Palabras a los intelectuales, un documento para todos los tiempos

Visionario casi desde que vino al mundo en Birán, antiguo Oriente, el líder histórico de la Revolución, Fidel Castro, sobresalió por su sentido de la urgencia y la disposición al diálogo. Esas virtudes las demostró con creces en las reuniones sostenidas los días 16, 23 y 30 de junio de 1961 en la Biblioteca Nacional José Martí con importantes artistas y escritores, entre ellos Alfredo Guevara, Roberto Fernández Retamar, Graziella Pogolotti, Lisandro Otero, José Lezama Lima, Virgilio Piñera y Pablo Armando Fernández.

Aquellos intercambios finalizaron con el discurso de Fidel del día 30, que trascendió como Palabras a los intelectuales, “plataforma de la política cultural de Cuba, con una visión democrática e inclusiva”, al decir del escritor y etnólogo Miguel Barnet, el más joven de los asistentes a los encuentros.

Los contactos entre la vanguardia política y los creadores tuvieron como detonante la prohibición del documental PM por la dirección del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (Icaic). Sin embargo, la cuestión rebasaba esa propuesta audiovisual, en opinión del doctor en Ciencias Históricas y ensayista Elier Ramírez Cañedo.

A la vuelta de 59 años, habría que resaltar la posición de Fidel, quien, en su condición de Primer Ministro entonces, dedicó tiempo y energía a los referidos intercambios, en medio de un complejo contexto histórico. Habían transcurrido apenas dos meses de la invasión mercenaria por Playa Girón.

Para el Gobierno de Estados Unidos, la Revolución cubana constituía una herejía, nacida a tres pasos del imperio. En su cruzada anticubana, la administración de John F. Kennedy y la Agencia Central de Inteligencia, en particular, promovían y financiaban las bandas contrarrevolucionarias en Cuba.

Por si no fuera suficiente, no cesaba la ola de actos terroristas contra objetivos económicos y sociales; tampoco, los planes de atentados contra los dirigentes cubanos. Estaba en curso, además, la Operación Peter Pan, una de las más secretas y siniestras estrategias de subversión político-ideológica para quebrantar la Revolución.

A pesar de todo ese escenario adverso, Fidel estimó imprescindible dialogar y escuchar los criterios e inquietudes de los artistas y creadores. Con certeza, sabía que la naciente Revolución era, también, un proyecto cultural. Lo confirmaban la Campaña de Alfabetización en pleno desarrollo por esa fecha y el nacimiento de una serie instituciones a partir de 1959 como el Icaic, Casa de las Américas y la Imprenta Nacional.

Al hablarse de Palabras a los intelectuales, de modo reduccionista se tiende a apelar a una sola frase, que algunos, con fines aviesos, la descontextualizan. Recalcaba Fidel: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”. La lectura fragmentada de dicha sentencia ha estado animada en muchas ocasiones por el más perverso objetivo: despojarla de su espíritu inclusivo y abarcador. Un análisis de la intervención completa del día 30 de junio deja un cuerpo de ideas y argumentos, reveladores de una perspectiva integradora y antidogmática sobre las funciones de la cultura y del arte dentro de un proyecto sociopolítico emancipatorio como el cubano.

“Dentro de la Revolución, todo” se traducía en aquellas circunstancias, al igual que hoy, en la búsqueda del consenso dentro de la diversidad, y la construcción de la unidad para blandirla como escudo ante todo lo que olía y huele a agresión contra nuestro auténtico y rebelde proyecto.

Al reflexionar acerca de las resonancias de Palabras a los intelectuales, el escritor e investigador Ambrosio Fornet ha subrayado: “Lo que dijo (Fidel) fue que todos pertenecemos a un solo movimiento que llamamos Revolución cubana, un movimiento de transformaciones. Y la pregunta que nos hizo a los intelectuales y artistas, fue: ¿Cómo van a participar en este proceso? ¿Qué tienen ustedes que aportar a este proceso? Dejó una respuesta para cada uno y, al mismo tiempo, una para la actividad práctica, para la función real; no atendiendo a las preferencias, sino al modo de insertar el debate cultural en función de un proceso de transformaciones”.

De la intervención del Comandante en Jefe, raras veces suele citarse otra expresión: “La Revolución solo debe renunciar a aquellos que sean incorregiblemente reaccionarios, que sean incorregiblemente contrarrevolucionarios”. Por tanto, el estadista admitía la posibilidad de rectificación en las personas que disentían del naciente proceso revolucionario, hijo de la virulencia de la lucha de clases.

Una relectura del mencionado discurso posibilita constatar la amplitud de tópicos tratados, entre estos la creación de un sistema de enseñanza artística con carácter inclusivo, y el esbozo de ideas para estimular el afán creador de los artistas y escritores.

Lamentablemente, en la primera mitad de los años 70 emergieron distorsiones y errores en la aplicación e interpretación de la política cultural. “(…) hubo turbulencias bien conocidas —en palabras del periodista y crítico Pedro de la Hoz—, sobre las que habrá que continuar reflexionando para extraer lecciones y curarnos en salud: libros y puestas en escenas mal vistos, descalificaciones y exclusiones a partir de presuntas normas morales absurdas y obsoletas, intentos de implantar un canon estético excluyente, y tergiversados y empobrecedores raseros ideológicos en la consideración de obras y autores”. Por fortuna, a partir de 1976 se volvió al camino delineado por Fidel en Palabras a los intelectuales.

Sin dudas, junio de 1961 marcó el inicio del diálogo fluido y honesto entre las vanguardias política e intelectual cubanas. Como resultado de los debates nació la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) en agosto del propio año. Surgió bajo la mirada atenta de Fidel, quien, precisamente en el quinto congreso de la organización en 1993, en medio de la crisis económica, también alertó gracias a su sentido de urgencia: “La cultura es lo primero que hay que salvar”.

Una invitación a reencontrarnos con Palabras a los intelectuales formuló en la clausura del IX Congreso de la Uneac hace un año el presidente cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez, quien al reconocer que ese documento es para todos los tiempos, instó a defender su vigencia incuestionable, a la luz de estos días, cuando tratan de imponerse las plataformas neocolonizadoras y banalizadoras. “Hay que hacer lecturas nuevas y enriquecedoras de aquellas palabras —recomendaba el mandatario—. Hacer crecer y fortalecer la política cultural, que no se ha escrito más allá de Palabras… y darle el contenido que los tiempos actuales nos están exigiendo”.

Tomado del periódico Escambray

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