La salvación de la Palabra

Esta muchacha elige la no definición: le cuesta ser llamada poeta, rehúye de esas y otras etiquetas. Prefiere ser libre, un átomo quizás no en equilibrio, pero sí en movimiento. Compartimos el cariño de una persona esencial en su/mi/nuestras vidas y el amor por la Palabra, y en realidad poco recuerdo de cómo nos conocimos. Pero eso sí, jamás olvidaré la primera vez que leí uno de sus versos.

Aquel poema —«Cirquísima»— era una bofetada, agua y aire, deseos de gritar. Jessica Pérez Quesada es una poeta que merece ser seguida, doy fe. Graduada de Derecho, desde hace mucho se ha vinculado con el mundo del libro, no sólo desde lo tangencial, no sólo desde la virtud del buen lector o el hábil artífice de textos: Jessica conoce el mundo de la literatura desde adentro, desde lo organizativo; casi siempre es este el eslabón menos tocado o mencionado de todo el proceso de promoción autoral o editorial. A pesar de que aún es inédita, que no prueba ventura en los concursos, que escapa incluso a la dinámica de los proyectos editoriales, esta joven autora —en silencio, desde el silencio— orquesta su mundo poético con la paciencia de un orfebre.

Y con paciencia de orfebre, también, me contestó esta entrevista.

Como poeta, como creadora, ¿has encontrado ya una definición para ti y para la literatura que haces? ¿O prefieres mantenerte viva sin etiquetas, sin definiciones, sin sellos estéticos?

Yo no me encuentro aún, no autodefino en seco lo que soy ni lo que escribo. Pero me prefiero viva, sí.

Siento que traigo el signo de buscarme sin dar conmigo, de ir tanteando espacio, con el ahogo de escribir al borde del mundo, al borde de mí misma, con los límites dilatados, escrutando. Estar en el no lugar es lo que me hace escribir. El día que encuentre sitio o lo que fuere estaré lista para la manufactura del poema y eso no lo quiero.

¿Cómo transcurre tu proceso de creación? ¿Tienes alguna rutina, alguna manera especial de crear, algún espacio?

Es curioso: era primavera cuando me preguntaste algo semejante en el espacio Punta de Flecha y yo expuse casi un ensayo sobre mi proceso creativo, hablé con la certeza dura de una tesis doctoral y desde la sinceridad desnuda, como ahora. Entonces, estaba escribiendo a mis anchas, fértil. Ya todo eso se ablandó. Hoy te respondo con el temblor de llevar casi tres meses sin encontrar la ecuación que me haga romper y llegar a un poema. Tengo el móvil lleno de bocetos porque la idea me agarra en movimiento y sin aviso. Casi siempre en las ventanillas, los bordes, las hendijas (puntos de mira), de súbito se me revela un Yo enfrentado a la existencia, con la ciudad, su caos y la gente de fondo, en un distanciamiento raro, como si ellos y yo misma fuéramos hormigas fútiles, hermosas y condenadas.

Por lo general, ando escuchando música (la que me gusta) y el contraste es casi litúrgico. Lo de condensar ese mundo y aliviarme no se me ha dado últimamente y eso me angustia; aunque sé que es puro tránsito y que el creador es un rara avis, un animal caprichoso. Ya ves. La fórmula del aislamiento, la fermentación emocional y el diálogo con mis monstruos deliciosos se me resiste. Era mi modus.

En este minuto todo está sedimentándose, nucleado, expectante.

¿Cuánta importancia le confieres al término generación/promoción? ¿Consideras que existe una generación/promoción de autores jóvenes cubanos en este momento?

Importancia teórica, nominal. Una promoción la hay de seguro desde ese prisma crítico (que no me compromete). Yo escribo como soy y desde mí, como una isla pero, ¿soy una isla, estoy sola?

Siempre, aunque se intente lo contrario, uno pertenece y es enlistado, cuando menos, en listas negras y ácidas. Cuando pase el tiempo —y si acaso se logra hacer algo que trascienda o que al menos sedimente en algún sitio— entonces ya los cronistas y los que inventan la historia te emparentarán, ya sea por época, vecindad, tópico o capricho. A mí no me preocupa el asunto, ni siquiera quedar.

¿Sería útil fomentar la aparición de un grupo generacional literario? ¿O piensas que la poesía, andando, se encuentra y une?

Formar un grupo es un desarraje utópico y yo diría que hasta romántico… y es que encontrar afinidades es complejo en el sentido sapiens más amplio, no ya hablar de aproximaciones estéticas en este mundito de individualidades feroces. Eso es el doble de difícil. Un grupo de locos artistas mirando en la misma dirección, hoy, ahora, sería un empeño noble, quizás, para salvar algo grande, humano, cultural más que literario; sin marcas en el lomo, lobos esteparios que se convocan. ¿Será que el poeta es el lobo del poeta?

¿Son los concursos estrategia o necesidad para los autores? Si acaso alguno de estos términos no te acomoda, coméntame cómo los clasificarías.

El concurso es un trampolín, necesitas valor para tirarte pero no tanto, más que nada necesitas escribir con decoro y tener suerte para que el salto te haga visible. Ganar es visibilidad. A mí la pereza me aguanta (demasiado, pareciera) pero luchar contra mi ritmo cardíaco y en materia de concurso, creo que no, no vale la pena. Ando a mi tempo. He sido parca en los intentos, sobre todo porque me ocupa aquello de escribir algo digno, no sea que tenga el infortunio de ganar con un libro malo. Eso no lo quiero.

¿Está nuestro pequeño país literario, nuestra ínsula, lista para enfrentarse a los grandes mercados editoriales, para la gran competencia… o piensas que posee otra fórmula para alcanzar el éxito?

Los asuntos del mercado editorial y la literatura no por fuga ni misterio me tocan de cerca, hace un tiempo trabajo en la Cámara Cubana del Libro y me enfrento al tema en el cotidiano. Los avatares de nuestros libros en el mare mágnum editorial no me son ajenos y menos cuando he corrido la aventura de lanzarme a organizar la presencia cubana en eventos como las Ferias Internacionales del Libro de Guadalajara o Buenos Aires, espacios donde el capital ciertamente cuenta y se ve. En Cuba tenemos una potencia intelectual real y una reputación literaria merecida que nos precede, pero el libro, el objeto per se —y por razones harto conocidas— a veces se nos queda atrás al lado de los grandes monstruos editoriales del continente y el mundo.

Garantizados un buen autor y una obra dura, existen maneras de hacer el libro atractivo más allá de la buena imprenta, hay que decirlo: poner frescura en el diseño y trazar una estrategia promocional eficaz son elementos que dependen del ingenio más que de los recursos. Ahora, en materia de contenidos (y por aquello de vender) el mundo a veces va por una acera y yo hasta me alegro de que nosotros sigamos por la nuestra, que no es la del sol, creo.

¿Cuáles son las principales necesidades de un autor joven cubano en este momento?

Las mías, no puedo hablar más que por mí y desde mí: necesito escribir. Me urge. No le pido nada a nadie. No necesito más.

¿Qué importancia le confieres, en tu propia escritura, a conceptos como inspiración, rigor, dedicación, oficio, media, promoción de la obra?

Todo depende del prisma, de la proyección propia, de lo que es para uno la poesía. Yo no vivo de ella, ni siquiera por ella. La poesía está, pre-existe, y yo cazo polillas con la mano cerca de la luz, compongo, intento, leo el mundo, paladeo, busco. Eso se da como la necesidad. Impulsa, tienta, seduce como a la polilla misma la luz. En la poesía hay una pregunta y una respuesta, una inquietud y un alivio, es una fruta dicótoma. Necesito de ella, busco en mí, en la poesía; eso se da como un deseo y como una urgencia. Crea adicción, es una vía, un modo de soportar. Veo en la poesía arte, un producto universal que rebasa lo humano: es misterio. Y eso no se puede manufacturar sin daño. Lo intenté una vez y sentí vergüenza.

¿Son las nuevas tecnologías una herramienta para ser aprovechada por los escritores? ¿Cuáles serían, a tu entender, las mayores ventajas y desventajas de su uso?

Lo son, sin dudas. Las redes, los dispositivos y las pantallas son parte somática del hombre moderno y hay sujetos y vidas que solo pasan por lo digital, alter egos, por muy futurista y extremo que parezca. Ahí, en los lenguajes binarios, hay un mundo paralelo real y palpable, eso es un ya, un ahora. Y si el hombre vive y piensa en esas plataformas, en ellas hay un terreno humano real también para la literatura. A nosotros, que quizás en algún momento nos lleguen el caos y la distopía, nos marca el ritmo del país, la maldita circunstancia del agua por todas partes y sus etcéteras. El horizonte que abren las tecnologías, las redes, la confusión de los sentidos, la promiscuidad del dato, lo viral, son ventaja y trampa: yo las quiero, hay que abrir el arco del ojo para saber mirar.

¿Quiénes son los poetas? ¿Por qué escribir poesía, hoy, todavía, cuando tantas cosas se han perdido en el mundo? ¿Sirve la poesía para algo? ¿Cuál es su utilidad?

Veo al poeta como un ser que padece, una criatura hipersensible abrumada por su condición de ser, que observa, descubre y describe, un mirador, un ojo apoyado en el balcón de su cuerpo, un vigía. Yo, que no me digo poeta, me veo sobrecogida, propensa a la tristeza, quebradiza, a veces soy una tribuna, otras un solitario banco de parque. El padecedor es un hombre, una mujer, un cenizal, un árbol, un zopilote, un perchero, un payaso, un niño, un suicida. El universo visto como luz pasa por cada uno de nosotros, persona-objeto, y devuelve un reflejo informe, único, maravilloso. Si es útil o no, depende del iris del otro. Escribo porque la deglución me cura.

La poeta que eres, ¿tiene algún miedo? ¿Qué experiencia del mundo, que ángulo de la realidad, te interesa visitar con tu poesía?

Tengo miedos, sí, y hasta pánicos, pero por autopreservación te diré sólo los más nobles: temo perder la sensibilidad de mis dedos, el control de mis manos, temo la anestesia de cualquiera de mis sentidos, casi tan terrible como la pérdida misma. Temo a la falta de voluntad, al anquilosamiento, asumir ser el lago como condición permanente mientras en el centro de mí, comprimido, se agite el mar con su libre albedrío.

No busco tópicos, no me funcionan los pies forzados, no me obligo, escribo la angustia de ser o de no ser, cuando quiero y puedo decir, cuando se da.

Si tuvieras que salvar una palabra (quizás tres), en todo el mundo, ¿cuáles serían?

Cómo pedir un único deseo que los garantice todos.

Con ese riesgo salvo sólo un recipiente, en mi lengua nativa.

Aquilato su forma y contenido, su naturaleza de vehículo, música, imagen y mito.

Siete letras.

Salvo la Palabra y me salvo con ella.

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  • Hermosa entrevista, salida del artificio mas sublime de dos mujeres, poetas, amigas, que se alzan desde sus propias voces para hacer brillar mas el el sol.

    Milho

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