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Estudio en rosa

Por: Yaismel Alba Garib
Foto: Pepe Murrieta

Al parecer, la sala Estudio del Centro Cultural Bertolt Brecht se ha transformado en un espacio mucho más grande, metafóricamente. Sus paredes ya no guardan polvo de cenitales, vestuarios u otros implementos escénicos, sino que ahora acumulan puestas en escena de pequeño formato, a la que pueden asistir aproximadamente una veintena de espectadores por cada función. A pesar de la poca área que ocupa, justo en el cuarto piso del edificio antes mencionado, el lugar ha mantenido entre sus propuestas, pensadas específicamente para lo reducido del espacio, algo de lo más significativo del teatro que anda suelto por La Habana.

La primera vez que estuve allí fue para disfrutar de la obra que por ese entonces promovía el grupo Teatro D´Dos, Esquinas, sobre El tío Vania, de Chejov. La idea de reutilizar el espacio como recurso escenográfico me pareció muy atractiva, porque a la vez que los actores, necesariamente todos en la escena, jugaban al teatro mientras interpretaban los personajes del autor ruso, otro actor que encarnaba el director de este grupo entraba por la puerta de la sala para romper definitivamente con las paredes imaginarias que pudieran haber quedado después del equilibrio logrado entre público y representación, ya que los espectadores esquinaban la escena en una suerte de intromisión teatral. Sobre esto, principalmente, se basa la ganancia de las obras pensadas para la sala. El aprovechamiento de la escena propone dramas con atractiva representación, como hado llamativo para quienes deseen ver trabajos teatrales de calidad.

Por estos fines de semana de septiembre, en la sala se propone la obra Rosa Fuentes, con la cual el espectador puede confirmar lo agradable que puede tornarse el espacio tal resorte de propuestas. El texto de Reynaldo Montero, estrenado en el año 2009, presenta una estructura de escenas que signan interrelaciones espaciales y nociones temporales de cuatro personajes de la Cuba colonial en los periodos de la Tregua Fecunda y la Guerra del 95, de los cuales se infieren referencias como la abolición de la esclavitud y la irrupción de los estadounidense en la lucha mambí. Esta disposición de escenas se basa en recuerdos de dichos personajes, ya fallecidos; en evocaciones de un pasado que se descubre al público una y otra vez.

El asunto de la obra es una adaptación de la novela Un mundo de cosas, de José Soler Puig. Rosa Fuentes, muchacha de procedencia humilde, vive con su madre y tiene un novio llamado Nicanor. El deseo de tener con qué sustentarse honradamente la impulsa a trabajar en la hacienda de Don Pedro, con quien establece vínculos afectivos que la motivan a lanzarse junto a él y a su novio Nicanor a la manigua para luchar contra el coloniaje. Rosa regresa ascendida a teniente, después de trabajar en campañas militares, batallando y cuidando enfermos, incluso, hasta salvando a Don Pedro de la muerte. Su madre, envejecida y débil de salud, muere. Rosa ha cambiado. No quiere pagos por su patriotismo. Quiere una fosa común, sin lápida ni nombre. Rosa Fuentes muere en silencio cuatro años después de fallecer Don Pedro.

Trazada teatralmente al margen de los recursos narrativos por el grupo Teatro de Bolsillo, el texto puede no producir la identificación con el conflicto de esta mujer, arrojada voluntariamente a la defensa de los derechos criollos, quien se debate entre la pasión por Don Pedro, el amor a su madre y el cariño a Nicanor; sin embargo, la puesta en escena descubre otras potencialidades del texto. Entre ellas, la forma de conquistar la acción a partir del tratamiento re-presentativo del texto. El dramaturgo propuso una posible representación, a la que aportó la dirección general de Dagoberto Luaces.

La escenografía fue resultado de la comunión entre el trabajo dramatúrgico y el escénico. Vemos que el autor identifica ambas familias, la de Rosa y la de Don Pedro, mediante sillones de gente pobre y de gente rica, respectivamente. La puesta en escena fusiona los cuatro sillones en dos, significando la familia presentada en cada caso. Los balances son movidos y reutilizados continuamente, tal objetos mutables de casas humildes.

Por otro lado, mientras investigaba sobre la obra, me encontré con la información de que los trajes blancos de época utilizados fueron brindados por la viuda de Roberto Blanco. El director de Teatro Irrumpe los había usado en De los días de la guerra, libreto suyo a partir del Diario de Campaña de José Martí y otros textos, que estrenara el Teatro de Ensayo Ocuje en febrero de 1972. De repente, me vi frente a una parte de la historia del teatro cubano. Maestros como Roberto Blanco, ya fallecido, regresaba de la selva oscura para colocarse justo donde menos lo esperaba, para quizás hacer que las miradas no fueran enjuiciadoras, mas sí intermediarias y propositivas.

Cuando el candor de los trajes palidecía los sillones de madera, bajo luces azules y amarillas que pintaban acciones superpuestas, me percaté de que no era necesario el asunto de la obra para que el espectador pudiera sentirse motivado por la manera en que se presentaba el texto en la sala Estudio. Mientras la historia de Rosa Fuentes ha quedado para las teleclases o al programa De lo real y maravilloso, su verificación sobre escena, partiendo del texto dramático, propone ideas que andan teatralmente por el buen camino. Entre ellas, la forma de estructurar la fábula en dos tiempos; el primero, de la paz a la guerra, y el segundo, de la guerra a la paz, con ocho escenas cada uno, que responden a una interioridad intencionada por su dramaturgo. Esta se da por la idea de que los personajes cuenten sus vidas desde una inmaterialidad que se da en la blancura de los trajes, con los cuales reviven sus experiencias, siempre desde esta abstracción. Los personajes solo muestran aquellas escenas de sus vidas con las que pueden dialogar, de ahí la constante superposición de espacios y tiempos que se expresan con los dos sillones.

Nunca pensé detenerme un domingo a las siete de la noche para entrar a la sala Estudio del Brecht, ni menos asistir a la puesta en escena de un título que me alentaba a escapar obstinado, tal vez por ver tantos similares. Sin embargo, confío en que el lector sabrá ser menos predispuesto que su intermediario y se detenga a apreciar, tan solo, las primeras palabras de Rosa Fuentes, para que el texto de Reynaldo Montero pueda expresar la idea, los deseos de hacer y la conquista escénica del grupo Teatro de Bolsillo.

 

© Asociación Hermanos Saíz. 2011.