 Fábulas del dragón de oro
Por: Samuel Orgado
Varias fábulas en una, contada por todos. Suceden cerca, bien cerca del edificio donde se encuentra El dragón de Oro, un restaurante de comida asiática. Algunas historias en los pisos de arriba de la edificación, otras en los de abajo, o enfrente. No importa cuán próximas estén. Lo cierto es que coinciden en un mismo espacio-tiempo y sin hacerle perder al público el más mínimo detalle. O al menos, a este espectador.
Teatro de la Luna llegó esta vez al Festival de Teatro de La Habana con una de sus propuestas pluri-singulares, El Dragón de Oro, del dramaturgo alemán Roland Schimmelpfennig. El grupo hizo gala, los días 4, 5 y 6 en las tablas del capitalino teatro Mella, de su identitario consenso entre plástica, danza y música; manifestaciones que se dan de la mano durante toda la obra.
Cinco personajes trabajan en la cocina de un restaurante de comida rápida china-vietnamita-tailandesa para sobrevivir en el exilio. Se valen solo de cazuelas, sillas, ruidos ambientales, de mímica, danza y de la propaganda de los manjares de la carta, entre otros elementos de la escena, para recrear historias entrelazadas.
Jóvenes que lo mismo cocinan y ofertan el menú del día a viva voz, que evocan otros destinos que parecen fábulas cotidianas. El pequeño, vietnamita, con un dolor de diente (hilo conductor de la puesta); un anciano y su nieta, la cigarra y la hormiga, al estilo de la Luna; el hombre de camisa «a rayas», defraudado; la azafata Inga, cliente del salón… interpretados por Liván Albelo, George Luis Castro, Olivia Santana, Yordanka Ariosa y Yaité Ruiz.
La puesta del director Raúl Martín se limita a describir y no lucha contra la clásica estructura aristotélica. Confía en su narración a saltos, pero que vuelve a retomar a manera de retrospectiva con sucesivas alusiones a la idea central. El desdoblamiento de cada uno de los artistas durante el continuo intercambio de roles y la repetición como recurso dramático cohesionan cada uno de los argumentos. La unidad estética los delata. Con indiscutible funcionalidad el grupo se vale de un diseño escenográfico, de vestuario y atrezzo para narrar. Martín se ha encargado, además, de la dirección artística de la puesta junto a Alejandro Reyes.
La música y la danza también son protagonistas de la puesta. La primera, interpretada por la pianista Yamilé Cruz y la percusionista Diana Rosa Suárez, acompaña en vivo cada movimiento o frase de los actores con un objetivo tanto recreativo como enfático. Una cortina blanca transparente con rayas que configuraban cuadros grandes, al estilo de los diseños chinos o vietnamitas, separa en una sola voz la locación musical de la dramatúrgica. Una cigarra (Liván Albelo) interpreta un solo y recorre las tablas en singular danza.
La puesta avanza y logra atrapar la atención del público a pesar de la multiplicidad de historias narradas. El dragón de oro apela con sentido multifacético al suspense.Sin embargo, en el desenlace de los destinos, algunos argumentos pudieran parecer quedar vanos. La sencillez, tal vez, los torna simplista.
El dragón de oro, no obstante, está montado sobre la base de un guión ágil y fresco. La obra en sí misma simula espectáculo. Y como espectáculo al fin, está dotado de muchísimos momentos de excepcional lucidez histriónica. Fábulas narradas desde un restaurante, que funciona entre guiños a la comedia a la vez que hilvana momentos melodramáticos logrando una obra digna de sus espectadores. |