
Petra von Kant o el rostro de la soledad
Por. Joanna Pérez Vidal
Las amargas lágrimas de Petra von Kant (Die bitteren Tränen der Petra von Kant) es una obra que vende todas las capacidades de una sala Trianón. La grandilocuencia de su nombre es solo el preámbulo del rico entretejido dramático que Rainer W. Fassbinder legara a las letras, tablas y filmografía. Para el XIII Festival de Teatro de La Habana es ésta una de las proposiciones de la Compañía El Público.
Conspiran para la buenaventura de estas presentaciones dos factores: exhibir una “obra de éxito” desde su creación en los años setenta y ser asumida por uno de los grupos cubanos más seguidos.
La puesta, dirigida por Carlos Díaz, respeta los textos del desaparecido autor alemán. Es así que se nos revelan personajes con un diseño fiel a la imagen de Fassbinder. La historia de amor entre dos mujeres de diferentes procedencias económicas y culturales es el pretexto para visualizar un conjunto de insatisfacciones sentimentales; relaciones de poder que penetran todos los niveles sociales y donde seis mujeres muestran las diferentes posiciones del entramado social.
Resalta en la versión cubana el travestismo que asume casi todo el elenco, desafío histriónico que caracteriza más de una puesta en escena de El Público.
Fernando Hechevarría, reconocido actor del teatro y la televisión nacional, encarna una Petra von Kant que si bien en un primer momento parece frívola y poderosa, tras su enamoramiento se metamorfosea en todo lo opuesto. La afamada diseñadora y amiga de Rainer W. Fassbinder no puede resistir los encantos de Karin Thimm, una hermosa joven sin formación educacional “acorde a los parámetros de la elite burguesa”. Petra no solo ama a Karin por sus atributos físicos, sino también por los valores y conductas diferentes que ella posee, precisamente aquellos que la sociedad de entonces cuestionaba y rechazaba.
Durante la puesta en escena puede apreciarse el despliegue de Hechevarría en un personaje que transita por numerosos estados de ánimo: alegría, apasionamiento, insensibilidad, ira, dolor…Todo ello representado con una riqueza en los matices vocales y movimientos corporales.
Pero este consagrado actor halla un placentero acompañamiento en sus colegas de elenco, donde el mayor peso recae en noveles figuras. Yanier Palmero (Marlene), Léster Martínez (Karin Thimm) e Ismercys Salomón (Sidonie) asumen, junto a Hechevarría, casi toda la trama.
La Marlene de Palmero mantiene la mudez original de su personaje y representa la secretaria/testigo/confidente de Petra. Esta figura es un símbolo de la sumisión y conformidad, de la tolerancia. Marlene calla sus emociones no solo por su incapacidad física sino también porque su horizonte se limita a complacer los deseos de Petra creyendo hallar en ello los suyos. La falta de iniciativa, el temor a defender sus ideas y preferencias la sumergen en una eterna agonía que solo en el desenlace de la obra será saldada.
Yanier Palmero, joven actor y profesor del Instituto Superior de Arte (ISA), resulta una agradable revelación cuando logra permanecer casi todo el tiempo en escena en constante acción. En el reducido espacio del cuarto/estudio de la diseñadora encuentra múltiples labores que le ubican en un segundo plano. De modo que las lecturas se enriquecen pues el espectador comparte su atención visual —casi siempre— entre los sucesos relacionados con Petra, en un primer plano, y los movimientos realizados por Marlene, detrás. Si bien los otros actores tienen la dicha de poder enriquecer sus personajes a través de matices vocales, Palmero queda preso solamente de la expresión corporal, reto que vence con éxito.
Mientras la Karin de Léster Martínez defiende su representación de símbolo sexual. El joven ganador del Premio Adolfo Llauradó por su interpretación en el monólogo ¡Ay, mi amor!—con el que también participa en este Trece Festival—se desdobla en una chica seductora, que gusta de los lujos y roza con la vulgaridad. Si en su presentación ante Petra, la muchacha parece dulce y sensible, luego cambiará esas cualidades por las opuestas. Con esta representación Léster convence no solo por el cambio casi total del timbre de su voz (llevada a un registro medio de mujer), sino también por el manejo de prendas femeninas y su facilidad para desplazarse en la escena. Elementos que lo consolidan como una de las noveles figuras de carrera más fructífera.
Por el contrario de los actores antes citados, Ismercys Salomón asume un personaje femenino. Lo curioso de la propuesta de El Público es que precisamente aleja a esta mujer de la bondad tradicional en que se enmarcan los personajes de este sexo. La mayor virtud de la Sidonie de Ismercys radica en sus constantes juegos con los tonos vocales, su peculiar timbre grave ofrece cierta ambivalencia sexual.
Completan el elenco Mónica Guffanti y Alicia Hechevarría. Las breves intervenciones de ambas actrices solo en la penúltima escena tienen para la primera la maestría y, para la otra, la mayor debilidad de la puesta.
El encuentro de quien ha sido uno de los principales rostros de las tablas cubanas resultó verdaderamente placentero. Con toda la elegancia que le caracteriza, a la Guffanti le bastó una escena para hacer de la madre de Petra una mujer rica en emociones e importante dentro del clímax dramático.
Mientras Alicia Hechevarría, quien encarnara la hija de Petra, dejaba insatisfecho al público. Su tono de voz bajo resultó aspecto clave para restarle credibilidad a su interpretación. A ello debe agregarse el limitado movimiento escénico del personaje que, quizás, debió enriquecer con la expresión corporal.
Además de estas actuaciones Las amargas lágrimas… contaron con una escenografía ubicada en una locación. La disposición de varios sitios en el mismo cuarto/estudio de Petra tuvo a la cama como centro visual en tanto representa el símbolo de la intimidad, la sexualidad, los secretos de cada persona. Unido a ello el uso de una banda sonora donde sobresalían temas popularizados en los años sesenta y setenta, contribuyeron a la emotividad de la obra.
Sin embargo, existe un elemento/sujeto dramático de suma importancia en la versión de Carlos Díaz: las almohadas. Cada personaje tiene alguna acción relacionada con ellas. Las cambian, acomodan, juegan o tiran. Son éstas tal vez el símbolo de las confesiones de Petra, de sus deseos más ocultos, sus mayores angustias…en fin, de sus lágrimas. Por eso Marlene cuida constantemente de ellas, por eso baila con ellas en ausencia de la protagonista. La conexión queda implícita: Petra von Kant=sufrimiento=lágrimas=almohadas. Petra von Kant son sus almohadas. |