Los veinte años del fuego

¿Es de verdad? ¿El fuego?

Sí.

¿Dónde está? Yo no sé dónde está el fuego.

Sí que lo sabes. Está en tu interior. Siempre ha estado ahí. Yo lo veo.

Cormac McCarthy, La Carretera.

Un cumpleaños es más que la acción rutinaria —el ritual— de soplar las velas en el cake, mientras se pide un deseo y se canta una tonada conocida por todos. Si hablamos del veinte aniversario del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso” entonces, y como por arte de magia, los números adquieren otra dimensión, el cariño y el respeto se duplican: uno festeja la larga vida —y salud— de un proyecto humano y narrativo; uno siente que vuelve a casa. Y, aunque el lugar común es penado, aunque el lugar común —esa figura retórica de uso repetido— es señal de escasas lecturas y poca práctica del oficio, ¿qué podría escribir ahora sobre el Onelio que otros no hayan dicho mejor?

El Centro es una casa, un taller, una forja. No es el molde —cuadrado y exacto, sin fisuras— en el que se construye un escritor. El Centro no te hace escritor, no te pare crítico, ni siquiera lector sumergido en el amnios de buenos libros, pero te ofrece las herramientas para que este, el oficio más solitario del mundo, te otorgue la compañía de un mejor trabajo. El Centro no hace hincapié en aquello de “la técnica es la técnica, y sin técnica no hay…”, sino que intenta transmitir el amor, incondicional, hacia la obra escrita.

Por eso, este pasado sábado 16 de diciembre del 2017, un grupo de egresados, colegas, maestros, alumnos fundadores y amigos, nos reunimos en el Submarino Amarillo —ese famoso lugar donde la música continúa siendo música y no ruido— para festejar un aniversario cerrado. Mediante la palabra, todos intentaron transmitir sus experiencias de vida en el centro, sus recuerdos, sus angustias, sus pasiones. Alegría de saber que el Onelio une márgenes, conceptos y pensamientos, pues algunos de sus egresados —pienso en los nombres de Julián Marcel Baldemira y Eduardo Corzo, quienes viven en otras orillas allende a Cuba—dejaron también su testimonio sobre la experiencia de vivir el Centro como estudiantes, escritores y seres humanos. No faltaron las voces para el homenaje. Música. Y hasta algunas lágrimas. Mucho de risa. Como en todo cumpleaños que se respete.

Detrás del cake, con su sonrisa de siempre, estaba el Chino Heras, el León que cumple veinte años, y junto a él la labor incansable de Ivonne Galeano, de Sergito y Raúl, de Castillo, de Amir Valle, Sacha y otros tantos que —los nombres no han sido perdidos en el tiempo— también dejaron una huella en la historia de la casona de 5ta y 20. El encuentro del sábado fue uno de los tantos pretextos que tenemos algunos de los egresados —que conste, hemos aprendido ciertas trampas— para volver al Onelio y compartir un par de buenas historias, un par de buenos abrazos, un par de buenas memorias.

El Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso” celebraba, este sábado, no solo sus veinte años, sino también la unión de una familia “oneliana”, distribuida a lo largo del mundo, en contacto a través de las redes, los libros, las cartas, los e-mails. Porque, es cierto, no es esta una fábrica de escritores, pero sí es la casa de unos cuantos seres humanos felices que aún conservan viva la utopía.

Cormac McCarthy, en su estremecedor libro La carretera —una vez más el lugar común necesario—, nos revela la importancia de la conservación del fuego, de esa materia intangible que hace que los buenos sobrevivan al frío del invierno, a la tristeza, la soledad y el canibalismo. El Centro, de alguna manera, es el testimonio —secreto y no tanto— de que el fuego se lleva dentro, un trozo de llama en cada ser humano, y que su conservación depende —y dependerá cada día más— de la obra de hombres y mujeres de bien.

En esta larga carretera que es la vida —y en ocasiones también nuestro oficio— se agradece que la transmisión del fuego avance mano a mano, guerrero a guerrero, escritor a escritor, hermano a hermano.

Fue ese exacto concepto el que celebró sus veinte años un sábado de diciembre, con música, reencuentros, risas y algunas lágrimas.

El fuego continúa vivo.

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