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Fragmentos en concordia de un Reino dividido
RESEÑA

Por: Dayneris Machado Vento
Fotos: Pepe Murrieta
(Tomado de www.cniae.cult.cu)

Estoy sentada en la sede de Argos Teatro, en medio de una luz de sala muy tenue. Cuando la iluminación salta hacia el escenario estoy en ningún lugar específico. Camino la Cuba de los años 30, o la España franquista. Me detengo en la habitación de Pablo y Teté, o en la sala de Josefina Manresa cuando ella discute con Miguel, o en el estudio de Maruja, o en una trinchera llena de lluvia, de un “cabrón frío que come los huesos”, de olor a pólvora y esperanzas.

Estoy en la sala Argos Teatro y de repente, soy Josefina, o al menos siento contenidamente su dolor punzante, ingenuo, sembrado en el alma; y a poco los senos me duelen de deseo por Miguel como a las mismísima Maruja Mallo; y extraño las playas de una Isla, la mía, lejana, revuelta, tropical, apasionada. Y ya mi tiempo no es mío, porque salta entre los recuerdos de Miguel y de Pablo, y oscila hacia el pasado y cavila un futuro de igualdades que ni siquiera a este siglo ha tocado.

Carlos Celdrán dirige por primera vez una obra del dramaturgo cubano Amado del Pino. Y el director cometió una certeza abrumadora: dejó que su montaje viviera a través de la palabra-brechtiana forma de honrar a aquellos sobre los que habla o que hablan. Blanco y negro de escenografía y vestuarios son prados verdes llenos de cabras, son habitaciones angostas y tribunas de un pasado que aún no se ha ido y late, son tristezas o alegrías.

Retumba entre las balas un ritmo acelerado de corazones que aman a sus patrias y a sus mujeres, y a sus hombres y a los versos de la rebeldía, como coro de voces que pueden ser aquellas-lejanas, históricas- o estas -dolorosas, presentes. Cuando cada palmo de escenario es recurso de expresión, los movimientos de los cuerpos y los versos lo desbordan a pesar de haber sido ya amplificado, extendido hasta la última pared, desnudado.

Ojalá poeta…ojalá pudieses ver el homenaje que desde el teatro ellos te han preparado. Ojalá pudieses escuchar cómo tu nombre, tan comúnmente hispano, se eleva y se distancia de todos los nombres terrenales, ojalá pudieses ver cómo existe, en esa hora y media de eternidades redimidas, solo un Miguel Hernández, y cómo a la vez ese Miguel Hernández es todos los poetas revolucionarios y todas sus contradicciones esencialmente humanas, divinamente humanas.

José Luis Hidalgo calza el alma del poeta de Orihuela. Y son tan reales sus enfermos temblores en la cárcel, y son tan hondos sus dolores por la lejana corporeidad de Josefina, por los riesgos y desgracias de su patria, que Hidalgo no solo crece, también se transforma, y su mente se ancha y sus manos se aceitunan. ¿Son los versos de Miguel o son los suyos esos que defiende frente Manuel Altolaguirre, frente a Pablo de la Torriente?

Y parece que nada más podría sorprender después de que Yuliet Cruz es la casta Josefina que siempre desde el mismo sitio, con mirada ofendida y sin razón enlutada, rechaza los instintos animales de su novio, que no por poeta es menos animal, o menos hombre. Sin embargo es igual de absorbente la escena donde, a pesar de su religiosidad, se casa por las leyes civiles y comparte desde su analfabeta ingenuidad de modista provinciana los versos de Miguel con sus amigos.

Lieter Ledesma no se parece a Pablo. Y acaso es el que menos logra arrancarse los jirones de piel para ceder el cuerpo a Torriente. Pero a través de las distintas tonalidades de su voz y de las distancias e ilusiones que trasluce su mirada, aleja y acerca una y otra vez a su cuerpo o a su alma -a mi cuerpo y a mi alma- de Cuba, de Teté Casuso, de Roa, de Daussá, del compromiso de lucha en España.

Treinta y dos personajes y nueve actores. ¿Una decena? de escenas que se diluyen en un cambio siempre simbólico de una escenografía tan elemental como nueves sillas, o como un efímero escritorio o como una sola silla para que muera el hombre que perpetuará al poeta. Siete actores que se transmutan en treinta personajes, que con sus voces y cuerpos juegan con el tiempo y con los sueños, y ninguna confusión para aquel que vive la historia a través de ellos. Siete actores impresionantes desde sus diferencias individuales, pero justos todos en un nivel de profesionalidad que hace años no visita las puestas corales de nuestras tablas.

¿Serán la luz y la música, serán esas balas que suenan en una distancia psicológicamente perfecta por abrumadora, pero que como las carcajadas matizan esta historia? Definitivamente sí, la luz y el sonido se convierten en personajes-narradores y evitan toda confusión. También esos cambios leves en el vestuario (una gorra de más o de menos, una corbata de más o de menos) y esas marcas verbales de cada escena (“hermana”, “hermano”, “flaco”, “Josefina…Fenoll”).

Pareciera como si el texto poético, profundo y lleno de historias de Amado del Pino solo lo hubiese utilizado a él como vehículo, y se lanzara a vivir a través de esa forma sin fórmulas, leal solo al teatro mismo, de hacer de Carlos Celdrán. Y se me antoja pensar que en los dos casos -Pablo y Miguel, Amado y Celdrán- los hombres son solo caminos que toma el destino.

Cuerpos como expresión de lucha, voces como cantos de guerra, movimientos como máquinas que juegan con el tiempo y la geografía, luces que son libertad o encierro-estrategia escénica que alcanza su clímax en seis u ocho linternas que no dejan escapar a Miguel de la cárcel, que hacen inútiles las fronteras. El teatro renace magnificado, gigante en su expresión, incluso en ese momento en el que los (re)encuentros del poeta en la cárcel definitiva se extienden unos segundo más de lo efectivo.

A partir de ahora, al menos los que asistan a la capitalina salita de Ayestarán y 20 de Mayo los fines de semana de febrero, al menos yo, leerán a Pablo y a Miguel “lejos del mármol y del bronce”. Ahora entre sus líneas de revolución serán escuchadas también sus lujurias, temores y anhelos. Ahora Pablo y Miguel respirarán y mandarán al carajo a los que los censuren, porque serán más hombres, que es como decir más héroes.

Como coreografía armónicamente milimetrada que naciera de la más profunda naturaleza humana, pareciera que Reino dividido solo puede existir de la forma en que el espectador la contempla y vive en Argos Teatro: rítmicamente profusa, lejana de la filosofía incomprensible, cercana solo a esa que perdura desde las certezas de la vida misma.

El elenco lo completan:

Teté Casuso, Soldado: Yailín Coppola
Maruja Mallo, Soldado, Josefina Fenoll, Ruth, Pepito (niño): Edith Obregón
Soldado, Elvira, María Zambrano, Güiqui: Verónica Díaz
Ramón Sijé, Soldado, Cossío, Jesús Poveda, Raúl Roa, Preso: Waldo Franco
Carlos Fenoll, Soldado, Preso (amigo de Pablo), Ramiro Valdés Daussá, Carcelero: Alexander Díaz Peña
Aleixandre, Manuel Altolaguirre, Lorca, Soldado, Padre Almarcha, Carlos Prío: Pancho García

Diseño de Luces: Manolo Garriga
Diseño de Vestuario: Vladimir Cuenca
Diseño de banda sonora: Carlos Celdrán
Maquillaje: Mandy Corbo
Utilería: Alexis Avilés
Producción: Jorge de la Garza
Asistente de dirección: Yeandro Tamayo

© Asociación Hermanos Saíz. 2010.