
La nueva partida de Chamaco
RESEÑA
Por: Lázaro J. González González
Con sala repleta, regresó Chamaco, la reconocida obra dramática de Abel González Melo, a las tablas del Teatro José Jacinto Milanés de Pinar del Río. Esta vez, fue el vueltabajero grupo Rumbos el que se encargó de fascinar al público con una puesta en escena que nada debe envidiar a la estrenada por Argos Teatro en 2006.
De osada, por llevar al escenario situaciones difíciles de la Cuba contemporánea, con absoluta naturalidad, podría calificarse también a esta versión de Jorge Luis Lugo, director de Rumbos. Pero tiene, además, el mérito de hacerlo con bastante simpatía, equilibrando perfectamente lo dramático con los hechos menos irascibles, gracias al estilo particular del director y, por supuesto, a las propias virtuosidades del texto.
En la obra se recrea la historia de un apuesto joven provinciano que lucha por ganarse la vida en la capital, por cualquier medio, ya sea prostituyéndose, jugando por dinero o más. Es una criatura desordenada que rompe todos los esquemas sociales, porque las circunstancias lo han conducido a ello.
Chamaco logra la veracidad de sus personajes por la transparencia de un lenguaje popular, sin caer en lo soez o ridículo de muchas obras actuales. Los personajes actúan como simples humanos, con matices, sin ser totalmente malos o buenos; luchan por abrirse paso en la sociedad mediante un enfrentamiento constante y riesgoso, desarrollados de modos distintos: el muchacho que ofrece su cuerpo para comer, el travesti florista protegido por un policía corrupto, la cirujana que vende medicamentos, el abogado en busca de placer cuando termina el trabajo, el tío homosexual o la guardaparques que vende café. Son estos nueve sujetos, los protagonistas de una tragedia urbana, unidos todos por la soledad, el desasosiego, el afán de superar sus adversidades.
 |
Escenas perfectamente naturales, donde la ciudad y sus personajes típicos están presentes con sus ansias, fobias y morbosidades, para enfrentar al público con la ficción e involucrarlo en ella, iniciativa que influye positivamente en la concepción de un estado empático con la obra.
Otro mérito de la puesta, es el empleo de escenas retrospectivas y el juego con los espacios temporales, pues la representación comienza casi por el desenlace, y luego se van revelando poco a poco los acontecimientos hasta un final inesperado. Este método, heredado del cine de suspenso y poco usual en el teatro, mantiene en tensión al espectador y guarda correspondencia con la estructura de informe policial dada al texto por González Melo. Con tal recurso pueden, además, mostrar hábilmente el mundo interior de los personajes y sus contradicciones. Asimismo, es válido destacar la eficacia de la inclusión de monólogos en algunos momentos, para revelar actitudes difíciles de comprender mediante acciones y diálogos comunes.
El reparto, bastante heterogéneo en estilos de actuación, logra, no obstante, un buen equilibrio, sin demasiada grandilocuencia o entonaciones superfluas. Luis Marlon López, graduado de la Escuela Nacional de Arte, sabe imprimirle a Kárel Darín toda la sensualidad trágica, la doble moral que lo caracteriza y matizar los cambios de su personalidad con un sorprendente manejo del silencio orgánico. Al personaje Miguel Depás, interpretado por Ariel Allné, otro novísimo actor, le falta, en cambio, más credibilidad y natural proyección escénica, fundamentalmente por un mal manejo de la voz; mas, confío que en las próximas funciones logre incorporarse al compás del resto, porque talento no le falta.
Jorge Luis Lugo, con su Alejandro Depás, conmueve al desplazarse dúctilmente de registros. Logra contrastar con una detallada caracterización gestual y de vestuario el cambio ocurrido en el personaje después de la tragedia, mediante un monólogo bien trabajado, en el cual se pierde toda la serenidad que transmitía Depás al principio. Con igual desempeño histriónico asume Lisis Díaz el papel de Silvia Depás, capaz de no exagerar las lágrimas en la escena donde llora a su hermano muerto.
Y en otra cuerda de notable maestría están los fogueados actores Blanca María Eguren y Luis Ángel Valdés, que trascienden los roles secundarios para buscar el lauro a las más exquisitas representaciones. De Blanquita, impresiona la credibilidad con la cual encarna a la guardaparques, sin descuidar la voz cascada por la edad y la miseria o la precisión en los momentos humorísticos, matizados de un tono muy popular. Mientras, Luis Ángel Valdés merece ovaciones por adoptar el arriesgado personaje del tío de Kárel Darín, sin que sus escenas luzcan ridículas o caricaturescas pese al patetismo que desbordan y por hacer verosímil al homosexual, con sus sarcasmos y aberraciones.
 |
Igualmente, Sandra Pérez y Damaikys Fernández se alternan, cada una con sus maneras diferentes de encarnar al atormentado travesti que vende flores, pero con similar destreza. Ambas dominan perfectamente los movimientos y sus voces para imitar el timbre masculino. Tampoco desacierta Omar Durán con su policía cínico y corrupto.
En otro sentido, la utilización de un sobrio diseño escenográfico con toda la utilería en blanco y negro (bancos, una mesa, sillas, una cama y un armario) recuerda el juego de ajedrez de tanto simbolismo de una de las escenas, el cual alude metafóricamente a que, justo como ellos juegan sobre el tablero, la vida los mueve como si fueran peones: la batalla está por comenzar; torres, alfiles y caballos lucharán por el jaque mate. A esa alegoría escénica, también puede agregarse el buen efecto causado por el azul de las luces frías, al recordar que la historia transcurre en pleno invierno.
Asimismo, resulta ágil y orgánica la propia disposición de los objetos sobre el escenario, diseñada de igual modo por Rumbos. En primer término están dispuestos los bancos de la calle (una de las locaciones predominantes) y detrás los muebles comunes de las dos casas donde se desarrolla el resto de los acontecimientos, lo cual dota de gran funcionalidad a todo el conjunto, pues los actores pueden transitar de una a otra locación sin esfuerzos, apoyados además por los cambios de luces. Y con el propósito de vencer las limitaciones de contar con los mismos elementos, para locaciones muy distintas, se valen de ingeniosas artimañas como cambiar el mantel de la mesa, causando una atmósfera contraria.
Pero, si algo rompe con el ritmo alcanzado por toda la puesta es la música del compositor francés Claude Debussy, a mi juicio muy poco ajustada a la línea dramática, demasiado apacible para el vértigo causado por la peripecia trágica de Chamaco.
Al final, el público dirá la última palabra; pero la semilla está sembrada. Mientras germine, no obstante, agradeceré a Lugo y a su agrupación por montar una obra tan necesaria al movimiento teatral cubano como estal. |