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Mariposas que no temen al vacío

Por: Dainerys Machado Vento
Fotos: Pepe Murrieta

Con el arte de reponer y encontrar siempre público nuevo y dispuesto a dialogar con sus obras, José Milián regresa al escenario del capitalino Café-teatro Bertold Brecht, con una reposición de Las mariposas saltan al vacío.

Entre las limitaciones de estas líneas está el hecho de que su autora no ha presenciado otras versiones en escena de la obra, y a favor la posibilidad de quien escribe de enfrentarse al texto dramático que, desde la literatura, nació para las tablas, y ser además, público asiduo de las propuestas del grupo Pequeño Teatro de La Habana.

A pesar de su dualidad como autor y director, o gracias a ella, José Milián no pierde de vista presentar la versión de Las mariposas saltan al vacío actualizada en el contexto que refleja, diálogo facilitado por el triste hecho de que las esencias de la historia no han desaparecido-ni lo harán por ahora- a pesar de los dieciséis años transcurridos desde su estreno en la misma sala.

El VIH/ Sida sigue siendo una enfermedad sin cura, el amor sigue siendo “un grave peligro”, “de la muerte no se regresa” y la amistad es aún la compañía más segura, aunque esté condicionada por la lástima o la necesidad de legitimación de unos sobre las tristezas de los otros.

De esa misma manera existen aún-y existirán tal vez por siempre-hombres como el Arsenio de Las mariposas…, admirablemente interpretado en esta oportunidad por el joven actor Ariel López. El Arsenio travestido en Lavinia la Salvaje se roba todo el show-el de la historia interna y el auténticamente representado-, a la par que despierta un sinnúmero de reflexiones entre los espectadores. ¿La razón de la identificación con un personaje tan peculiar? Pues no solo los seropositivos como él/ella crean personajes, “irrealidades” que ocultan tras una máscara (rostro maquillado) los sufrimientos.

Lavinia es un ser estentóreo que procura no llorar, que apela a una voz falseada como él mismo y al predominio de la belleza ridículamente extrovertida, para aparentar una lucha incierta contra la conformidad. Pero que a la larga tampoco es capaz de sonreír sino por el éxito efímero de una actuación. Y a pesar de las luchas se conforma con su destino, porque es capaz de sufrir más por la traición de un viejo amor que por una enfermedad sin cura.

La muerte parece ser el hilo dramático de la pieza porque representa el fin escalonado de las motivaciones de la vida: un amor que termina como terminaron antes otros, el engaño que se repite (del Jefe de escena a Lavinia, de Gresil a La Gorda, de Fermín a si mismo), la vejez, una enfermedad sin cura, el miedo a la muerte física, a la soledad.

Pero un punto de giro casi al final de la obra, justo cuando la muerte de alguno de los protagonistas se hace inminente, inevitable, descubre ante el espectador que la condensada farsa de sentimientos y personajes está en realidad llena de esperanzas y termina con un canto a la inmortalidad de un amigo en la piel del otro, con el recuerdo como única solución a la “posibilidad de olvidar si eres olvidado”, sonoridad que se erige como aporte a esta puesta en escena.

Milián cede la historia de cada protagonista a conflictos diferentes, atravesados por la soledad y el desamparo, pero solo para que predominen las esperanzas en el amor y las certezas en la amistad.

Fermín y La Gorda representan respectivamente eso: la amistad y la vida. El joven actor Frank Mora no logra mantener el nivel de actuación que en las primeras escenas alcanza para su personaje, y mientras a veces se deja llevar por los momentos de grandilocuente actuación que requiere un personaje como Lavinia, en otras se contagia del decir apagado de Estherlied Marcos que ha interpretado La Gorda desde el estreno de Las mariposas...

Mas el saldo de la actuación de Mora es positivo, gracias a trascendentales momentos dramáticos que sabe aprovechar muy bien, a través de los cuales va mostrándose cada vez más convencido de que a pesar de la muerte inevitable-no solo a los seropositivos-vale la pena vivir.

El Jefe de escena y Gresil son personajes representativos de historias muy precisas, son objetos del deseo, del amor, inconformes con su situación en la vida, culpables de las desgracias espirituales de Lavinia y La Gorda, pero víctimas ellos mismos de su incapacidad de afrontar la vida sin temores.

Semejantes son también las formas en que Milián elige presentarlos en escena, a través de movimientos corporales que se repiten como gags típicos de la comedia, de sonidos y posiciones escénicas que también son recurrentes. Bien diferentes sí son los resultados de las representaciones porque si bien Ángel Ramírez logra un Jefe de Escena autoritario, superficial hasta donde lo requiere su personaje, pero a todas luces lleno de rencores, el jovencito Alex Boué interpreta un Gresil que hubiese valido mucho más como personaje sugerido.

Como denominador común de las obras de Milián, la música interviene constantemente en el drama. Por contraste es la gran ausente de sus acotaciones, y por astucia acompaña y resalta el ambiente paradójicamente circense y triste en que convierte la escena. Más que la música-con banda sonora de Enrique Jaime- es el sonido, simple y sin demasiada profusión, el que pone en función narrativa y emotiva el director denotando temores e historias paralelas en las sirenas de ambulancias.

Como expresión más clara de los paralelos entre la vida y el circo en Las mariposas… aparece un personaje como el Payaso (Olivia Santana), especie de bufón que es en realidad quien mueve los resortes de la historia, el que determina la salida y la entrada de los personajes, sus sueños y pesadillas. El payaso, irreal, lejano a veces de la escena, cercano otras, es el conector entre la realidad de los personajes y la del público, el que exhorta a pensar en la historia contada.

Desde su figura Milián propone el predomino de la esperanzas sobre cierto pesimismo que cierra el texto dramático original. Porque tal como declama en esta oportunidad-en esa mezcla de recursos expresivos que emplea siempre autor/director-“la esperanza es lo único que no tiene remedio”.

El constante cuestionamiento a las artes que nace tanto en el texto dramático como en la puesta en escena se convierte en una valiosa hipertextualidad, asumida de manera coloquial casi siempre por Lavinia, que como clímax de la historia le habla por primera vez al Payaso solo para pedirle “Por favor, sácame de escena de una vez”.

Aunque por momentos parece una obra escrita y montada apelando solo a los códigos y fórmulas del éxito teatral (historias de amores/desamores, encantos/decepciones, música, vestuarios y luces en función de crear un ambiente llamativo en la escena), sin demasiadas esencias espirituales o autobiográficas como su magna Si vas a comer, espera por Virgilio, por otros momentos Las mariposas… lucen como un homenaje concreto a alguien, a ese amigo bajo la piel de Lavinia o a ese amigo que a estas alturas de la epidemia todos hemos perdido alguna vez.

Las mariposas saltan al vacíoes una obra sobre los riesgos de la vida, sobre la capacidad o la necesidad de vivirla sin miedo, sobre la amistad, y a pesar de la muerte de sus personajes y de la nuestra, es justamente una obra sobre la vida en sus diferentes dimensiones. Mientras no exista cura para el VIH/Sida el vacío se erigirá como fórmula de la inmortalidad, o qué otro remedio queda sino contentarse con ese consuelo que, tan lleno de vericuetos existenciales, nos llega una vez más bajo la dirección de José Milián.

© Asociación Hermanos Saíz. 2010.