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Nevada  

Por: Margarita Borges

Escrita y dirigida por el joven y laureado dramaturgo cubano Abel González Melo, Nevada, con el elenco de Teatro Icarón, sus actores invitados y el imponente diseño escénico de Rolando Estévez, está concebida como una escala térmica para actores en trece momentos-escenas de un día entero.  

Lo más interesante de la historia son las relaciones de crisis que se establecen entre los personajes. También el lenguaje resulta funcional, por encontrarse en un espacio liminal entre lo teatral y lo narrativo, disuelto en el fenómeno del melodrama, lo kitsch y la parodia a lo coloquial, desde la utilización del recurso mismo como inquietud de una generación que creció con los muñequitos rusos, los lemas y las consignas que no han pasado de moda.

El tópico de la familia: ironía máxima de las sociedades contemporáneas, atraviesa y a la vez es atravesado por todos los discursos de la obra, desde conflictos como el de Osmel (Lázaro Castillo), que estudia en los camilitos y no soporta más ¿lo militar? (tan en pose y tan asesino, como el Querelle de Fassbinder); el del custodio del cine, atrapado en su rutina (interpretado por René Money); el de Magda (Miriam Muñoz), la cínica e insoportable madre; el de Frank (Wiliam Quintana), el cretino en busca de sexo; hasta situaciones más críticas como las de Lucía (perfectamente encarnado por Lucre Estévez), en su convulso bosque de la noche y las de Rosnay (feliz interpretación de Luis Eduardo Lueje), el Yarini del ahora, el chico del Payret, el novio de las bodas de sangre.

¿Quién no ha discutido con su madre, con su hermano? ¿Quién no se ha puesto un vestido y unos zapatos rojos? ¿Quién no ha esperado en vano que llegue el amanecer más rápido de la cuenta, ansiando una buena nevada?

A nivel visual, el elemento más perturbador resulta ser la disposición enclaustrada del espacio escénico, como si la idea fuera insistir en lo fabular e incierto de lo que está siendo representado. Es como si los personajes estuvieran en un país rodeado en vez de agua, de nieve; frágil e incorporada a una córnea vítrea, una nieve que nunca llega ni llegará a caer, alegoría que resuelve Estévez colocando un inmenso tul a manera de cuarta pared, ensayo inquietante que cuestiona la realidad, no solo la fabular e incierta, sino también nuestra posición ante esa imagen.

I ´ll not be your mirror, dice una frase del filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard que tras estudiar durante años la sociedad estadounidense, cuestionó seriamente la construcción de una verdad hiperreal sobre la real. Sin poder desprenderse de tales simulacros, los habitantes de este mundo virulento caen presos de redes sucesivas -etapas pasivas de conducta en subordinación a los medios de comunicación manejados por los activos dueños del poder, principales ejecutores que pretenden convertir en realidad el sueño de perfección y objetivización del ser en un proceso de anulación del paso del tiempo.

Más que cerrar el significado, como pudiera parecer a simple vista, si nos acercamos a la puesta prejuiciados por términos como avant-garde, reality show, posmodernidad y pos-dramático, la concepción visual del texto juega más con lo sobrio que con lo espectacular, más con lo poético que con lo tecnológico, más con la identificación bíblica pasada por el tamiz freudiano de ama a tu prójimo como a ti mismo, que conel ojo por ojo o el diente por dientecontenido en un espacio liminal entre el consciente y el subconsciente de la psicología de los personajes desde el propio texto.

Y entonces pienso en esa imagen final, la familiar puesta en escena donde todos juntos -actores y espectadores- somos testigos, victimarios o víctimas, jueces o acusados, de ese amor imposible, no a lo Romeo y Julieta pero sí a lo Cuba-EE.UU, del que terminan siendo reflejo Lucía y Rosnay, uno al lado del otro.

Invocando la mar estaba serena, Rosnay hizo sus barquitos; pero la reconciliación amorosa fue siempre imposible. Desde que William no pagó, Osmel desenrolla el hilo mortífero que conduce a Rosnay a la casa donde nunca debió poner los pies, y Magda cambia a su esposo, o más bien el recuerdo de este, por la permanencia del amante en Cuba, sin saber el significado que también tiene como hombre para la hija.

A partir de este punto la muerte es la única luz visible. Lucía le dispara a Rosnay porque cree que él la ha traicionado intentando abusar sexualmente del hermano, luego se sacrifica, o más bien concluye el sacrificio. ¿Qué más? ¿Qué sentido otro de existencia tendría ella una vez muerto él, una vez frustrada la posibilidad del cambio? De esta manera cierra la obra. Los personajes terminan fingiendo, negando la imagen que les devuelve el espejo como si no tuvieran culpa o responsabilidad de sus actos.

 

© Asociación Hermanos Saíz. 2011.