No puedes apretar el gatillo si no tienes vocación

La conocí hace muchos. Una vida hace. Era muy niña pero ya tenía esa luz buena que antecede al nacimiento de un buen creador. Giselle Lucía Navarro ha demostrado con su obra que aquella primera impresión no marchaba errada. Polifacética y polifónica, esta joven autora hace del día a día su material de estudio creativo, su taller y su prueba de fuerzas. La amistad nos une. La creación es nuestro lugar común. Y el cariño, también, por supuesto. No todos los días se asiste al nacimiento de una poeta de tanto calibre. Hoy, lector, te invito a que aprietes el gatillo creativo de Giselle Lucía. Sin dudas, te sorprenderá el alcance y la precisión de la bala.

Creas desde tu juventud. ¿La edad es blasón o carga en tu escritura? Esta pregunta incluso podría resumirse con mayor facilidad: ser un joven escritor, ¿beneficio u obstáculo?

La juventud siempre es un beneficio: tienes más tiempo para equivocarte y aprender, y estás más fresco en cuanto a otro tipo de experiencias que a veces limitan la creatividad. El hecho de ser joven me ha abierto muchas puertas, pero me ha puesto obstáculos. No todos confían en los jóvenes. Siempre hay incertidumbre, prejuicios, creencias y tabúes que insisten en vernos como inmaduros e irresponsables, incluso subsiste cierto machismo. Aunque estas sean experiencias molestas, son las que te ayudan a crecer y superarte cada día. La juventud no es sinónimo de ingenuidad sino de lozanía, esperanzas y promesas, y ese es el tesoro que el escritor joven debe preservar, evitando contaminarse de dolencias y cargas ajenas.

Tu trabajo es sumamente polifacético. Es una palabra que se dice fácil pero que en tu caso no resulta lugar común ni hipérbole. Eres diseñadora industrial y gráfica (incluso diseñadora de modas), narradora y poeta. ¿Piensas que tantas áreas de interés resultarán, a la larga, un lastre para dedicarte a lo específico?

Aunque me decidiera a hacerlo, nunca podría dedicarme a un arte en específico. Desde niña siempre me han dicho que uno solo puede ser bueno en algo, que si quieres ser alguien debes escoger un solo camino. En mi caso, mi objetivo no es ser la mejor escritora o diseñadora. Creo que cada ser humano debe hacer lo que ama, sin limitarse, y entretanto dejar a un lado el ego, que de alguna forma poda tu creatividad. Explorar tus inquietudes en diversas áreas te permite ver cada creación desde una mayor profundidad.

¿En qué punto de tu vida se unen todas tus pasiones artísticas?

Siempre están unidas, como dedos de una misma mano. Cuando escribo un libro, mientras creo el poema o el cuento estoy imaginando la portada, las ilustraciones…vivo toda la historia como una película en mi mente. Cuando diseño siempre hay poesía, desde los trazos sobre el papel, las costuras, los colores. La inspiración es una, solo cambia la forma en la que se presenta ante mí. Sin embargo, siento que la poesía es mi libertad, mi bandera, mi máscara, mi punto de equilibrio.

Los libros son siempre procesos en construcción. Entre todos ellos quiero resaltar aquel que te hizo ganar, recientemente, el Premio La Edad de Oro 2018 de poesía. Háblame un poco del texto.

La obra se titula El circo de los asombros y es mi segundo libro de poesía para niños. No está dividido en partes, sino que es un conjunto de poemas sostenido sobre la propia estructura del texto: el libro como la carpa del circo. Mi objetivo era hacer que cuando los niños lo leyeran se sintieran dentro del circo y vivieran cada momento, juego y sueño con la misma intensidad. Utilicé diversas variantes estróficas (décimas, pareados, ovillejos, sonetos, romances, redondillas…) con el fin de crear dinamismo y hacer de cada pasaje algo único, aprovechando la musicalidad de cada estructura para jugar con la palabra.

La idea vino escuchando una historia de mi abuela. Cuando ella era niña vivía en un pueblo de campo, el circo venía algunas veces al año y cambiaba la rutina del pueblo. Había una alegría que lo contagiaba todo y los niños enloquecían por visitarlo. Fue la felicidad en la voz de mi abuela, la inspiración para esas páginas.  

En tu vida, ¿qué figuras literarias han resultado de relevancia y por qué?

No tengo un autor favorito. Me he nutrido de muchas vertientes… Kafka, Virginia Woolf, José Martí, Vicente Huidobro, Juana Borrero y Borges son algunas figuras que me vienen a la mente en este momento. Más allá de los clásicos me gusta leer literatura de países y culturas diversas, del Líbano, Turquía, India, lenguas indígenas… Siempre miro la figura literaria como un todo.

En los momentos que vivimos, a veces aciagos, a veces venturosos en el campo de la creación artística y la promoción, ¿qué importancia le confieres al éxito?

Es importante. Te confiere regalos invaluables, pero también podría convertirse en un arma de doble filo si no lo controlas bien. Más que premios, publicaciones, viajes o un buen pago por derechos de autor, el éxito literario para mí significa esa sensación que abrigas cuando una persona desconocida se te acerca y te dice, sinceramente, que tu libro le gustó y se sintió identificado con él.  

¿Escribes dramaturgia actualmente?

Sí. Me encuentro trabajando en algunos proyectos que quisiera concretar. Es una deuda que tengo conmigo, un fantasma que me persigue desde aquellos días en que abandoné Dramaturgia en el Instituto Superior de Arte para ir a estudiar al Instituto Superior de Diseño. Y no es una cuestión de arrepentimiento, pero siempre me pregunto qué hubiera sucedido de haberme quedado. De cualquier forma, el teatro tiene un espacio en mi creación y espero que en algún momento esas semillas también den sus frutos

Desde ya hace muchos años, luego de la pérdida física del maestro Rafael Orta Amaro, diriges el Grupo Literario Silvestre de Balboa y eres, a la par, profesora de Literatura en la Academia de Etnografía de la Asociación Canaria de Cuba. ¿Cómo enseñar literatura y guiar a autores cuando muchos de ellos son mayores que tú? Antes de que llegara el arma de la experiencia, ¿de qué manera lograste nutrir tus clases y procesos?

Tenía 18 años cuando asumí el reto de dirigir el Grupo y enfrentarme a un aula para impartir clases a personas que eran incluso mayores que yo. En ese momento mi único escudo eran las enseñanzas, el ejemplo, los conocimientos que me transmitieron mis maestros y mi práctica como creadora. No tenía experiencia en lidiar con autores de edades tan diversas en un mismo espacio creativo, y uno tan complejo como el de la escritura. Mi principal objetivo era lograr que los alumnos se mantuvieran cautivados y que no perdieran el ánimo para escribir. Creo que ese es el período más difícil. Cuando alguien tiene inquietudes literarias y se acerca a un taller en busca de ayuda, esa primera impresión pesa mucho, de ella depende en parte que continúe o no con el empeño de seguir una carrera literaria. Trataba de hacer las clases más dinámicas, hacíamos mucha experimentación, incluso vinculábamos algunas veces otras esferas del arte, a fin de que ellos sacaran sus propias conclusiones y el conocimiento, basado en la experiencia, quedara en su memoria. Algo muy positivo es que al final todos terminaban escribiendo cuento, minicuento, décima, verso libre y hasta soneto. 

Nunca he sentido miedo de transmitir lo que sé. Siempre aprendo en las clases, sobre todo de los más pequeños. Si bien el conocimiento es un arma muy poderosa, no puedes apretar el gatillo si no tienes vocación, y con ella no hay competencias que valgan, tarde o temprano su grandeza aflora, y prefiero sentirme orgullosa de haber contribuido con mi granito. Eso te permite crecer como ser humano y como creador.

La poesía rimada en sus diferentes variantes estróficas ha sido una parte importante de tu crecimiento como autora. ¿Qué importancia le confieres al dominio del lenguaje, de la métrica y la rima?

La expresión no puede encasillarse en ninguna estructura, la palabra sobrevuela con libertad sostenida en el peso de cada sentimiento, pero el poeta escoge la forma en la que se precipitará en el papel.

Para mí todas las variantes estróficas tienen la misma importancia y ofrecen la misma libertad. El desafío está en domesticarlas y hacer de ellas un modo de expresión propio. Considero que en la carrera de un escritor es preciso ese maridaje con la poesía en sus variantes clásicas, por lo menos en los inicios. Siempre es enriquecedor conocer las reglas para luego saber dónde hacer las rupturas, y es eso precisamente lo que trato de transmitirle a mis alumnos. Para mí un verdadero poeta crea y se expresa libremente en cualquier estructura y las variantes estróficas no representan ningún obstáculo.

¿Qué deseas contar o transmitir en tu creación?

Deseo transmitir siempre esperanza desde mi palabra, confianza y amor. Me gustaría que mi poesía sirva para eso y que alimente, de algún modo, el espíritu de quien la lea. Contar las inquietudes de mi generación, sus impresiones y vivencias, incluso sus oscuridades, pero siempre desde una visión positiva.

Siempre se suele comparar una generación creativa con la anterior. ¿Piensas que, en los momentos actuales, es necesaria esa prueba de puños o cada generación debe mirarse en su espejo y aprender de sus propios errores y luminosidades?

Todas las generaciones son diferentes e, incluso, dentro de una misma generación ningún poeta es semejante a otro. Las comparaciones son inapropiadas, sobre todo porque la generación más joven, que indiscutiblemente se influencia de cierta forma de la anterior, caminará con reflejo propio al ritmo de los nuevos cambios sociales y, bebiendo de los consejos y experiencias de los otros, tratará de evitar los mismos errores. Es un proceso natural.

¿Con qué sueña, creativamente, Giselle Lucía?

Sueño con poder concretar varios proyectos en los que me encuentro inmersa en estos momentos y, aunque suene pretencioso, que mi arte deje una huella que contribuya a hacer mejor la vida de las personas.

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