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Las poéticas del cuerpo intervenido (+ fotos y video)

El distanciamiento social y la pandemia no ponen freno a los artistas: no hay claustrofobia, sino nuevas maneras de contar desde las plataformas online que hoy, más que nunca, ofrecen su caudal de posibilidades a creadores y espectadores de las artes visuales. El arte no tiene excusas. Es por eso que estas Romerías de Mayo —la magna fiesta de las juventudes creativas— no asumen ahora el rostro ni el jolgorio de las calles, sino que se viven desde casa, desde la inquietud de quienes imaginan para proteger la epidermis de la creación, esa esencia que habita en la espiritualidad del ser humano.

Es por eso que quiero detenerme en Tiranía de la tradición, exposición fotográfica de Aneli Pupo. Las redes han devenido en el espacio de contemplación que la conectividad nos ofrece, una particular galería para los ojos inquietos que buscan un estímulo y una reflexión sobre la condición humana en estos tiempos donde nada —prácticamente nada— es ajeno.

Muestra virtual Tiranía de la tradición

La artista visual guantanamera Aneli Pupo nos invita a visitar su muestra Tiranía de la Tradición. Disponible en los canales de Youtube de la AHS y de la artista.#RomeríasenCasa#PorqueNoHayMañanasinHoy#ArteJoven_Cuba#Elartellamaatupuerta

Publicada por Asociación Hermanos Saíz Guantánamo en Lunes, 4 de mayo de 2020

Aneli Pupo habla, a través de sus imágenes, del cuerpo femenino intervenido por la realidad y su crudeza. Una realidad que se experimenta día a día, en esas violencias del cotidiano que —ya sean imposiciones, costumbres, códigos o modas— transforman nuestro espacio privado en un espacio colectivo. Once imágenes, once fotografías en blanco y negro que dialogan con el constructo social que hemos denominado “buena mujer”, “buena madre”, la guardiana de la familia y la dadora. Las violencias de nuestras prácticas sociales invaden el lente de la cámara para mostrarnos un mundo en crudo, un mundo que ocurre cuando las puertas de la calle se cierran, un ritual de iniciación en el que las mujeres somos víctimas y victimarias, jueces y parte.

Más que de inequidad de género, las fotografías de Pupo nos muestran el cuerpo intervenido, el cuerpo transformado en objeto, “cosificado”, trasmutado en incubadora o en tabla de planchar, el cuerpo “animalizado” —la mujer ponedora, la erótica gallina que ha devenido también víctima. Pero no es esta una contemplación conformista: la creadora no nos invita a mirar y pasar de largo, como el inevitable chismoso que corre el velo de una realidad o la cortina de una casa para observar el desastre, sino que es un llamado a la acción, a romper el ciclo donde alma y cuerpo se escinden, y donde el símbolo —ese arquetipo inoculado en las venas de muchos y muchas— se rompe, se quiebra.  

Estas fotografías son un cuestionamiento. La mujer es vista como hembra —mamífera y ovípara—, las imágenes nos recuerdan un círculo/circo de las violencias. Hablo no solo de la violencia que los otros ejercen contra el cuerpo femenino —como se evidencia en las fotos “Felizmente casada” y “Sin voz ni voto”, quizás las menos logradas de la muestra por la literalidad plana de su mensaje— sino la violencia que nosotras mismas nos imponemos, en búsqueda de transformarnos en el signo, en la representación de la belleza tal y como se ha preconizado en la sociedad de consumo, en el circo del consumo.

Bajo esta mirada se encuentran las fotos “Insensata obsesión”, la cual muestra solo la pesa —esa maldita pesa que determina cuán gordas o flacas somos, cuán deseables, cuán hermosas— y los pies de una mujer. Pies de tobillos hinchados, solo eso: a tal grado ha llegado la despersonalización, la desaparición de la mujer en su propio círculo de cosificación y tortura que se ha convertido en el objeto y en una parte ínfima de sí misma —precisamente aquella parte que carga, que soporta el peso simbólico de las libras y del cansancio. “Leña del árbol caído” hace gala, nuevamente, del recurso de la despersonalización: una cinta métrica mide la cintura de una mujer, nuevamente una usuaria sin rostro, transformada en el objeto y en un fragmento de su cuerpo —ese fragmento que la autora ha decidido enfocar. En contraste con la rigidez de la cinta métrica —y su sentencia— aparece el cuerpo atado, amordazado, rígido bajo el embate de la cinta; cuerpo que, si se observa atentamente, muestra sus estrías, sus marcas, sus imperfecciones.

En “Tierno cilicio” el cuerpo se transforma en objeto al ser intervenido por un símbolo, en este caso, una plancha. La mujer se dobla bajo el peso del signo, asume su rol de protectora del hogar, hasta tal punto que se pierde su esencia: una vez más, la fotógrafa nos niega ver el rostro de la mujer —parece decirnos: “esta soy yo, eres tú, somos todas en un momento de nuestra vida”— y prefiere, en cambio, mostrar el cuerpo en actitud de sometimiento —a gatas—, el organismo devenido tabla de planchar, artilugio doméstico, cosa.

Un punto y aparte merecen las fotografías concentradas en los temas de la maternidad y la sexualidad. Me refiero a “Pudor”, “Maslow es un bebé”, “A flor de piel” y “Vigilia eterna”. En todas, aparece en igual proporción la despersonificación del rostro femenino —que se oculta en uno de los casos; en el resto, se seleccionan partes puntuales del cuerpo relacionadas con el concepto de lo materno, del deseo y el sexo; díganse manos, pubis, muslos, senos—, leitmotiv que ya veníamos apreciando en gran parte de la muestra. De nuevo, es preciso señalar cómo la presencia de un símbolo —en este caso el huevo, a una misma vez sinónimo de nutrición y de maternidad— invade y transforma el cuerpo.

Lo transforma hasta convertirlo en algo obsceno, hermoso y terrible: la mujer ha devenido madre ponedora, gallina que vela el nido, gallina que custodia los embriones que son su carga y bendición. A este concepto, se antepone la idea de una falsa sensualidad que insinúa la genitalia —a modo de zona de fricción— y los pechos —la idea de lo nutricio—, como espacios de sometimiento, espacios de carga, donde los huevos se ordenan con una meticulosidad geométrica, equilibrada y, por ello —hasta cierto punto— también terrible. Es en estas fotografías que la creadora alcanza el cenit de su exposición.

tomado del perfil de facebook de aneli pupo

Una vez más, hago hincapié en que estas imágenes no invitan a la contemplación pasiva —como en nuestro andar por lo cotidiano, donde la violencia simbólica y hasta física pasa por nuestro lado sin que movamos un dedo—, sino que son un llamado a visibilizar, a descorrer las cortinas de nuestro mundo interior, a elevarnos por encima de patrones, cánones, violencias exteriores y personales, a humanizar nuestros cuerpos y a desvirtuar estereotipos. El arte es cambio, bien lo sabe Aneli Pupo.

En este momento de aislamiento, cuerpos desconocidos —cuyas identidades, como los rostros en muchas de las fotos de Aneli, permanecerán ocultas— sufren, batallan contra otros y contra sí mismos, en ese limbo de la mente del que, en ocasiones, parece imposible escapar. Es por eso que la imagen se transforma en voz, con la esperanza de que nos alcance y de que pulse alguna cuerda —una necesaria cuerda— en nuestra espiritualidad.

No lo olvides: tú también eres más que un cuerpo.

 

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