Los que nos quedamos a soñar por la oreja

  • – En esta casa no se oye a Willy Chirino, dijo él.

Esta también es mi casa. Y qué puedo hacer yo si en mi memoria emotiva están los sones transculturados del susodicho; si mi cuerpo, incapaz de moverse a ningún ritmo con cierta organicidad, insiste en dejarse llevar por su versión de Medias negras, más que por el original de mi amadísimo Joaquín Sabina.

  • – En esta casa no se oye a Willy Chirino.

Tápese entonces los oídos. Porque los que soñamos por la oreja no escogemos lo que nos mueve o conmueve. No destiñe mi ideología lo que piense Willy, ni cualquiera que se haya ido con su música a otra parte, algunos suenan más cubanos desde fuera que ciertos intérpretes del patio, y digo esto desde el reconocimiento de que sonar cubano no es ser una estampa inmóvil de mogotes, malecón, playa, mulatas, tabaco y ron. Que esta isla está hecha de influencias y mixturas.

Yo digo como cierto amigo, que la diáspora no la inventamos nosotros, para más información remitirse al Antiguo Testamento y ver al pueblo judío atravesando el Mar Rojo, o al menos el sendero abierto entre sus aguas por la gracia de su Dios. Sin embargo, quiere la criatura de isla adueñarse del sentimiento confuso de la emigración como exclusivo padecer de sus orillas, pero no, el mundo está hecho de y por los que vienen y se van, y así sus muros, calles, versos, melodías.

Hoy pienso en José María Heredia, parado frente al Niágara, obnubilado ante la cortina interminable de agua, el torrente maravilloso que lo sedujo, grandeza inesperada que impresionó el alma del poeta; o en José Martí, adolescente expulsado de su patria como quien arranca a un hijo del abrazo materno. Pienso en esos hombres que invirtieron fuera de Cuba la mayor parte de sus vidas y nadie duda de la cubanidad de sus creaciones (tampoco se ha inventado dispositivo alguno capaz de medir este indicador que abale cuán cubana es o no la creación de algún artista en dependencia de la distancia a la que se encuentre respecto a la patria en el momento de la creación).

“Yo no he dejado de ser amigo ni de comunicarme con quienes han decidido radicarse en muchos sitios de la infinita geografía con que se dibuja nuestro planeta.” Aclara desde el principio Joaquín Borges Triana en las páginas de Nadie se va del todo. Músicos de Cuba y el mundo. Viene con una advertencia, una declaración de principios, para algunas mentes de sinapsis defectuosa, un desafío.

El libro de Joaquín Borges Triana, publicado por Ediciones La Luz, es de una transparencia avasalladora, el autor dice lo que piensa, o mejor, lo escribe a veces con un tono cáustico, y resulta que su opinión es muy cercana a la de tantos que están convencidos de que un país no termina en el borde exterior de las 12 millas de aguas territoriales: ¿acaso pueden sal y espuma limitar la pertenencia?

El periodista aborda la emigración de los músicos cubanos como principio y no fin, investiga, según él mismo afirma, la dimensión social de los cambios musicales, cuestiona fenómenos y construcciones sociales como el nacionalismo cultural y la exclusión del panorama artístico cubano de aquellos que decidieron un día partir, no importa con qué motivo, pues ¿acaso importan los de los millones restantes que se van de sus países de origen alrededor del mundo? Política, economía, amor, búsqueda, sueños, vocación trashumante, todos valen lo mismo.

Quiero confesar que antes de leer el resto del libro fui al final. No es hacer trampas, porque en este caso el final es el principio, en las últimas nueve páginas previas al índice y bajo el subtítulo: índice de agrupaciones y músicos diaspóricos citados en el libro, Borges Triana compila una realidad cambiante. Me divierte un poco que el primero en la lista sea Alito Abad, trovador holguinero, no fue culpa de un supuesto chovinismo de los editores, que son sus coterráneos, la lista está en orden alfabético, pero ese muchachito a quien escuché sentada en los neumáticos que hacían de palco las tardes de la primera década de este siglo en el Caligary en los altos del Centro Provincial de Artes, y que decía: “con tanto de sed, tanto de sed y tanta sal, dentro de ti, un manantial”, ese muchachito, también se fue.

Sin embargo, algo como irse no es inamovible o una condición definitiva, porque ha vuelto y ha cantado en Holguín, a unas cuadras del mencionado Caligary, como tantos nombres en este índice, Descemer Bueno, Isaac Delgado, Telmary, Virulo, Alain Pérez, Habana Abierta, y así hasta sumar, entre los que conozco, más de una decena de artistas y agrupaciones.  

Las páginas citadas trajeron a mí una nueva certeza, entre imágenes borrosas de una Celia Cruz dibujada en Delirio Habanero o las manos larguísimas, infinitas de Bebo Valdés sobre el marfil: La música es un código similar al ADN, un nexo inquebrantable, un ancla, una atadura perpetua. Nadie se va del todo. Nadie, todo. Voces de un valor absoluto. Puede ser que uno se vaya de Cuba, pero Cuba no se va de uno. Tan simple como eso, o tan profundo como el decir de Cintio Vitier:

“Del estado podemos disentir; de la nación, en cuanto es un pueblo asentado en un territorio, podemos alejarnos, pero la nacionalidad, que en definitiva es cultura en su más amplio sentido, nos une a todos.” 

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