Los libros prestados

Insisto en prestar mis libros porque creo que mientras más ojos se posen sobre ellos más efectiva será la vida de ese objeto perdurable, aunque no imperecedero. No obstante, siempre lo hago con desconfianza; hay una parcela egoísta de mi ser a la que no le gusta mucho esta acción de dádiva. A veces siento que me sentiría mejor si no prestara ninguno, y los dejara todos a mi alcance, para mi único y denodado roce; actitud que se exacerba cuando alguno no vuelve a casa por tal o más cual razón, o cuando viene deshecho o con las hojas dobladas. Pero es solo una leve parcela, insisto.

Lo gracioso, o irónico, es que no escatimo a la hora de pedir yo alguno en préstamo; y debo a esta práctica el haber leído muchos de los mejores libros que han pasado por mis manos: 2666, de Roberto Bolaño; La conjura de los necios, de John Kennedy Toole; La escopeta de casa, de Yasushi Inoue; La Habana para un Infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante; Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa (la cual considero la mejor novela que jamás se ha escrito; ¡claro, solo entran en competencia los leves centenares que he podido leer a mis 30 años!, y de ellos, solo la mitad contagiado con el, a veces aciago, vicio de la lectura). Casi he leído más libros ajenos que propios, a pesar de que en mi cuarto resguardo a más de 4 mil inquilinos lomudos.
 
El primer libro que me prestaron jamás lo devolví, y aún lo conservo: La Isla del Tesoro, del opiómano Robert Louis Stevenson, una lectura decisiva en mi formación como lector.
 
Luego, cuando mi biblioteca se fue engrosando (principalmente a golpe de compras —al menos al inicio—, no de indevoluciones) y comenzó a ser normal que viniera este o aquel a pedirme mas cual o tal mas cual libro, no me quedó más remedio que hacerme de una libreta en la que iba anotando minuciosamente el nombre de los libros y de sus acreedores, para así recordar yo y hacer recordar también la pronta devolución.
 
Una vez un amigo me pidió una novela que yo acaba de leer y que me había dejado encandilado: Los excluidos, de la austriaca Elfriede Jelinek. Mi amigo en ese entonces pasaba los 60 y no estaba nada bien de salud (al menos yo lo notaba así), y como soy, a veces, o casi siempre, muy fatalista, mi mente se metió en el extraño camino de qué pasaría si mi amigo dejaba de existir antes de devolverme el libro. Pasé unos días en los que aquella idea no me abandonaba; al punto tal, que terminé escribiendo un cuento en el que el personaje principal no encuentra la manera de ir a decirle a la viuda de un gran amigo recién fallecido, que él se siente muy apenado con la situación, pero que necesita que ella, a pesar del dolor y la tristeza, le busque un libro de su pertenencia entre los libros del difunto. Cuando mi amigo me devolvió el libro, hace ya unos siete años de esto, respiré aliviado; y mi amigo, que aún anda y desanda por las calles, y sigue siendo el mismo lector compulsivo, nada sabe de aquellos temores. Luego ese libro lo presté más adelante, y ahí sí que se perdió, pero el responsable (Carlos Esquivel) me obsequió uno nuevo, que no era el que yo quería, como la manzana de la canción, pues en aquel era en el que estaban mis notas y subrayados, pero bueno… lo perdoné.
 
En otra ocasión le presté a una conocida (porque solo era y sigue siendo una conocida) Error de magia, ese libro que recoge lo mejor de la poesía de Carilda Oliver Labra, y a pesar del paso del tiempo y de mi insistencia reclamativa, el libro no paraba por regresar a casa. La conocida primero me dijo que no lo encontraba y luego llegó hasta preguntarme si yo estaba seguro de que ella no me lo había devuelto ya. Terrible. Casi me sentía fracasado. Pero resulta que si algo no existe en esta vida son las casualidades, sino que todo sucede por una causa real, y uno siempre termina conociendo a las personas indicadas y visitando los sitios esenciales. Entonces, porque siempre hay un entonces, conocí a una muchacha que tenía algunas lecturas en su haber y luego de sobrellevar la a veces manida plática que secunda el encuentro entre dos lectores, y que casi siempre trata sobre los textos leídos o adquiridos, ella me contó que tenía un libro que no le agradaba mucho, que se lo había regalado su maestra de Español por sus buenas notas, pero que ella no lo quería, y que podía regalármelo. ¿Qué cuál era el libro? Error de magia. Le dije que sí, y le conté que casualmente casi lo tenía perdido. Lo demás fue casi inverosímil: su maestra de Español era la madre de la tal conocida, y el libro (que ahora posee una dedicatoria de buena profesora a su aplicada alumna) el mío, que tuvo que tomar un extraño camino antes de volver a casa, pero que, por fortuna, finalmente lo hizo.
 
Otros no han tenido esa suerte, y han quedado relegados: Desayuno de campeones, de Kurt Vonnegut; El perfume, de Patrick Süskind; El guardián en el trigal (que me pidiera prestado Arlen Regueiro antes de largase a España y luego volvió y me lo trocó por un libraco infame), de Salinger; entre otros que ahora prefiero no recordar para no sentirme desahuciado.
 
Pero a pesar de ello sigo prestándolos, lo que sí me guardo, y eso no lo supero aún (desde que prestara nuevo de paquete Cumbres borrascosas, de la Brönte, y me lo regresaran hecho una croqueta), es el placer de desvirgar. El libro que compro nuevo lo desfloro yo, lo manoseo, lo leo y lo requiebro con la fruición y el goce de la primera vez; y luego, bueno… luego que pasen sobre él cuantos amantes interesados quieran.

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