Mítica invención de Alejandría

Con Invención de Alejandría (Ediciones La Luz, 2016) el poeta y ensayista David López Ximeno desanda los senderos, movedizos siempre, complejos también, de la poesía de tema erótico, aunque estas y similares clasificaciones poco aporten a la esencia del poemario y a la libertad de miras con que se acerca el autor al tema.

El suyo no es el erotismo trivial e insustancial que en ocasiones encontramos en poemarios bajo similar hálito. En las páginas de Invención de Alejandría palpamos un erotismo sutilmente desbordado y, además, desbordante en su esencia. Se trata de un erotismo que toma como centro de su proyección al cuerpo masculino y las múltiples aproximaciones líricas que es capaz de poseer como sujeto erótico/poético.

Hablamos del cuerpo deseado, pero también de quien desea, conoce, posee y en este caso, escribe los versos. Recordemos que la escritura es también, otra manera de poseer en su amplio sentido: “Desconozco el país de los combates, pero mi mano/ sostuvo la espada/ Y mi abdomen exhaló sus delirios ante el joven apolíneo/ que de miedo sollozaba”. (“Ayúdame a sortear”).

El cuerpo que nos muestra David López Ximeno (Matanzas, 1970) nos evoca al cuerpo griego: esa imagen marmórea e idealizada que encontramos en las estatuas helénicas y en sus posteriores copias romanas como representación de un ideal de belleza que simbolizaba, asimismo, la juventud y la virilidad. Un cuerpo (isla) escriturable que en ocasiones nos asalta, con rostro contemporáneo, en cualquier calle del mundo: “Una isla amarilla, donde gaviotas y muchachos desnudos/ se confunden, salpicados por un dardo luminoso”. (“Ayúdame a sortear”).

Autor, además, de los poemarios Música Sacra (2001 y 2001), Newyorker´s Jazz (2007) y Cuaderno de La Habana (2014), López Ximeno nos muestra un cuerpo soñado (naturalizado, pero al mismo tiempo idealizado) y real donde lo erótico resulta posibilidad sensitiva y, además, cognoscitiva: “Él está desnudo/ Temo por su pecho defoliado, por sus raídas piernas/ y sus ojos que son símbolos de agua”. (“Ayúdame a sortear”).

¿Qué es el cuerpo desnudo sino el recipiente que contiene lo erótico? ¿El receptáculo para añejar el agua turbia de los días deseados? “Desnudo, sí. Para emprender el camino a tu garganta”, escribe el ensayista en “Estéril garganta de poeta”. Y más adelante añade: “Solo con su lengua y su saliva. Como si por su boca descendiera el cielo”. (“Canto de alabanza, mi madre duerme”).

Poesía amorosa de los sentidos, en la que notamos cierta influencia kavafiana, como una luminosa aureola que destaca sobre la cabeza del poeta, es la que nos ofrece López Ximeno en Invención de Alejandría: “Desde su asiento en el Parnado, Byron lee un poema de Kavafis”. Y añade en el mismo poema como posibilidad realmente fascinante y por demás, posible dentro de los márgenes de lo literario: “Byron lee a Kavafis con el duelo del adolescente que mira transcurrir los meses, y ante sus pupilas se marchita el idilio. El misterio del mundo. El joven que lea a Kavafis se perfumará las manos para luego colocarse una corona de versos sobre su cabeza”. (“Primera iconografía del cuerpo del poeta”).

Invención de Alejandría posee cierta “melancolía del mundo antiguo” a la que, en su momento, aludió Flaubert, pues tiene como trasfondo, al menos en buena parte del cuaderno, la Grecia y la Roma antiguas, y al mismo tiempo, el mundo del Mediterráneo al que se extendían los dominios de estos vetustos estados europeos.

Para el poeta, creador también de mundos y de “escenarios” dentro de estos mundos, Alejandría es la ciudad deseada y al mismo tiempo, el espacio habitable del deseo. La urbe mítica en la costa mediterránea de Egipto, la ciudad del Faro y la fatídica y majestuosa Biblioteca. Esa Alejandría que adoró a aquel Antínoo del Belvedere es la misma que nos ofrece López Ximeno en sus versos amatorios: “Los cuerpos yacentes siempre creerán estar de paso/ ante la imagen de aquel Belvedere/ Todos imaginan no poder resistir a su belleza”. (“Canción de Buonarrotti”).

Poesía, además, altamente visual –en todos los sentidos del término– la que nos entrega el también autor del libro de ensayo Fernando Ortiz ante en enigma de la criminalidad cubana (2011). El mismo poeta que escribe en “Solo amar al contrincante”: “Solo amar al contrincante, apoyarse en su diestra/ para luego engendrar una paloma/ Solo amarlo y detenerle/ e implorarle que nunca despliegue su tentáculo/ de selvas/ Existe un rito amatorio que todos los cuerpos/ comprenden/ Amar al contrincante. Hacerlo en silencio/ Tantas veces repetirlo aunque sientas pavor/ de rondar por su tácito imperio/ Solo amar al contrincante, con los pies descalzos/ Y en voz baja susurrar la apostasía con el alma asomada al vacío”.

Si observamos la cubierta del libro, con diseño de Frank Alejandro Cuesta y edición de Luis Yuseff, notaremos un hermoso plato griego que muestra y ofrece, al mismo tiempo, un cuerpo masculino desnudo inclinado sobre una especie de pozo sin brocal. Estos vasos, ánforas y recipientes de cerámica griega, con fascinantes escenas eróticas en su diseño, en rojo sobre negro o técnicas similares, forman parte también del poemario que se divide en cuatro sesiones: la inicial, sin título, “Cuerpos”, “Vasos y elegías” y “Nevadas”, como igualmente forman parte de la historia del arte erótico.

Las vasijas –esas de donde escapó el joven poeta Eumeno– introducen los cuerpos deseados y consigo anticipan/anuncian los poemas. Son de por sí recipientes escriturables y abiertos al significado: el vaso “escrito” como cuerpo que posee en sí otros cuerpos en donde cabe también la escritura: “así lo reflejan los vasos decorados por antiguas figuras/ hundidas en la memoria” (“Archipiélagos”) en poemas como “Iniciación en el rito de los vasos”, “Artemidor y el mar”, “Vaso con nautas”, “El vaso de Temis”, “Los muchachos del puerto”, “Vaso con muchacho avergonzado” y “Vaso de la partida”.

En la última sección del libro, López Ximeno nos traslada a Ámsterdam, Holanda, en poemas como “Bosquejo de la ciudad nevada”, “Introducción a Camille”, “De la pinacoteca del Rijks Museum”, “Marilyn Monroe en la postmodernidad”, “Poema indispensable para devolverse los abrazos”, “Paul Gauguin”, “Exordios tras la nevada” y “Fragmentos del diario de Dramstraat”. En este último escribe David: “La mañana es tan gris que se desborda por sus ojos/ La mañana es tan mansa, que no sabe volar y se repliega al/ espejo del canal”.

El poeta no solo se fascina por lo erótico y las reminiscencias clásicas que encontramos en sus versos. Su obra, humanista en su esencia, universal en contenido, abre su diapasón a otras posibilidades, ámbitos y contextos. Así asegura que “todas las ciudades son invención de la memoria” y nos dice, además, algo muy certero, “cada poeta es su memoria”.

Algo similar aseguró Eliseo Diego en una entrevista que leí recientemente. La memoria como recipiente y herramienta ineludible del poeta. Ante eso, el autor de este poemario inventa o reinventa, desde las posibilidades de su memoria, que es decir desde las posibilidades de su cosmovisión, una Alejandría fabulosa, sus mundos imaginarios y reales, sus feudos sorprendentes y posibles.

Y lo hace poblándolos de hermosos cuerpos donde el amor, la pasión y el deseo, son territorios fácilmente habitables para cualquiera de nosotros: basta solo arriesgarnos y participar en esa posible invención mítica de Alejandría que nos propone David López Ximeno.

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