lo que no es pero lo conforma. Desde su mirada las máquinas ocupan todos los espacios y las referencias, como partes y productos inherentes a lo humano. Los elementos de la naturaleza apenas se adivinan, difuminados en planos secundarios de las piezas, para ceder total protagonismo al concepto de la máquina en sus diferentes versiones. Así la mirada del espectador transita entre carros, camiones, postes, una llave de cambio de vías ferroviarias. Y para quien escribe estas líneas, en contraste absoluto con lo que pueda imaginar quien las lea, no son las sensaciones de viaje, partida o movimiento las transmitidas por estas piezas, sino la salida trunca, la rutina asfixiante, la reiteración.
Supongo que el creador asumió los trenes como vínculo sobrenatural entre un pasado que renuncia a ser borrado y el presente que somos. Tal vez los eligió sin tantos ejercicios metafóricos ni segundas interpretaciones. De cualquier modo, sujeta a la más disímil selectividad, su elección demuestra que las ciudades también pueden ser contadas desde formas de hierro estáticas, aparentemente inamovibles y casi siempre invisibles en su significación.
Espacios antiguos y modernos confluyen a retazos en esta exposición, como reflejo de la vida misma. No importa si son las líneas elevadas de la estación La Coubre, en Talla Piedra, o el andamiaje eléctrico de un tranvía; no importa que se descubra Cuba en tres, cuatro pinturas, o que en otras esté permitido imaginar el otro lado del mundo; el recorrido por estas Estaciones se disfruta de principio a fin.
Las sensaciones que despiertan las imágenes y sus composiciones pueden ser producidas por el impacto del formato mayormente grande, que Camejo parece preferir, por el total predominio de la escala de grises de estas piezas, por la impresionante profundidad de los paisajes y por la ausencia casi absoluta del hombre en su forma o expresión física. Sin títulos, con el uso de técnicas mixtas sobre telas, el joven creador nos regala estaciones de trenes (¿también climáticas o espirituales?), develando, incluso para el ojo más ingenuo, las semejanzas y diferencias de espacios desde la evolución de sus máquinas.
No puedo evitar que cada elemento de la exposición me traslade a mi ruta a casa. Los cuadros en las paredes de cierta vivienda (¿acaso del artista?) regalan la impresionante visión de sus obras anteriores. Al pasar cuelo mi mirada como un rito y justifico en mi interior la impertinencia, escudándome en movimientos casuales. Finalmente cedo al robo de un fragmento de imágenes, para transformar el trayecto adocenado. Es la visión de esos, sus “almendrones”, bajo la lluvia o bajo la noche, la que me arrastró a las Estaciones de Luis E. Camejo. A ellos gracias, ya no solo por la revelada compañía; también por el descubrimiento. |