
Las poéticas dialógicas de Norge Espinosa
Por: Lázaro J. González González
Fotos: Fernando Valdés Echevarría
Si Thomas Mann hubiera conocido al poeta, dramaturgo y crítico teatral cubano Norge Espinosa, quizás se habría inspirado en él para construir a su célebre personaje Luigi Settembrini, el pedagogo, el gran humanista de La montaña mágica. Pues no son pocos los puntos comunes entre uno y otro.
De haber ocurrido, por algún caprichoso rompimiento espacio temporal, seguramente el autor de La muerte en Venecia estaría entre los asistentes al espacio Encuentro con…, que organizó la Asociación Hermanos Saíz (AHS) para dialogar con ese escritor y dramaturgo que parece salido de eruditas páginas del Renacimiento y tiene la ventaja, con respecto a su homólogo, de ser un hombre real.
Mas, la fortuna le correspondió a la periodista Magda Resyk por haber conducido la conversación donde Espinosa habló de sus inicios en el mundo del arte y compartió criterios con los jóvenes y los no tan jóvenes que acudieron a la cita.
En ella, contó que la sensibilidad de su madre, en su natal Santa Clara, lo impulsó a entrar a talleres literarios y de actuación. Pero siempre le interesó más ver a quienes actuaban mejor, pues sabía que no iba a ser excepcional como actor, aunque siempre tuvo buenas notas durante su paso por la Escuela Nacional de Arte (ENA): Prefiero aplaudir constantemente a los buenos actores, como a mis compañeras de clases Laura de la Uz. Pero entrar al mundo del teatro resultó esencial para mi formación. Los años de estudio fueron vitales y, además, permitieron que me convirtiera en una mejor persona. Como joven quería comerme al mundo en una época que dio grandes figuras del teatro de hoy como Carlos Días y Carlos Celdrán.
En esa ebullición teatral habanera, sostiene Espinosa, que la escuela le ayudó, por sobre todas las cosas, a comprender qué era lo que no quería del teatro y tener la certeza de que el mundo de las artes escénicas exige sacrificio y verdad.
Por otra parte, llegar a La Habana fue conocer otro lado de la independencia, una nueva dimensión del arte, y agradece a todas las personas que en aquellos tiempos le brindaron hospitalidad.
Sobre su participación en Teatro de los elementos- fundado por José Oriol en 1990- Espinosa recordó con agrado cuando iban a pueblos remotos con el fin de actuar ante personas para quienes el teatro no era una pasión, hecho que le ayudó a ver otros ángulos del mismo.
Acerca de su escritura, declaró que: Para poner algo sobre el papel, ya sea como crítico o dramaturgo, debe ser importante para mí y para otras personas. Debe haber una idea de compromiso, que sea una verdad para otros. En realidad, escribo para saber más de mí y al final, termino con más preguntas que respuestas. Además, pienso que el trabajo sobre el texto no acaba nunca, normalmente hago un trabajo de laboratorio.
En cuanto a la dramaturgia, destaca que prefiere hacerla para las poéticas específicas de Carlos Díaz (Teatro El Público) y Rubén Darío Salazar (Teatro de las Estaciones), directores con los cuales trabaja generalmente. Además, señala que haber salido del teatro le hizo entender que a veces no hace falta verbalizar algo. Un gesto, una mirada puede decir más que varias palabras.
En otro sentido, asegura que es un poeta, escriba lo que escriba, su concepción del mundo depende de la poesía, la cual se ha convertido para él en un estado de ánimo. Asimismo, confiesa que intenta ser siempre un espectador espontáneo de sus propias creaciones y que le gustaría en ocasiones hacer críticas de las puestas de los textos escritos por él, sin que lo tilden de arrogante.
Acerca de la crítica teatral en Cuba opinó que echa de menos en ella la superficialidad de sus análisis, razón por la cual esta ha llegado a ser un animal bastante pacato. En otro sentido, no piensa que la crítica lacere lo que hay mientras sea sólido y destaca que el papel del crítico es apartar las telarañas de la obra y mostrar esta al espectador, con bastante claridad: Para ello, el crítico debe ser un espectador humilde e interesado, su voz no es absoluta ni tiene por qué ser siempre negativa. Por eso es importante analizar nuestra tradición crítica, fundamentalmente a Calvert Casey y Rine Leal.
Sobre el teatro de títeres, una de sus pasiones, afirma que escribe, para el niño que fue, las historias que hubiera deseado escuchar. Igualmente busca la participación de este de manera activa, para que puedan descubrir en el teatro una manera de jugar, pues los párvulos de hoy piensan mucho.
Durante el encuentro, también manifestó que nunca ha incursionado como guionista en el cine o en la televisión, porque no ha encontrado en estos, el nivel de empatía que tiene con Carlos Díaz o Rubén Darío Salazar. Aunque si un director de cine como Fernando Pérez le llamara, de seguro aceptaría.
A lo largo de su carrera, el autor de La virgencita de bronce ha recibido numerosos reconocimientos como el Premio de poesía de El Caimán Barbudo con su primer cuaderno: Las breves tribulaciones, editado en 1993 por Ediciones Capiro, el Premio Único de Ediciones Vigía, por el poemario Cartas a Theo, en 1990; mas asevera no creer en los premios. Cada día empiezo de cero pues con el arte todo gira de una manera muy confusa.
En 1993 comenzó a trabajar en la sede nacional de la Asociación Hermanos Saíz, donde se desempeñó como Especialista de Literatura y Artes Escénicas. Sobre este capítulo de su crecimiento intelectual dice que: Estar en la AHS me marcó por encontrar a una serie de personas con las cuales logré unir una serie de anhelos de los jóvenes artistas. A la Asociación, entonces, le tocó convocar a toda una serie de talentos. Desde la alternatividad, tratamos de defender una isla espiritual dentro de nuestra propia ínsula. Éramos jóvenes arrogantes, soberbios e inseguros pero lo suficientemente soñadores para encontrar una verdad. |