Rechazo la idea de la inmovilidad

La idea de hacer esta entrevista surgió a partir del éxito editorial que mantiene la joven escritora cubana Elaine Vilar Madruga. Es un hecho raro que alguien publique un libro tras otro en nuestro entorno literario, y ella incluso va más allá de nuestras fronteras y empieza a ganar terreno en editoriales de Canadá, Italia, Estados Unidos, Chile y otros países.

A pesar de su juventud es altamente profesional y no tengo duda alguna que será en el futuro uno de nuestros referentes no solo más fuertes, sino también más justos. Vilar Madruga está comprometida con la literatura, y si bien hoy no existen grupos con la fuerza que tuvieron hace unos años, algunos como Generación Cero, ella por sí sola, escribe y publica tanto como podría hacerlo en una década, un grupo de escritores. Por supuesto esto no garantiza la maestría, pero si atrae mi atención y entiendo que es práctico indagar en su creciente carrera.

—Más allá de los cuentos rusos de tu infancia, ¿cómo empezó el asunto de la literatura en tu vida, en qué trabajaste por vez primera?

—En mi casa siempre existieron libros: se podía decir que era —y es— una pequeña biblioteca. Entre ellos crecí y era lógico que al verlos quisiera tocarlos, olerlos, convertirlos en parte de mi mundo. Siempre he tenido afán de coleccionista con los libros, asunto que es herencia directa de mi abuelo, de mi mamá y mi tía abuela Cuca, algo que marcha en los genes, que forma parte de la estructura de mi ADN. Siento que la literatura siempre fue parte de mi vida, de una manera u otra.

“Cada vez que recuerdo esos primeros años en que despertó mi vocación aún incipiente, lo hago con nostalgia porque esa familia, tal y como la veo en mi memoria, no existe: el abuelo y la tía ya no están, sin embargo, sus libros han quedado atrás, como un testimonio, no como la cáscara vacía y sin forma que fue habitada por un ser humano, sí como una segunda piel que a veces encuentro aquí y allá, en esos libros que he heredado de dos generaciones.

“No sé si la vocación tiene sus misterios, te confieso. La mía llegó muy precozmente, a los siete u ocho años ya sabía que este sería mi oficio. Verás, no era una decisión racional, a esa edad se sabe poco de la belleza y la suciedad del mundo, yo solo quería escribir. Esa esencia, ese deseo, ese motor me ha sostenido muchas veces cuando cielo y tierra se me unen sobre la cabeza.

“En ese punto de mi infancia me paro, es mi farallón, es mi curva de sentido. Y lo necesito muchas veces, porque ya he descubierto la belleza del mundo y también su suciedad. Entonces me considero afortunada. Primero, porque desde pequeña supe quién y qué quería ser; segundo, porque he tenido la familia ideal, los perfectos compañeros de este largo viaje que es el oficio.

“Mis primeras libretas con poemas y cuentos las conserva mi abuela. Apenas son legibles. Los años han pasado sobre sus páginas. Eran esas libretas del Período Especial, de hojas casi carmelitas, casi desprendidas. Para mí era ritual escribir en ellas. Luego me vinculé a los talleres literarios, ya que en la escuela de música donde estudié parte de la primaria y toda la secundaria existía un movimiento artístico bien fuerte.

“Las puertas del mundo profesional se abrieron a mis 16 años de edad con mi participación en el Premio Calendario y, posteriormente, la publicación de ese mismo libro que resultó mención en el año 2006. No dudo en decir que fue mi primer proyecto «serio», una novela que, a pesar de sus errores, todavía leo con mucho agradecimiento”.

—¿Cuál fue la opinión generalizada en tu familia y amigos cuando tuvieron claro a qué te dedicarías?

—Como todo estuvo tan claro desde el principio, mi familia también ha crecido junto a mí en este proceso de construir la escritora que deseo ser. No podría decirte que son parte indispensable —y no por el hecho de rehuir del lugar común— de mi historia, ellos son la verdadera historia, las raíces y las ramas del árbol que es mi literatura. ¿Ves?, es que al menos en mi caso, tengo que beber de ese río del cual provengo, aunque no sea el mismo río del pasado, aunque sin dudas no será el mismo río del futuro.

“Sobre los amigos, la vida me ha deparado tener pocos y buenos, a quienes considero parte de mi familia simbólica, espiritualmente genética, y siempre han estado cerca. A mí, como autora, no me ha faltado nunca apoyo. He sido solitaria por elección y decantación, que es la mejor manera de soledad, la que se decide. En ella me siento cómoda y acompañada, lejana pero próxima a todos aquellos a quienes realmente les importo. Si eso no es la felicidad, ¿entonces qué es?”.

—Alguien escribió que eres una “especie de ciclón caribeño”, una Khaleesi incluso. ¿Te ha parecido tu éxito tan fantástico como tu literatura?

—Mi trabajo no es siempre tormentoso, aunque a veces sí. Tienes sus aristas retraídas y sus momentos de anagnórisis. No sé si es ciclónico. Tiene su propia estructura, su propio ritmo. Es stacatto en ocasiones. Luego legato. Mi literatura no quiere clonar a otros, intenta renovarse sobre sus propios moldes. Eso sí, soy disciplinada. Para mí, la literatura es música y es músculo. En los instrumentistas, los músculos de las manos —y el de la mente, tan importante y muchas veces relegado— se entrena con práctica diaria y no desde la cómoda posición de llamarse artista sin demostrar que se es uno en realidad. Es necesario perseguir el virtuosismo.

“Esa es una búsqueda de toda una vida, no es algo que se logra con la escritura de un solo libro. No obstante, es preciso no renunciar a la pesquisa. Cuando se renuncia, se cae en el espacio en blanco de la mediocridad, que desgraciadamente avala a tantos que se llaman artistas por aquí y por allá. Quizás la respuesta «correcta» a tu pregunta sería decir que no esperaba el éxito de mi trabajo, pero odio el nada recto camino de la hipocresía. Contestarte así sería afirmar que no valoro el rigor de mi oficio, ese que he elegido como mi ruta de vida.

“Entonces, honestamente, creo que el éxito de mi literatura radica, precisamente, en el hecho de entrenar mi mente y ser curiosa, en no quejarme por los premios no ganados ni usar los que sí he obtenido como bandera de triunfo, y en vivir mi literatura como he decidido: con limpieza y por mi propio camino. Me he acostumbrado a recibir pocas palmadas en el hombro, pero sé que hago lo mejor con las herramientas técnicas —el músculo bruto de la escritura— y espirituales —el músculo mental— con las que he sido dotada.

“Trato de esforzarme y tener horizontes amplios. El gueto y la pandilla no me importan, me asquean. También he entrenado el músculo para evitar caer en esos espacios reducidos de la mediocridad humana que tanto pululan en el mundo literario”.

—No sé si eres la más prolífica de nuestras jóvenes autoras, pero debes estar entre las más. Algunos se preguntarán como lo logras bajo circunstancias poco favorables para la creación, sobre todo para mantener la concentración en días tan difíciles para los cubanos. ¿Qué y/o quiénes han sido claves en tu vida profesional?

—En la otra pregunta te hablaba del entrenamiento del músculo mental. Para mí, la realidad —dura, sí— que vivimos en Cuba no es una limitante para mi creación. Es una limitante para vivir de mi creación, lo que es otra cara de la moneda, aunque no deja de ser una de las aristas que más me afecta. Trato de ser feliz en cualquier contexto geográfico en el que me encuentro. Trato de ver lo hermoso. A veces es una labor difícil, no te lo niego, porque las manchas salen aquí y allá, y en ocasiones luchar contra la mediocridad generalizada desanima mucho.

“Pero, a la par, siento que en esa realidad he cimentado mi vida y mi obra. La aprovecho y me nutro de lo bello y lo sucio, de la herida y la cicatriz. En el mundo contemporáneo se suele afirmar que nadie es clave para nadie, y de cierta forma, cuánta razón se oculta ahí, es sabio, es inteligente prescindir del otro. No obstante, tengo una incapacidad —seguro que genética— para lograr ese desprendimiento.

“Claves, para mí, han sido mi familia, mis padrinos. Fue esencial estudiar dramaturgia en el Instituto Superior de Arte (ISA). Ha sido claves en mi escritura más reciente China Miéville, Gina Picart, Úrsula K. Le Guin, Daína Chaviano, Salman Rushdie y William Faulkner, como también leer, no hace mucho, La carretera, de Cormac McCarthy. Y son claves mi país y la posibilidad de conocer el mundo, no ser conforme con la realidad que he vivido ni con la escritura que hago. Hay muchas llaves y vueltas de tuercas, y puertas que se han abierto gracias a ellas”.

—Nuestra literatura ha crecido bastante ligada a la Política de Estado. ¿Por qué no se desarrolla aún más la literatura de Temas, los movimientos o escritores especializados como tú, en algo más allá de las postales de deterioro de nuestra ciudad, y sus personajes más humildes?

—Hay mucho que no se desarrolla en la literatura por falta de vista larga, por carencia de horizontes. La lista de los “por qué” es larga. Es casi antediluviana. Se repite y se recicla. Hay mucha zona de confort en nuestra literatura. Hay mucho miedo a salir de los espacios conocidos. Hay miedo y hay pereza: qué horrible mezcla. Entonces es necesario despertar nuevos motores, limpiar los viejos y engrasarlos, hay que renovar, hay que mover, ya el estatismo ha hecho mucho daño en nuestra historia y nuestra cultura.

“Es necesario dar un salto de sentido hacia la calidad. Y el salto es difícil, lo reconozco, no todos podrán saltar, muchos se van a quedar aferrados a la piedra, a la zona tibia del confort, pero, como en la vida real, la selección natural tiene la última palabra. A mí particularmente me molesta la imagen de Cuba que se muestra al mundo como generalidad. O la imagen que el mundo tiene de Cuba.

“No sé. Es también preciso renovar eso. No podemos convertirnos en una postal o en un manifiesto. Hay que sembrar un árbol, tener un hijo, escribir un libro y levantar un puente. Me disgusta sobremanera que todavía no sepamos apreciar la necesidad de contraste y polifonía. Eso en la literatura, en la vida, en todo”.

—¿Qué significa para ti el taller literario?

—Defiendo el taller literario como eslabón y escalón necesario —que no imprescindible— en la vida de un autor. Evidentemente, el taller no puede ser la vida del escritor, ahí se pierde su sentido, se encasilla la obra y se encasquilla el disparo. Para mí fue primordial. Creo que aproveché la experiencia en los talleres en las edades adecuadas, en el momento necesario, y luego tomé mi propia ruta.

“Bebí, afirmé y negué todo lo aprendido. Luego he vuelto a (re)aprender muchísimas nociones porque la escritura es eso, una hoja de vida que constantemente se renueva. Siento que, en mi obra inicial, el taller literario fue un motor importante. Me puso en contacto con autores y libros, y expandió mis horizontes. Es casi redundante decir que un taller literario sin un buen profesor es lo mismo que una pecera vacía, pero valga el recordatorio”.

—Has tenido la oportunidad de conocer el funcionamiento de editoriales cubanas y extranjeras, háblame un poco de las principales diferencias…

—Cada editorial extranjera con la que he publicado es un mundo aparte. Tienen sus contratos, sus especificidades, las leyes del país donde se edita. Hay mucha heterogeneidad, a veces positiva, a veces negativa. En Cuba todo tiende a ser homogéneo. Es una homogeneidad confortable porque los contratos tienen pocas variaciones, uno sabe de antemano lo que va a firmar y apenas duda, no sospecha. Con editoriales internacionales hay que despertar, no llegar al punto de la paranoia, pero sí tener los ojos abiertos.

“Eso no significa que publicar fuera de Cuba sea malo, todo lo contrario, hay que hacerlo, es necesario el riesgo en la vida y en la literatura, todo es un salto de sentido, un salto de fe. Acumulo por igual buenas y malas experiencias fuera de Cuba. Y no es masoquismo, pero las malas me han enseñado más, me han hecho más inteligente como autora, me han ayudado a entender cómo proteger mis espaldas (y las espaldas de mi obra).

“Los autores cubanos, por ejemplo, tienen mucha ansiedad de publicar más allá de nuestras fronteras. Esa ansiedad se traduce, casi siempre, en poco conocimiento del lenguaje legal de los contratos y, como generalidad, de qué es lo que se firma. Y, de nuevo, existe miedo. Miedo de exigir. Miedo de hacer valer las leyes que amparan a los autores. Miedo de desenmascarar fraudes, porque todo el mundo quiere que su libro se lea, así sea por unos pocos, todos tenemos la ilusión de vender y convertirnos en éxitos literarios.

“Es triste que de esas ilusiones se alimenten las pirañas. Entonces, de nuevo, insisto, no hay que convertirse en paranoicos ni renunciar al sueño o al salto de fe, pero sí es preciso educarse y perder el miedo a hablar.

“Noto que, a nuestro mundo editorial, me refiero al cubano, le faltan todavía muchas horas de vuelo. Que no se malinterprete: tenemos excelentes editores e ilustradores, pero aún se carece de ideas tan básicas como la correcta comercialización de la obra, la expansión de los libros hacia otros mercados que no sea el nacional, y la correcta promoción de los libros y sus autores. El mundo de la literatura digital es todavía una frontera llena de niebla para nosotros, ni hablar de las conexiones que podrían hacerse entre el universo del libro y la cultura audiovisual, el videojuego, la literatura interactiva.

“Son tantos los campos y todavía tan desconocidos para Cuba, que preveo estamos en una era diferente a la del resto del mundo en materia literaria. Que sí, es verdad que en Cuba se publica —por lo general ya que hay más de una excepción— literatura de calidad, ¿pero de qué sirve si esa literatura no se conoce, si no llega al público, si no traspasa las fronteras territoriales? Mira, por ejemplo, en materia de redes sociales, nuestras editoriales —muchas de ellas— no tienen cuentas en Twitter, canales de Youtube (qué buena idea la de hacer audiolibros o booktráilers) o perfiles en Facebook. Y eso es lo básico. Luego me alegra ver que existen proyectos nacionales que intentan apropiarse del mundo online. Se va lento. Se hace lo que se puede. Desgraciadamente, no es suficiente y esa es una realidad tan grande como el calor del verano”.

—¿Cómo te llevas con las redes sociales? ¿Y nuestras editoriales con ellas?

—Las redes sociales son una de mis herramientas fundamentales para promocionar mi trabajo. Muchos escritores —fundamentalmente de otras generaciones— se quejan del “autobombo” de los jóvenes en las redes. Pero, si la editorial no promueve mi libro, ¿qué es lo correcto: dejarlo en el anaquel de una librería hasta que la humedad lo engulla? No me parece inteligente. Las redes sociales tienen limitantes para mí porque las conexiones a Internet en Cuba distan de ser buenas, pero al menos tengo la fortuna de poderlas usar de manera diaria.

“Estoy en contacto con otros autores y con lectores del país y del mundo. Me entero quiénes me leen y a quiénes les interesa (o no) lo que hago. Entonces, sí, las defiendo, las uso, las empleo como herramienta. Las editoriales de nuestro país podrían beber de esta experiencia —no solo la mía, me refiero a la oleada de experiencia de tantísimos autores que estamos presente en las redes sociales— para sumarse al movimiento promocional que lleva el mundo y que tan necesario es en el oficio de la literatura y su comercialización”.

—Dices en una entrevista que no te interesa la literatura con tintes autobiográficos, (autor) céntrica. Tampoco los falsos escritores. Nuestra literatura, como la de cualquier país, presenta estos fenómenos, pero, ¿crees que tendemos a elevar el nombre más allá de la obra? Además de falsos escritores, ¿albergamos falsos profetas?

—Falsos escritores, falsos profetas y falsas obras. Hay de todo. Y no solo en Cuba, también en el mundo. Pero te hablo de la realidad de mi país, que es por la cual indagas. Cada día se lee menos y peor. No se trata de construir —si algo así es posible— al perfecto lector ni al perfecto escritor, pero al menos saber distinguir entre algo con mediana calidad de algo que es sobresaliente; y también, sí, no sacrificar con impunidad a un árbol por publicar literatura que es igual a cero por cero. Vamos de nuevo a la zona de confort, a la zona de la pereza, al estatismo.

“Escritores que viven ya de un nombre cimentado en buenas obras de un pasado —menos o más reciente— son para mí cadáveres literarios. Y alerto, no hablo de los clásicos, los nacionales e internacionales, o aquellos genios que solo necesitaron escribir un libro para hacer historia; y hablo de aquellos que se conformaron con hacer un nombre y luego firmar todas sus obras con la esperanza de que ese nombre, valga la redundancia, obnubilará la mente del lector ante la poca calidad de la escritura.

“Hablo también de los escritores que se repiten, que se copian una y otra vez, que se clonan, y por favor, ya sabemos que existe el estilo, que es la huella de ADN de la escritura, pero una cosa es el estilo y otra es que cada una de las obras sea la oveja Dolly de otra oveja Dolly de otra oveja Dolly (y así por los siglos de los siglos). Ya se ha dicho: la conformidad nos ha hecho mucho daño. Es una plaga. Faraónica”.

—Isaac Asimov creía que el adelanto tecnológico de una nación es fundamental para la existencia de movimientos con fuerza dentro de la Ciencia Ficción. ¿Compartes ese criterio?

—Existe más de una manera de hacer ciencia ficción, más de un subgénero, más de una concepción del universo (o los universos) que se extrapolan en los libros fantásticos. Quizás a mí me resulte más fácil rechazar el criterio de Isaac porque parto desde una formación en humanidades y arte, mis áreas de interés dentro de la ciencia ficción están bien lejanas de lo tecnológico, o simplemente tocan lo tecnológico, pero van hacia la exploración de lo humano, del poder, de la sexualidad, de los conceptos de lo real y lo irreal, de la belleza y la fealdad. No se puede encapsular toda la creación de un género en un saco tan estrecho. Por suerte, se ha visto, se ha escrito y leído mucho desde los tiempos de Asimov y existen ya otros conceptos.

—Después de tantas facetas dentro de tu trabajo (poesía, teatro, cuento, novela, y enfocada en diferentes públicos), ¿crees que a medida que maduras como artista el espíritu te acerca más a uno de lo géneros en particular, o cada uno aún exige tu atención?

—Todo forma parte del todo. Cada célula dentro de mi creación tributa a un organismo superior. No me gusta dividirlas. Prefiero ver de qué manera se adhieren unas a otras, cómo se imbrican, se confunden. Y si en algún momento, esas células de mi trabajo deciden dividirse, lo harán por deseo y por naturaleza, y no porque mis ansias como escritora impulsen en uno y otro sentido. Creo que la madurez como escritor radica, precisamente, en el hecho de escuchar los sonidos de tu propia obra, saber qué requiere cada una, tratar las historias como individualidades, como universos separados, pero, a la vez, unidos por finos hilos invisibles.

—¿Cómo es un día normal en tu vida?

—Es obligatorio una tacita de café y algo de música. Escribo casi diariamente, durante unas cuatro horas. Reviso, corrijo. Disfruto el hecho de poder hacer mi trabajo en casa, en mi espacio, en los horarios que elijo. Disfruto el hecho de conversar con mi abuela o mi mamá y ver en las noches series y filmes. Ese es mi día normal. Los días extraordinarios tienen todos rostros diferentes.

—Canción, película y libro favoritos…

—Es difícil elegir porque los gustos varían no solo con el tiempo, sino también con mi estado de ánimo. Ahora mismo, escogería a The show must go on, de Queen; los últimos filmes que vi y me impactaron: Mother, de Darren Aronofsky y La chica danesa, de Tom Hooper. El libro: Vergüenza, de Salman Rushdie.  

—¿Cuál es el próximo trabajo tuyo al que podremos acceder aquí en Cuba?

—Curiosamente, 2019 no será un año en que podrá accederse mucho a mi obra en Cuba. No por falta de deseos de mi parte ni carencia de propuestas a diferentes casas editoras del país, sino por los intríngulis del mundo editorial que, por suerte, mantengo todo lo ajenos y separados de mí que puedo. Sé que se presentará Lamia, un libro con tres obras de teatro que publicará Ediciones Áncoras y un cuento para niños, Maullido, por Selvi Ediciones. Fuera de Cuba habrá sorpresas, por suerte. Lo único que lamento, aunque siempre me congratulo por otro lado, es que esas obras no podrán ser apreciadas por el público de mi país, al que tanto tengo que agradecer. 

—¿Qué epitafio te gustaría en el mármol de la lápida?

—No pienso en epitafios ni en mármoles. Rechazo la idea de la inmovilidad. El día que no esté, confío, mis libros contarán sus propias historias y estarán vivos.

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