
Tesis de graduación de joven estudiante de A. Plásticas
Retrato hablado de Carlos Caballero
RESEÑA
Texto y foto: Amilkar Feria Flores
Se llama Carlos Lázaro Caballero Hernández, pero todos lo conocen por Carlitos; o su alias anglófono, El Charly. Nació el 17 de agosto de 1983, sin embargo, a pesar de su madurez intelectual y de oficio, cómodamente puede decir que tiene 10 años menos. Es camagüeyano de nacimiento; y, aunque sus pinceladas son inconfundiblemente contemporáneas, pudo haber nacido en Holanda, en pleno siglo XVIII.
Hasta aquí la descripción podría corresponderse, en parte, con la que reza en el Registro Civil de la República de Cuba. Lo que desconocen allí, para lo cual sería necesario un perfil psicológico más profundo, es que Carlitos no se está quieto nunca, salvo cuando está trabajando. Es ahí, en ese sagrado momento, cuando todas sus energías y tenacidad se vuelcan sobre la tela, donde el genio desconocido del artista revela su verdadera identidad.
Para no traer a confusión algunos datos ofrecidos al inicio, debo aclarar que este joven graduado se especializa, de modo peculiar, en el género del Retrato, típico de las escuelas europeas del barroco, cuando la modalidad comenzó a gozar de particular predilección por parte de los coleccionistas (regularmente los retratados eran los propios clientes). Sin embargo, esta asociación, meramente referencial, devela en Carlos una búsqueda que quiebra los moldes tradicionales de la proximidad con el parecido, y, mejor aún, de la identidad.
Cuando aún no lo conocía suficientemente bien, mi primer acercamiento a su trabajo fue durante las jornadas de la pasada Décima Bienal de La Habana, en los espacios del Instituto Superior de Arte. En aquella ocasión mostró un mosaico de trabajos conformado por pequeñas unidades independientes, en la que cada una ofrecía el “retrato” de algunos de sus compañeros de estudio, dependiendo de cuan movida o imprecisa hubiese quedado la foto de las que habitualmente se sirve para trabajar.
Tildarlo de Foto-realista, o Hiper-realista, según las tendencias así llamadas en la segunda mitad del pasado siglo, sería pecar de impreciso, toda vez que acude a semejante recurso para “congelar” el instante en que alguien gesticula un “Si”, “No”, “No me importa”, o “Vaya usted a saber”. Más recientemente, valiéndose del mismo recurso, continúa desacatando el orden que presupone el frio reflejo de la realidad, subvirtiendo el modo en que tradicionalmente posa un modelo. De espaldas al espectador, los retratados, no obstante, portan su ropa como si estuviesen vueltos de frente. Semejante engorro propicia una incomodidad psico-perceptual, al identificar la falta de coherencia con que de común llevamos ese atuendo, a veces más social que funcional.
Poseedor de una impecable técnica de trabajo, capa a capa, sus preferencias cromáticas van desde el blanco y negro, hasta llegar, con mesura, al color. Pero ya sabe que aquí no estriba el quid del asunto, sino en esa imperturbable vocación por decirnos que no siempre somos lo que creemos parecer…, o ser. |