
Un titiritero, un creador
Por: Geisy Guia Delis
Silencio. Luz en la escena. Los actores, que yacen dormidos en sus cajas, despiertan del letargo. En unos pocos minutos se vuelven los protagonistas del guiñol, mientras en la penumbra, donde no es visto, Armando Morales sonríe al ver sus marionetas en movimiento.
Este titiritero de alma y oficio, cargó este jueves con sus muñecos hasta el Pabellón Cuba para encontrarse con jóvenes y admiradores de su noble quehacer. A sus setenta años, Armando Morales es todo un maestro del teatro para niños y niñas; también ha recorrido el mundo con sus títeres sin olvidar sus días de infancia.
En Managua, pasaba las horas escuchando en un radio de pilas las melodías de los compositores de música clásica: Liszt, Chopin, Mozart, que la emisora CMBF (Radio Musical) ponía al aire. Ese fue su teatro, con la radio construía en su mente el mundo de Los Tres Villalobos; hasta que llegó la televisión.
En los juegos de roles, en vez de príncipe o soldado, Armando prefería ser el brujo del castillo. Y absorto en las formas, los colores y las fragancias de las plantas, dedicaba buen tiempo a preparar pociones. Aunque de niño el único teatro que conoció fue el circo pobre, de bailarinas semidesnudas y leones hambrientos, que transitaba de pueblo en pueblo, el cual Dora Alonso nos ha descrito magistralmente en su legado literario. Tal vez fue esa la imagen que despertó en su subconsciente el sentimiento que lo arrastró hacia el teatro.
Armando asistió de pequeño a la misma escuela de aula única a la que acudieron sus padres, con la propia maestra que años atrás diera lecciones a sus progenitores. Su futuro escolar se vio mediado por las decisiones de los gobiernos serviles de la época y terminó graduándose de escultura, pero con aplicaciones para la industria.
Aunque no se considera un hombre romántico habla de las cosas que le impresionan con profunda nostalgia. Confiesa que la primera vez que estuvo en la Habana y percibió el olor del mar, creyó que se acercaba a un sembrado de maíz, pero al ver la inmensidad azul que el malecón capitalino le ponía ante sus ojos no pudo contener la admiración. Ahora lo llama el mar que nos une, y siente que en su presencia se adquiere una manera especial de sentir y respirar.
Se piensa a sí mismo como un hombre que le ha sido infiel al teatro para serle fiel al titiritismo, porque ve a las marionetas no solo como instrumentos artísticos que el hombre imagina para comunicarse, cargados de realismo mágico y misterio; sino también como esculturas escapadas del museo, capaces de volver maravilloso lo que en el hombre es grotesco. No cree que existan límites para los muñecos sino en el hombre y su capacidad de crear.
Una puesta en escena del teatro de títeres, que no es el teatro con títeres, especificó Armando, tiene la virtud de funcionar como una partitura, en la cual cada gesto y sonido va armando una pieza estructurada. El titiritero se vuelve entonces la batería y de manipulador pasa a ser manipulado, porque para Armando los títeres tienen vida y energía propia; lo que hace el actor es convertirse solo en una extensión de cada marioneta, ya que el títere no representa, es.
Para este hombre inmenso su anhelo es que en Cuba haya una academia formadora de titiriteros, o al menos que el titiritismo se convierta en una especialidad impartida con seriedad dentro del Instituto Superior de Arte para asegurar la continuidad de una labor tan difícil. Esta especialidad teatral, agradecida muy especialmente por los niños, va cobrando fuerza a nivel internacional, así como en la Cruzada teatral Guantánamo – Baracoa y en Camagüey.
Al parecer, por unos cuantos años continuará Armando Morales repartiendo cachiporrazos en su teatro Guiñol, mientras va construyendo novedosos títeres y personajes, con la pasión de quien ha vivido décadas haciendo teatro para niños y adultos. |