
Luis Marlon López detrás del proscenio
ENTREVISTA
Por: Lázaro J. González González
Se apagan las luces y Marlon deja de ser Kárel Darín, protagonista de Chamaco, la obra del dramaturgo cubano Abel González Melo que por estos días presenta el grupo teatral vueltabajero Rumbos en el Guiñol. Luego de una larga temporada en Pinar del Río. Baja a la platea, agradece a quienes lo felicitan y abraza a la madre que no pudo contener la emoción de ver a su hijo otra vez, confundida quizás por el realismo con el cual transforma su personalidad.
Un rato más tarde conversa conmigo en uno de los camerinos del teatro. Allí no parece tener ningún punto en común con su personaje y responde a mis preguntas con tanta precisión como un jugador de ajedrez que mueve sus piezas. Su plática natural, desenfadada e inteligente rompió todo nexo con su alter ego.
Luis Marlon López salió del barrio al escenario, sin transiciones. No ha olvidado a sus amigos de antaño ni sus éxitos en la actuación, con solo 22 años de edad, lo han envanecido.
Desde la secundaria ya estaba actuando, declamaba poemas, en varias ocasiones interpretó Abdala y tenía, además, un monólogo humorístico denominado La gordofilia.
No obstante, llegó a la actuación de una forma fortuita: estaba en noveno grado y una alumna de su papá le aconsejó que se presentara a las pruebas de la Escuela Nacional de Arte (ENA). El padre se lo comentó y a él le pareció buena idea porque le gustaba ser actor.
“Entonces, terminando la etapa de escuela al campo - dice Marlon sonriendo- vinieron a hacer las pruebas. Estaba hasta ronco, pero recuperé la voz y me presenté. Aprobé el taller provincial con cinco muchachos más y, al final, sólo entré yo de Pinar del Río en ese año.
En la primaria quería ser abogado, mas siempre me gustó actuar. Ahora lo prefiero por sobre todas las cosas. Es mi carrera y lo que haré ya toda mi vida. Dejar de ser actor sería lo peor que pudiera pasarme.”
¿Cuál fue tu primer trabajo como actor?
No sé, creo que ya era actor desde que hice Abdala en cuarto grado aunque no tenía título. Profesionalmente, mi debut fue en el teleplay Donde ríen las orugas con Marta Recio, acabándome de graduar de la ENA con Fango, una obra de la cubano-norteamericana, Maria Irene Fornés dirigida por Carlos Celdrán.
Mientras estaba en la escuela no tuve ninguna experiencia actoral fuera de la institución porque no nos dejaban, ahora sí lo permiten mientras no afecte las clases. Pero antes temían a que si un estudiante trabajaba mal por no tener la preparación requerida, desprestigiaba a la ENA. Cuando uno se gradúa, evidentemente, no se tiene la misma visión que al comenzar la carrera, pues has trabajado los diferentes tipos de teatro y tienes varias experiencias actorales….
Cuéntame de tus experiencias en la Escuela nacional de Arte
La ENA fue bastante difícil porque no entendía a Stanislavski y ese es el modelo de actuación que se estudia en Cuba. Con mis 15 años no tenía suficiente cultura teatral. Había visto escasas obras y leído algunas como Réquiem por Yarini, de Carlos Felipe. No me gustaba tanto leer teatro porque era muy complejo.
Sinceramente, al principio no entendía nada. El primer año casi suspendo. Pero luego me dediqué a estudiar, a probarme a mí mismo y mi nota en Teatro Cubano, la asignatura que más trabajo me costó, fue la segunda mejor de mi grupo. Después vino Teatro Ruso y me fascinó El inspector, una farsa de Gógol que hicimos. Fernando Echevarría me dio Teatro Norteamericano, y encontré con él una comunicación que hasta ese momento no había logrado con otro profesor. Él me enseñó mucho sobre la decencia y la ética profesional, es un caballero en su vida y en las tablas.
Asimismo, entender el silencio orgánico me costó no poco esfuerzo porque no se dice un texto y todo debe trasmitirse a través del rostro. Cuando empleas parlamentos ya estás exteriorizando una intención, un deseo, algo de tu voluntad; pero imagínate hacerlo sin palabras. Me gustaría entrar al Instituto Superior de Arte, entre otras razones para volver a probar este método.
También resultaba complicado conseguir los textos para estudiar. Por ejemplo, teníamos el libro Cómo se hace un actor, de Stanislavski, para tres personas y entonces nos turnábamos para estudiar las lecciones. Ese libro era el manual básico para la formación de un actor. Luego continuábamos con El papel del actor en la construcción del personaje y, al final, El método de las acciones físicas, también de Stanislavski, que explica cómo te integras a un proceso a través de las acciones que ese personaje desarrolla. Todo ese conocimiento lo asimilé muy bien. Vencí a Stanislavski después de todo.
¿Qué hiciste al graduarte de la ENA?
Al principio, trabajé animando espectáculos, hice un corto sobre la vida de José Jacinto Milanés y realicé varios castings. Luego entro al grupo teatral Rumbos de Pinar del Río. Eso fue hace más de dos años. Llegué a Rumbos cuatro meses antes del 45 aniversario de la agrupación y estaban retomando algunos montajes del repertorio grupal como Te sigo esperando, montado por Omar Durán, donde trabajé. Posteriormente hice En cualquier otro lugar menos este, y Entre campanas, donde encarno a Enrique Loynaz. En todas estas puestas tuve roles protagónicos. Fue muy gratificante esta experiencia porque eran obras muy diferentes: una teatro en verso, una de teatro cubano y la otra norteamericana. Resultó una prueba de fuego, mas varios actores de allí me ayudaron a entrar en sintonía.
Después hice Mucho ruido, mientras el grupo estaba en una gira por España con la obra lorquiana La casa de Bernarda Alma.
¿Cómo llegas a esa teleserie de corte infanto-juvenil?
Nestor Jiménez (hijo), que fue mi compañero en la ENA me llamó para avisarme del casting de Mucho ruido. Ya él le había enseñado a la directora fotos mías y le parecía aceptable para el papel. Así que voy a la Casa Productora y me seleccionan para el personaje de Henry. Cuando regresó el grupo, ya tenía los guiones y le pido permiso a Jorge Luis Lugo, el director de Rumbos, para hacerla. Estuvimos tres meses ensayando y cuatro grabando en el campismo popular Los cocos, del litoral norte habanero.
Durante Mucho ruido fue difícil adaptarme a la silla de ruedas, dominar las piernas que no deben moverse porque están muertas y así desplazarme, jugar basketball, subir a la cama, pues mi personaje era inválido. A los textos no les tengo miedo, no me impresionan, siempre que los interiorices y creas en ellos.
¿A qué se debe la buena acogida que tuvo la serie entre los espectadores más jóvenes?
El éxito de Mucho ruido parte del guión, tan fresco, al hablar de problemas reales de los jóvenes de hoy y con el lenguaje que lo hizo. Al punto de mostrar tres muchachos provenientes de una escuela de conducta, que no dicen palabras ofensivas; pero se manifiestan agresivamente. Hay errores de conducta pero no proyectan eso al público, que no se atreverá a repetir esas acciones. La serie es muy educativa y realista. Después, está el trabajo de Mariela López, la realizadora, al escoger a los actores adecuados y ensayar todas las noches. No nos dejó solos.
Para mí, lo mejor de la serie fue los amigos que hice; conocí personas muy sinceras que no titubeaban para decir la verdad. Y me agradó mucho esta experiencia pues la televisión es muy difícil de hacer, aunque la gente diga que es fría, volátil, o en muchas ocasiones de cortar y pegar. Al contrario, hay que estar muy claro de lo que debes hacer porque cuando comienza el rodaje no para la historia y cuando cortan, no puedes volver atrás si la toma le gustó al director.
¿Prefieres trabajar en teatro o en televisión?
Si pienso en ganar dinero, me quedo con el trabajo televisivo ya que es mejor pagado. Pero por eso a veces el trabajo es tan malo, porque a la gente solo le interesa cobrar, más que tener un buen personaje, más que la fama, que tampoco me interesa. En realidad lo que prefiero es el teatro, donde más me entrego y cuento con el tiempo para hacer las cosas. Es además muy grata la confrontación con el público, que te aplaudan, den su opinión. Es donde puedo expandirme, pues resulta más intenso. Cuando arranca la función teatral no puedes parar, the show must go on (la historia debe continuar) como dicen en Moulin Rouge. No me gusta la distancia en la actuación, lo mejor es sentir la energía, el calor de los actores que trabajan conmigo y el del público.
Sin embargo no puedo negar que me gustó Mucho ruido, porque creo que se hizo con intención y el resultado fue óptimo. Cuando se hace con ganas y respeto, la televisión es buena. Por otra parte, el espacio teatral puede desaparecer en algún momento si continúan las dificultades materiales e intelectuales para hacerlo y las provincias sin luchar por un teatro más realista o que esta manifestación gane más lugar en el ámbito cultural.
Aunque el mayor problema del teatro cubano contemporáneo es la decepción. Los actores son personas sensibles que no trabajan con papeles y cuños sino con el corazón y la mente. Eso no se puede ver afectado por los factores externos, por crisis económicas o espirituales. Pero, lamentablemente, esos factores externos como la falta de presupuesto o de voluntad de las entidades que atienden a las artes escénicas, están dañando. Los actores se cansan de luchar y comienzan a trabajar como robots. Por eso, cada vez es más complicado que se comprometan y digan la verdad sobre el escenario.
Lo más idóneo para revertir esta situación es el pago por roles, que los histriones cobren por la dificultad del papel que realizan, así podrían erradicarse los salarios inmerecidos. De este modo también se podría evaluar mejor la calidad del trabajo artístico: si no trabajas no cobras, si lo haces mal, tampoco.
Cuando actúas, ¿cuál es el momento que más temes?
El inicio. Después del primer texto, cuando tengo las luces de frente no soy yo. Existe una cuarta pared, que puedes romper cuando tienes ya cierta experiencia, para acercarte más al público.
Hasta el momento, ¿qué representación ha influido más sobre ti?
El personaje que más me ha marcado es el que hago ahora, Kárel Darín de Chamaco. Es muy complicado, hacerlo ha requerido un gran trabajo, mucho estudio psicológico. Aunque, también los actores vemos usualmente al que estamos haciendo como el más difícil. Me inspiré en muchas personas con historias parecidas, además me han ocurrido algunas de las situaciones que le suceden a Kárel.
¿La actuación depende más del talento innato o del estudio?
Actor puede ser cualquiera que suba a un escenario y sepa representar orgánica y creíblemente, resolver bien la situación. Lo importante es que sientas mucho, puedas reaccionar. Si no tienes una escuela debes trabajar más duro, forjártela tú mismo. Hay actores de talento, que nacen con él y les cuesta menos trabajo una obra, hay actores de técnica que al final también pueden trabajar bien. No hay mejores o peores actores, sino más o menos dedicados. El resultado siempre está en función del trabajo. |