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Flores en el tablado

Por: Miguel Carrandi Castro

Durante mucho tiempo el lugar establecido para las mujeres dentro del teatro se resumía al escenario: su función se ceñía exclusivamente a las propias de una actriz. Solo en pocas, poquísimas ocasiones, se materializaba una obra firmada por una fémina y cuando esto ocurría la puesta en escena no excedía los dominios de conventos o las informales tertulias de los salones palaciegos. Esta realidad, como buen augurio,  ha cambiado.

Ellas conquistaron espacios donde su creatividad y autoría son cada vez más tangibles y explícitas. Todavía resulta ingenuo afirmar que la balanza muestra equilibrio entre ambos sexos en lo que se refiere al desempeño de las profesiones de mayor poder (dirección o dramaturgia) dentro del mundo de las tablas.  

En Cuba se implementan varias iniciativas encaminadas a menguar la desproporción de género en el ámbito del teatro. El premio internacional La escritura de las diferencias, patrocinado por la compañía Le metec alegre, de la ciudad italiana de Nápoles, tiene  como objetivo reconocer el desempeño de la dramaturgia femenina. El proyecto es parte de una idea para construir un archivo de textos de teatro contemporáneo y, de esta manera, incentivar la circulación y el conocimiento de las obras seleccionadas. 

Su última edición (la quinta) tuvo lugar en marzo del presente año en la provincia de Santiago de Cuba, proyecto que auspició también, en abril de 2010, el Taller de investigación Rine Leal convocado por El Centro Nacional de Investigaciones de las Artes Escénicas y dedicado a grandes actrices de la nueva escena cubana, que comprende a partir del período de su modernización en 1940 hasta  inicios de la década de los 70 del siglo XX.

Otro progreso singular, que refresca el ámbito de las tablas, consiste en la labor realizada por el programa de trabajo Escena con aroma de mujer. Este proyecto brinda apoyo al quehacer del sector femenino dentro del universo del teatro. Incluye a escritoras, directoras escénicas y generales, diseñadoras, técnicas, realizadoras de producción, críticas, promotoras, investigadoras, así como al personal de contacto: recepcionistas, taquilleras, auxiliares, jefas de sala, entre otras.  

Recordar los nombres de esas damas inmortales que arrancaban lágrimas o risas y convidaban al público a soñar desde la butacas de una sala de teatro, constituye, sin duda, un sano ejercicio de reconocimiento al talento. Adela Robreño, Luisa Martínez Casado, Rita Montaner, Caridad Suárez, Elvira Meireles, Eloísa Trías, Amalia Sorg, Luz Gil, Alicia Rico, son solo algunas de estas evocaciones, la lista sería interminable. Otras continúan hoy convocando al deleite valiéndose de un exquisito caudal de habilidades y el carisma de las curvas pronunciadas y  la voz bien timbrada. Pero se impone la necesidad de una mayor representación femenina en roles de dirección escénica y  dramaturgia. Cuanto se haga en esa dirección es bien recibido, pues rompe con la idea errónea y preconcebida de que la mujer sólo ha estado ligada al teatro desde la actuación, reafirma la presencia femenina como una constante en todos los sectores de esa profesión y garantiza el deleite infinito de disfrutar, con más fuerza que siempre, de las flores del tablado.

 

© Asociación Hermanos Saíz. 2011.