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| Carlos Díaz, director de Teatro El Público |
Sueño de una noche en el Trianón
RESEÑA
Por: Cosette Celecia
Foto: Juventud Rebelde
Escrita alrededor de 1595, Sueño de una noche de verano es una de las comedias más representadas de William Shakespeare. En esta ocasión, llega matizada por Carlos Díaz y en la piel de novísimos actores, sube a la escena del Trianón, espacio casi mítico -como el propio entorno de la obra- gracias a las habituales presentaciones de Teatro El público con sus funciones en centenares, fenómeno insólito de nuestras tablas, y sus montajes desacralizadores y tansgresores que magnifican el teatro con su visualidad fastuosa.
Carlos Díaz asume la puesta en escena y la dirección de este montaje que resulta el ejercicio de graduación de la Escuela Nacional de Arte de los actores que intervienen en ella, acompañados por algunos también jóvenes intérpretes del elenco de El Público como Léster Martínez y Yanier Palmero.
Para acercar la obra centenaria, escrita según se cuenta para divertimento de la corte isabelina, al público contemporáneo, y según parece fundamentalmente a los jóvenes, el director optó por un vestuario sencillo y actualizado que resultó en cómodos y hasta graciosos pijamas para la mayoría, ropas en satín de diferentes colores que en los protagónicos va mudando hasta terminar en algunas de las más modernas tendencias de la ropa interior. La música empleada con temas de diferentes ritmos cubanos, es otro modo de acercar la obra a nuestro tiempo.
La ausencia de escenografía deja a los actores total protagonismo en la escena, quienes indican con sus entradas y salidas los múltiples cambios espaciales. El tabloncillo, cubierto de hojas secas hacia el centro, será el único elemento denotativo, explícito, de la mágica floresta que habitan Oberón y Titania, rey y reina de las hadas, así como Puck, el inquieto duendecillo artífice de los equívocos encantamientos que desatan los conflictos de esta comedia de enredos, y el cual, en la presente versión, es interpretado por dos actores -una muchacha y un muchacho- que se imbrican y se independizan sucesivamente y le confieren al personaje un carácter dual.
Hay durante el transcurso de la trama constantes rompimientos que llevan a los actores de la cuerda más clásica a la más coloquial e incluso vulgar, de un lenguaje de alto registro y en un tono hasta engolado a la jerga callejera, con auxilio de gesticulaciones excesivas como clichés. Al parecer, en ese afán de acercar a los jóvenes a la obra shakespereana se ha acudido a demasiadas fórmulas facilistas, echando a mano a chistes de circunstancia que traen -por los pelos- alusiones a la telenovela de turno, o a elementos de nuestra cotidianidad. La carcajada brota sin dudas de las asociaciones que resultan de esos guiños que de alguna manera están también presentes, de modo más o menos sutil, en montajes anteriores de El Público.
Jovencísimos actores que inician el camino de las representaciones asumen con seriedad y seguramente también con entrega sus personajes, aunque no todos lo logren con éxito. En realidad, algunas apariciones en escena dejan el mal sabor de ver actores que no parecen estar listos para andar solos por ese camino y ciertas diferencias son demasiado notorias aún entre compañeros de la misma graduación. No obstante, de modo general al conjunto parecen faltarle muchas noches de representación para ganar en solidez y dominio de sus personajes.
El montaje permite a varios de los actores mostrar sus habilidades físicas a través de los saltos, piruetas y cargadas que deben asumir, al tiempo que se percibe la intención de resaltar en el diseño de la mayoría el trabajo con las voces, con variaciones frecuentes en los tonos y las modulaciones que no son, sin embargo, siempre efectivas.
Se emplean todos los espacios de la escena, incluyendo el ya familiar pasillo que a modo de pasarela conecta el escenario con la platea del Trianón y confluyen las acciones simultáneas en diferentes niveles. Mientras Carlos Díaz mantiene su juego con lo andrógino y lo transformista.
Duendes y hadas que intervienen el destino de los amantes -Hermia y Lisandro, Elena y Demetrio- ponen en concierto un mundo fantástico que habita las afueras de Atenas con los conflictos humanos del mundo real. Se suceden en el entorno de ensueño y fantasía los absurdos trances que separan a las parejas y que en final feliz quedan disipados como el sueño del que despiertan los propios personajes. |