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Si de notas vitales se trata, no más cuatro menos

Por: Yaismel Alba Garib

Recientemente, en una de las puestas en escena que conforman el panorama teatral habanero, supe otra vez de aquello a lo que pretendía huirle en la ciudad de Matanzas: a la manera menos arriesgada, teatralmente, de tratar temas como la emigración, la situación económica, las relaciones interfamiliares, en un país que ya se abstiene ante el baluarte de dichas circunstancias, y ahora añora posibilidades en vez de estancamientos. Los temas expuestos en Cuatro menos, la obra de Amado del Pino a la que me refiero, redundan en lo que cada cubano está obligado a presenciar diariamente: una realidad construida a partir de un bloqueo sobredicho, una familia separada, la protesta como defensa.

No es que trate de negar lo planteado en la representación dirigida por Alejandro Palomino, sino todo lo contrario. Es necesario que el teatro, como expresión artística de la sociedad, sensibilice a sus espectadores con sus propios sueños, sus verdades, sus conflictos, sus realidades. Sin embargo, cuando lo propuesto no desata más que extenuación y expresiones de cansancio, por ejemplo, se hace obligatorio revisar qué sucede, o mejor, qué no sucede. Entonces, podríamos recurrir al argumento de la obra para quizás encontrar dónde refugiarnos del pesimismo. Una familia, dividida por el divorcio de los padres (Andrés y Susana) es presentada en dos espacios de la escena. Mientras el padre convive con una muchacha llamada Tamara y presenta dificultades con la reclamación de una tesis de doctorado calificada de cuatro menos, en otro extremo la madre despide a su hija Ania, quien va a viajar definitivamente fuera de la Isla. Constantemente, Pollo, amigo gay de Andrés y de Tamara, reflexiona sobre su preferencia, sobre su inserción al PCC o simplemente circunda el drama. Por otro lado, Saúl, el medio hermano de Ania por parte de padre, llega como resorte en el subrepticio conflicto familiar. El cual se da pobremente entre un padre defensor de su tierra, a pesar de considerar en su tesis los factores que propician la emigración de los jóvenes, y entre personas dispuestas a tomar partido en lo negativo de la situación del país. En medio de ambas partes, un banco es el equilibrio.

El título de la obra es la calificación de la tesis, ¿lo que queda del error? Tal vez, la omisión en la propuesta de doctorado puede estar sucediendo en escena. Otras interpretaciones, más inteligentes, pueden acaecer. Pero lo cierto es que poco se deja ver de esto. A lo mejor no interesa. Cuatro menos es una calificación relativamente baja. ¿Será la representación lo suficientemente poderosa como para suplir el error? Ya veremos.

El imaginario dramatúrgico, desde hace medio siglo aproximadamente, se vio influenciado innegablemente por las conquistas y errores de la Revolución, con todo lo que implicó. Así vemos a los emigrantes y a los que permanecen en el llamado «discurso de las dos orillas», con circunstancias encontradas en medio de un posible conflicto dado por el hecho de vivir separados y después reencontrarse, o querer alejarse y sopesar lo que significaría. Sobre estas dos vertientes, distintas obras han parodiado y reinventado el tema, dejándolo volar desde cualquier barrio hacia una nube lo bastante distante como para poder sorprenderlo con un salto. Amado del Pino hace un desborde del tema en su segunda vertiente, aunque solo la introduzca en medio de otros aparentes conflictos sin lograda eficiencia dramática. Por una parte, lo mismo que durante años estamos viendo, y por otra, presenciamos su elaboración lo bastante pobre como para alejarnos sin apenas considerar la historia propuesta.

Es interesante reconocer, en una de las dos notas sobre la obra en el programa de mano, a Matías Montes Huidobro, quien firma un fragmento de un correo electrónico enviado al autor respecto al contenido del texto. Defensor del discurso de las orillas, habla esencialmente acerca de la desintegración del núcleo familiar ocasionado por este proceso histórico. Y mucho más interesante es saber que dicho comentarista y dramaturgo ejerció la crítica teatral en el periódico Revolución, y colaboró en Lunes de Revolución, además de ser comentarista teatral en un programa semanal de CMBF Televisión Revolución, antes de emigrar en 1961 hacia los Estados Unidos, donde comenzó a interesarse por la dramaturgia de la diáspora y sus principales exponentes. Por ello, su deferencia al drama de Amado del Pino, suerte de exposiciones, salteado de verdades presentadas de manera rústica para intentar atrapar la atención del espectador con la muestra de problemas cotidianos y con diálogos latentes de nuestro pueblo, marginados de alguna eficiente poética teatral. Puede ser real el «discurso de las dos orillas», pero en general el texto no propicia más que el reconocimiento de aquello que conocemos y queremos sobrepasar. Planteando estas realidades, ya agotadas, el espectador cubano, no me atrevo a defender al de España, ni siquiera niega lo propuesto, lo ve.

Pero el texto solo no propicia el alejamiento de un público cada día más exigente, sino además la inconsistente teatralidad con que fuera propuesto por Vital-Teatro. Con un grupo de actores, vamos a decir populares, que es decir de la televisión, el director permitió que parte de sus elenco obedeciera a líneas representativas, falsas, de actuación, tal es el caso de la «sopera» Yani Martin, de la joven Karen Arcis, del «bombero» Michel Labarta y de la madura Nora Elena Rodríguez. Sin embargo, Alejandro Palomino en el rol de Andrés, nos hizo, a pesar de las dificultades en la puesta, pensar en el conflicto de su personaje, delineado en un humanismo trabajado, y por tanto verosímil. Asimismo, Enrique Bueno, caracterizando a un cuarentón, sugirió a un homosexual escondido entre el deseo de mostrarse y la comodidad de pasar inadvertido, sobreponiéndose en parte al escaso planeamiento del movimiento espacial y al insuficiente trabajo con la escenografía de todos los actores, incluido él.

El diseño de luces, apagadas en un extremo cuando eran dirigidas hacia el otro, por lo menos elevó en calidad la idea del director. Mientras sucedía una escena, la otra a oscuras suponía vidas paralelas sucediéndose en la oscuridad. Pero como en un juego de bádminton, si lo visto no posee la capacidad de entretener, entiéndase en este caso de motivar e incitar, entonces el juego se torna un dolor de cabeza; no por lo percibido, sino por el movimiento cervical únicamente. A pesar de esto, se agradece el trabajo con las luces, pocas veces intencional en puestas en escena.

Con la música, y teniendo en cuenta todo lo anterior, específicamente cuando asistí, sucedió algo como para narrar. Sabemos que Ania se va del país. En el aeropuerto, referido escénicamente encima del cuarto de Andrés y de Tamara mediante una gran puerta blanca, Ania canta Pensamiento a su madre, que se encuentra en el otro extremo, justo llegando al espacio que indica su casa. Las dos actrices, iluminadas con sendos cenitales, no se pierden de vista mientras la que se va canta. De repente, en medio del patetismo casi melodrama, alguien del público expresa abiertamente: “se le va a ir el avión”. La anécdota habla por sí sola, la música utilizada, junto a la impaciencia de los espectadores, terminaron por parodiar la acción, impensada para que tuviera ese propósito.

Podremos encontrar dónde guarecernos de la tormenta, mas nunca conseguiremos ignorar y delegar la verdad, porque así no estaríamos aportando a la posteridad motivos para rememorar el pasado teatral, ya sea por sus errores o por sus aciertos a la hora de resarcirlos. Cuatro menos vuelve a recordarnos dónde continuamos respirando, comiendo. Es tan fácil. Pero lo que no hace es verificar que cuando respiremos, olamos la disolución de esencias tantas como evocaciones; y que a la hora comer, escuchemos sonidos impulsores de revoluciones. Porque al final eso es el teatro: no la imagen inconmovible de un país, sino el hijo poético decada uno de sus habitantes.

 

© Asociación Hermanos Saíz. 2011.