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Teatro Nacional de Guiñol, en otro aniversario

Por: Erick Eimil Mederos y Barbarella González Acevedo

El Teatro Nacional de Guiñol desde su primer estreno –Las cebollas mágicas de la brasilera Clara Machado-, ha brindado por años obras del mejor repertorio nacional e internacional, en puestas en escena dedicadas a los niños, o bien en montajes pensados para los adultos – aunque lamentablemente este público ha sido más que olvidado por el grupo en los últimos años.- Nombres como el de los hermanos Camejo (Pepe y Carucha), Pepe Carril, y Armando Morales, se han hallado entre sus filas, marcando historia al colocar el arte de los títeres, en nuestro país, en un lugar antes no alcanzado. Por casi cincuenta años1 el resultado del trabajo de El Guiñol, -como se le conoce popularmente-, ha pasado a formar parte del imaginario de varias generaciones de cubanos, aunque lamentablemente en los últimos tiempos la producción del colectivo no resulta tan abundante como en décadas pasadas. En el presente, y celebrando el día 14 de marzo, otro aniversario de fundado, el grupo estrena La balada del sinsonte, con versión y puesta en escena de Ricardo Garal.

Los acontecimientos dramáticos de la puesta que hoy presenciamos se desarrollan en la casa-nido de los pollitos y sus padres, y en la cueva de la Rata Pirata. No se explica mucho con respecto al lugar donde se encuentran estos, aunque a nivel de dirección, con la coreografía del final, se pretende ubicar la obra en el contexto del campo cubano.

Se trata de una pieza de clásico final feliz donde los malos pagan sus errores. A nivel dramatúrgico tiene en su contra la tendencia a recurrir a la explicación de cuanto sucede, lo que suplanta a la acción viva. La historia resulta larga y con acumulación de sucesos:

El Padre Gallo tiene que ir a buscar a la Mamá Gallina a la estación de trenes que se encuentra en el pueblo – ambos espacios referidos-, por lo que advierte a sus tres hijos (dos varones y una hembrita) que no le abran la puerta a nadie, excepto al Sinsonte que llegará a darles una clase y a quien conocerán por su canto. El Sinsonte llega y de hecho les imparte la lección del día. Luego la Rata Pirata lo rapta para aprender su canto y así lograr que los pollitos le den entrada, pero este se las da de listo y le enseña una canción otra. La Rata no obstante consigue engañar a los ingenuos polluelos, a los que se lleva en su saco con el fin de cocinarlos. Finalmente el Sinsonte escapa y alerta a Mamá Gallina y al Padre Gallo que logran rescatar a sus hijos y encerrar a la Rata. La historia recuerda por momentos a la de varios cuentos infantiles. Aunque con nuevos personajes y situada en otro contexto, vemos en esta advertencia del Padre Gallo una reminiscencia de aquella que le hacen los enanos a Blancanieves, para que no deje entrar a nadie en su casita, y por otra parte nos recuerda también a los consejos que le da a la madre, a su hija Caperucita, antes de su aventura en el bosque.

Destacan por su efectividad, escénica, los personajes de los Ratoncitos que aunque muy sencillos en su diseño, técnica, e incluso, con poca intervención en los sucesos a nivel dramático –se plantean a nivel de puesta como coro a la Rata, en el mundo de la cueva- llaman la atención del público que ríe con ellos.
Existen varios momentos de cierta debilidad a nivel dramatúrgico y de puesta en escena. Por ejemplo, se le da poco énfasis al escape del Sinsonte que se resuelve a la vista del público haciéndolo parecer del todo fácil.

La fábula decae hacia el final pues los personajes de los pollitos se disipan en el desenlace de la obra, precisamente para que sus progenitores ganen protagonismo, y aparezcan cual deus ex machine asumiendo un rescate de clara moraleja: la obediencia a los padres es una virtud importante a aprender, pues en la cosmovisión que la pieza propone, ellos siempre tienen la razón y suelen sacar de los problemas a sus hijos malcriados.

La obra ha sido pensada no sólo para el público infantil sino también para el adulto que a los niños acompaña y este es un mérito de la dirección de la puesta. Así por ejemplo se busca la comunicación con los mayores en el momento en que la Rata Pirata se interroga acerca de que receta de cocina emplear para cocinar a los pollitos.

A nivel de diseño espacial se ha querido utilizar al máximo la sala del Teatro Nacional de Guiñol. Los personajes, que marchan hacia el pueblo o que de este vienen, lo hacen por platea. Se utiliza todo el escenario: Los actores entran por proscenio a la casa nido y aparecen en el retablo como títeres. La escenografía y el vestuario corren a cargo de Luis Y. N. Con dos cambios escenográficos, y una iluminación que a estos apoya, se plantea el tránsito de escena de la casa de los pollitos a la cueva de la rata.

Nilsa R. ha asumido el diseño de los muñecos.  Se utilizan en el montaje varias técnicas titiriteras por ejemplo guante, y varilla para el Sinsonte por permitirle un movimiento más a tono con el personaje. También se emplea el Body puppet, es decir se utilizan máscaras y vestuarios para los personajes interpretados por actores. Podríamos cuestionarnos la eficacia de los trajes máscaras por su recurrencia a determinados elementos decorativos como las lentejuelas que lastran la belleza del conjunto.

La luz negra se emplea al inicio del espectáculo, más por un interés puramente estético o visual, -no del todo desdeñable en este tipo de teatro que muchas veces recurre a la visualidad como gancho para atraer la atención del público joven-, que por necesidades dramáticas o como solución para resolver determinado momento de la historia.
El diseño en general de la puesta en escena nos parece digno e incluso atractivo. Sin embargo al comparar su poética con la de espectáculos de otros colectivos del país, donde sí encontramos constantes estéticas -como es el caso de Teatro de las Estaciones o bien de Nueva Línea, entre otros-, nos asalta una interrogante ¿Existe una poética, un modo de hacer, que caracterice en los actuales años al Teatro Nacional de Guiñol, como sí la hubo antaño?

A nivel de actuación encontramos que el elenco se encuentra integrado en su mayoría por jóvenes. La manipulación resulta efectiva y la presencia de actores vivos -aunque como body puppets- no afecta el universo titereril. Con la interpretación sucede lo contrario; a excepción de la actriz que representa a la Rata Pirata, los actores no demuestran virtuosismo. En términos casi generales  sus voces resultan extremadamente cotidianas y antiteatrales. Como diría Freddy Artiles: Una gallina y un búho no pueden hablar con la voz corriente del titiritero que los manipula, y mucho menos podrían hacerlo una escoba o un florero. La voz del titiritero tiene que transformarse en la voz que requiere cada personaje, un órgano vocal tiene que adaptarse a ‘hacer voces’”2. Por otro lado, se descuida la proyección de la voz en un teatro que no posee una muy buena acústica, lo que demuestra falta de conocimientos acerca de un espacio que les es propio a estos actores.

Las remembranzas de quienes han registrado en sus textos la etapa promisoria de los Camejo, donde muchas veces se hace referencia a sus singulares puestas espectaculares en las cuales no falta la alusión al variado repertorio de entonces, así como a las interminables temporadas realizadas a teatro lleno, nos lleva a sentir cierto regusto nostálgico por esos tiempos que no alcanzamos a vivir –aunque si participamos como público de otras buenas épocas, más recientes durante los noventa-. Tal vez por esa razón asistimos con entusiasmo a esta última propuesta.

A pesar de los descuidos de este montaje encontramos válido el esfuerzo de hacer renacer un Teatro Nacional de Guiñol, que en los últimos años no ha tenido su mejor etapa. Esperamos que no se trate de un intento aislado y que vuelvan los deseos de hacer, a esta salita, para goce de todos.

Bibliografía:
Armando Morales: ¿En la luz o en la sombra? El títere. Ediciones Unión, 2002.
Freddy Artiles: Teatro y dramaturgia para niños en la revolución. Editorial Letras cubanas 1988
Ester Suárez Durán: El Teatro Nacional de Guiñol: los títeres guardan silencio (I y II parte). Cubarte, 6 de marzo de 2009

1 Recordemos que el grupo fue fundado en 1963, con el auspicio del Consejo Nacional de Cultura. Estuvo integrado en buena medida por el elenco del Guiñol Nacional -creado en 1956 por los Camejo-. Tiene su sede, desde entonces, en una sala radicada en el antiguo edificio Focsa.

2 Freddy Artiles: Títeres: historia, teoría y tradición. Ediciones Arbolé 1998.

© Asociación Hermanos Saíz. 2010.