
Antígona, del mito a la contemporaneidad
Por: Cosette Celecia
Reinaldo Montero se apropia de un modo peculiar del clásico homónimo del griego Sófocles. Su Antígona nos llega reinterpretada por un autor que ha querido imprimirle un toque de contemporaneidad, sobre todo a través de los giros lingüísticos del texto, intención que Irene Borges refuerza a través de diferentes elementos en su puesta en escena.
Creón, Tiresias, Ismene, Eurídice y la propia Antígona acercan a estos tiempos las esencias de sus conflictos. El poder, con toda su corruptibilidad, con los abusos que pueden producirse desde su ejercicio, es tema central de la trama que tejen los personajes de esta tragedia. Desde el poder, se determinan las sutilezas que diferencian crimen de justicia y que puede estar en el simple modo de nombrar la acción de dar muerte a una persona. Desde el poder todo puede manipularse y Creón, rey de Atenas, envilecido por él, hará cualquier cosa por conservarlo.
Antígona, muerto su hermano por traidor, desafía los designios del monarca al dar sepultura al cadáver, con lo cual hará recaer sobre ella el castigo que definirá su destino trágico, no sin que antes descubra su carácter rebelde, que la hace estar dispuesta a defender sus ideas hasta las últimas consecuencias.
En tanto el ciego Tiresias, el sabio consejero mitad hombre, mitad mujer, comparte con el público sus reflexiones e interrogantes. En esta ocasión el personaje, que se descubre de entre el público, es también un poco narrador omnisciente, con la potestad de irrumpir en la historia y funcionar, tal vez, como esa conexión inaugural entre la tradición clásica y la contemporaneidad, entre el ayer y el hoy, entre la ficción y la realidad.
Tiresias abandona su butaca en la platea y avanza al escenario mientras se ha detenido la escenificación sobre las tablas. Se dirige a los espectadores, entre los que se confundía fácilmente por su atuendo, completamente actual, y la puesta se relocaliza, se temporiza, se carga de nuevos referentes y significados que tendrán continuidad y coherencia a lo largo de la puesta en escena. De este modo, a través del vestuario, la puesta actualiza y acerca los conflictos de la trama.
Por otra parte, el empleo de la música ejecutada en vivo, a cargo de tres percusionistas que tocan fundamentalmente los tambores-- también ejecutan otros instrumentos típicos cubanos como maracas y güiro-- y que interpretan ritmos de nuestra tradición yoruba, es un modo de interconectar la obra con nuestra cultura.
El lenguaje oscila entre el alto registro con tono grandilocuente que tipifican a la tragedia clásica griega, en el que el habla de los personajes está plena de retórica, y los rompimientos que llevan a los intérpretes a un registro coloquial, o incluso vulgar o grosero, como el caso de Creón--aspecto que contrasta con su jerarquía, en la cumbre del estamento social, pero que es reflejo de su decadencia moral-- y se convierte así la palabra en otro elemento de anclaje a nuestro contexto.
Por otra parte, y en opinión muy personal, la presencia de los músicos al fondo del escenario, emplazados allí hasta casi el final de la puesta podía haberse empleado más en función de la dramaturgia, integrándolos más a la trama, y no solo como parte del diseño sonoro; teniendo en cuenta, por ejemplo, que cercano al desenlace, justo después de que éstos se retiraran, entran a escena otros tres actores que encarna las Sombras, interpretación breve y sencilla que podían haber asumido los propios músicos, cuya presencia, de rostros inmutables, en un lugar tan visible todo el tiempo, me resultó un poco disonante.
La banda sonora, diseñada igualmente por Irene Borges, se apoya también en el empleo música y efectos de sonido grabados, los cuales probablemente no podían haberse conseguido con los instrumentos ejecutados en vivo, pero al contar con éstos, tal vez podía haberse ajustado a sus posibilidades, para optimizar su presencia, funcionalidad y coherencia.
Con un elenco en el que se combinan y complementan experiencia y juventud, y a través del cual se agradece y disfruta un balance actoral que redunda en una puesta en escena de gran calidad interpretativa --destaca la presencia del Premio Nacional de Teatro Carlos Pérez Peña, como Creón-, el Espacio Teatral Aldaba reúne en este montaje actores y actrices, que según Isabel Cristina--Asistente de Dirección-- en sus palabras al programa, provienen de diferentes escuelas, estilos, o maneras de entender el teatro; pero cuya reunión resulta armónica. |