La dramaturgia es un acto de libertad

Es una de las personas más sonrientes que conozco. Su obra no carece de los rebordes filosos de la realidad que nos ha tocado presenciar, pero el optimismo siempre sobrevive en ella. Laura Liz Gil Echenique existe con poesía y esperanza. Destila poesía y esperanza. Somos amigas desde hace mucho.

Nos es difícil coincidir en un mismo espacio físico pero, de una manera y otra, la literatura y la dramaturgia nos conectan a través de las redes, los correos, el Facebook. El arte es, para Laura Liz, un acto de libertad. Me atrevería a decir más: el arte es, para Laura Liz, un acto de fe que regala a todos aquellos que hemos podido leerla, conocerla y quererla.

Hablemos un poco de tu formación: estudiaste primero oboe, luego te graduaste en la especialidad de Escultura por la Academia de San Alejandro, más tarde arribaste al mundo de la dramaturgia. Se imponen varias preguntas: ¿cómo llegó el camino del arte a tu vida?, ¿cómo nació la vocación y por qué elegir lo plural?

Mi abuela materna siempre quiso ser artista pero no tuvo la oportunidad, cuando yo nací sembró las primeras uñitas que me cortó en una mata de rosa porque decía que cuando la mata creciera yo me convertiría en una artista. Me gusta creer que esas uñitas y el apoyo que todos me dieron fueron los responsables de que, desde muy pequeña, me inclinara hacia el camino del arte.

“Mi madre es la persona más paciente y dulce del mundo; mi padre, por su parte, el más entusiasta. Ambos me criaron escuchando música desde que estaba en el útero y leyéndome cuentos. De muy pequeña ya inventaba historias y las actuaba, mi madre era mi ayudante, mi público, mi mayor agente literario; mi padre, por su parte, buscaba espacios para que yo compartiera con la gente aquellas primeras inclinaciones.

“Sin esos apoyos quizás me habría tardado más tiempo y la habría pasado mal, aunque habría llegado al arte eventualmente. Creo que la vocación por el arte es para mí una necesidad, una forma tan natural de entender la vida como puede ser el aprender a moverse o a comunicarse. Era y sigue siendo mi manera de entender y establecer un puente con el mundo. La pluralidad nunca fue un objetivo, fue parte natural del proceso de búsqueda y lo sigue siendo.

Laura-Liz-Gil-Echenique2“No existen muchas distancias entre ninguna manera de hacer, a veces hay cosas que pueden ser dichas o cuestionadas o razonadas de unas maneras y otras veces de otras. La música fue lo que hice profesionalmente primero, pero antes de eso ya inventaba historias, bailaba, recitaba, dibujaba todo el tiempo. Los niños no entienden de separaciones y creo que eso es algo que debemos aprender también los adultos.

“Siete años estudiando nivel elemental de música no saciaron mi necesidad, al contrario, me hicieron sentir que estaba lejos de lo que quería; por un lado porque no soy un genio de la música así que había cosas que para otros eran naturales y que a mí me costaba comprender, y por otro porque la educación musical no siempre está orientada hacia el desarrollo de la creatividad, la expresión y la felicidad, sino hacia la disciplina y la repetición.

“Durante un tiempo sentí que la música, en lugar de acercarme, me alejaba de mí misma y creo que eso me hizo separarme de la música a medida que me acercaba a la adolescencia. Tuve una profesora que, sin embargo, me hizo sentir que había ahí un camino y que era un camino más allá de ese rigor necesario, más allá incluso del tocar un instrumento: era una senda ligada a la pasión, a la entrega, a la constancia.

“A Miriam Valdés le debo mucho más que mis mejores clases de piano, le debo el apoyo y la confianza para seguir la búsqueda y el aprendizaje. Entendí con ella que, por muy caótico que esté el mundo a nuestro alrededor, nuestros instrumentos, nuestros libros, nuestras herramientas de expresión y trabajo deben ser un oasis y hacer la diferencia”.

¿Tu dramaturgia está intervenida por los distintos campos de saberes que conforman tu universo?

Mi dramaturgia es mi intento constante por organizar la manera en la que me vienen las ideas: no tengo ideas textuales, tengo imágenes y sonidos que traduzco, que intervengo. Yo no puedo escribir sin tener una banda sonora, no necesariamente música, a veces son solo sonidos, o ritmos, o un metrónomo.

“Cuando escribo en silencio es porque tengo intenciones claras al respecto. El universo sonoro es increíblemente poderoso. Si me preguntaras qué me interesa generar con una obra te diría que mi paradigma es un buen concierto de jazz en vivo. No hay nada que se parezca  más a la sensación de libertad, complicidad y conmoción que busco que lo que en mí genera un concierto así.

“No siento la dramaturgia únicamente ligada al texto, creo que un dramaturgo podría trabajar en cualquier cosa siempre y cuando dominara los códigos y los fines para los cuales lo hace. No necesariamente tiene que ser el arte su finalidad. Todo en la vida tiene una dramaturgia, desde la organización del tiempo hasta el menú de una comida. Todo precisa de un buen diseño de viaje y mezcla de sensaciones.

“La dramaturgia es una manera de organizar estímulos. Por ejemplo, la publicidad tiene una base dramatúrgica muy potente porque al intentar manipular al consumidor se apropia del poder de llevarlo desde la nostalgia hasta el deseo, o la museología, o la culinaria. Hablo de esto porque es una de mis grandes pasiones dramatúrgicas: cuando se prepara una comida uno debe saber adónde quiere llevar las sensaciones de quien va a comer, uno debe balancear los sabores, la forma de la comida, la manera en la que temporalmente van llegando a uno.

“A través de una cena se puede llevar de la mano a alguien desde su infancia hasta sus sueños para el futuro y generar tantas o más emociones que con una película. Se puede hacer cualquier cosa siempre que se haga conscientemente y trabajando mucho: la dramaturgia es un acto de libertad y una búsqueda constante”.

¿Qué experiencias de lo real integran tu trabajo dramático? ¿Crees que la escritura teatral se apropia solo del mundo real o existe otro universo de experiencias del cual es posible nutrirse?

La realidad es una fuente inagotable de referencias. Sin embargo, todos experimentamos la realidad de forma distinta. Mi relación con lo real se da a muchos niveles, a veces es desde un juego con los opuestos, los absurdos, lo imposible y otras casi un ejercicio preciso de observación. En cierta ocasión me dediqué durante varios días a solamente apuntar aquello que sentía (veía, olía, escuchaba, etc…) durante el lapso de diez minutos.

“Salieron textos muy lindos pero yo sentí que había en el crédito de los textos una cierta estafa, porque eran no más que instantáneas contadas. No creo que exista entre ficción y realidad una separación muy grande. Para mí el límite es tan confuso como el de la espuma y el café. Casi podría afirmar que todo es una ficción, porque pasa por el relato ordenado de nuestra sensibilidad que lee, de una u otra forma, lo que la realidad propone. La imaginación es lo que construye el relato de lo real.

“La realidad entonces me nutre desde muchísimos sitios, pero también otras ficciones ya elaboradas: libros, cine, música, arte culinario, etc… Eventualmente todo se vuelve una fuente. El ser humano es un ser de hábitos y de mímesis, para escribir mucho ayuda leer mucho, saber cómo otros hicieron lo que estás haciendo ahora, ya sea para acercarte o alejarte de su forma.

“Por supuesto, hay que vivir, tampoco creo ser una escritora que se pasa el día en casa enganchada del librero, cuando más escribo es cuando estoy viviendo mucho y cuando me muevo”.

¿Cuál crees que ha sido tu paso esencial en tu trayectoria como artista?

He tenido pasos importantes, momentos en los que he aprendido mucho, pero si dijera que hay uno en particular, uno solo, estaría mintiendo y dando por sentado que hay un antes y un después. Cada cosa que he hecho y continúo haciendo es resultado de un proceso anterior y la preparación para un proceso futuro: las cosas están siempre en movimiento. Si examino o afirmo que hay un punto decisivo estaría sintiendo que llegué a algún lugar, o le estaría dando importancia a llegar a algún lugar. Yo lo que quiero es no perder el ansia por hacer, por desdecirme, por no regodearme en un solo punto del camino

Eres parte del colectivo artístico interdisciplinario Traficantes, compuesto por artistas de seis ciudades de América Latina. El colectivo ha sido becario en diversas residencias internacionales, ¿cómo nace esta experiencia?

Traficantes nació como un gesto de amor, de fe y también como una necesidad de crear puentes por encima de las distancias geográficas, sociales, económicas, culturales e incluso emocionales. Nos conocimos en Bogotá. Éramos todos becarios del Encuentro Internacional de Artes Vivas Experimenta Sur 2016, algunos de nosotros estábamos hospedados en la misma habitación, otros nos conocíamos de antes o simplemente nos caíamos bien.

“Nos reuníamos para conversar, para pensar sobre lo que estábamos viviendo y así nació la idea de hacer un proyecto que nos permitiera encontrarnos otra vez. Yo llegué un poco por azar y porque mi amiga Leonor Courtoisie, a quien había conocido un año antes en Bogotá, me invitó a estar en aquellos encuentros ocasionales que se convirtieron poco a poco en una obra para presentar a un fondo de coproducción de Iberescena.

“En el grupo hay gente brillante que preparó un millón de papeles para que fuese posible y el proyecto ganó el fondo: un año después estábamos en el mismo hotel en el que nos habíamos conocido contándole a todos sobre el valor de las correspondencias. Con el colectivo estuvimos también en Matadero Madrid en la residencia Terreno Común que Siemens Stiftung estaba co-produciendo, y en Argentina como parte de la programación de Panorama Sur 2017.

“Hicimos allí una conferencia performática y una obra también de Correspondencias, que fue una de las mejores experiencias que viví. Fue una obra un poco invisible, porque solo pudieron verla aquellas personas que se habían anotado para recibir las cartas y con quienes luego quedamos en una cita a ciegas en varios bares tradicionales de Buenos Aires. Esa, para mí, fue una pieza definitoria: me hizo entender para qué estábamos haciendo esa obra y también me hizo reconectar con el sentido de Traficantes aunque el grupo en ese momento se estaba reestructurando.

“Ha sido un viaje y creo que lo seguirá siendo. Es complejo el trabajo grupal, pero es gracias a esa complejidad que se aprende tanto, yo sigo teniendo muchas ganas de continuar. Hay una obra que empezamos en Mapa teatro en 2017 partiendo de un tatuaje y que debemos completar en 2024. Eso es una alerta en mi agenda de ese momento y espero que los siete que estuvimos ahí podamos estar en 2024 pese al tiempo transcurrido”.

Se impone hablar del taller para jóvenes dramaturgos del Royal Court Theatre de Londres en su última edición cubana. De esta experiencia nació tu texto Callejón Desagüe, el cual que te ha brindado múltiples alegrías y reconocimientos tanto en Cuba como en el mundo, ¿de qué habla la obra?, ¿crees que su éxito radica en que supo encontrar las esencias universales de lo humano?

Desagüe, que es el título con el que hemos estrenado, habla de permanecer, de cómo incluso cuando no estamos en movimiento, el resistir puede ser una manera de luchar por algo en lo que creemos. En este caso, la protagonista lucha por su familia, por mantener su fe pese a lo que va sucediendo en su vida durante dos años y también pese al contexto en el que está y a su juventud.

“Mencionas la palabra éxito, esa es una palabra muy peligrosa, porque depende de circunstancias muy precisas. Demanda, eso es cierto, mucho trabajo y constancia para lograr algo, pero requiere también de suerte, de contingencia. En el caso de esta obra en particular creo que hay algo de ella que para mí tenía que ver con la urgencia de escribir, ensayar qué pasaría con los hechos históricos que estaban sucediendo cuando comencé su escritura.

“Por primera vez quise ser lo más aristotélica posible: por un lado porque era una obra que quería escribir para la generación de mis padres y de mis abuelos, y debía utilizar recursos que ellos conocieran y con los que se sintieran cómodos; y por otro lado porque quería demostrarme que era capaz de escribir algo que se inscribiera de alguna forma dentro de una tradición más costumbrista del teatro cubano.

“Era en ese sentido un juego/reto estilístico. Yo necesitaba contar que existían diferentes opciones ante una misma realidad,  necesitaba contárselo a personas de distintas generaciones y que no fuesen las habituales que consumen un teatro más “experimental”. A pesar de que la obra es una pieza con una carga de tristeza, hay cierta dosis de humor, que salió sin buscarse y, por supuesto, hay esperanza, porque es algo que creo que necesitamos. O que al menos yo siento como artista que a veces es necesario proponer.

“Todas estas ideas de las que hablo, a pesar de situarse en un contexto espacial y temporal precisos también podrían suceder en cualquier sitio. Hay un momento donde un personaje dice: “¿tú crees que eso es solo en este callejón?”. Yo confío —y cuando se ha mostrado la obra fuera de Cuba lo he constatado— que al final, el punto radica en que hablamos de los mismos temas universales, lo que cambia y lo hace especial son los matices en el tratamiento del habla”.

¿Qué tipo de escritora, de dramaturga, te consideras?

Me considero alguien que no puede parar de crear algo, de intentar establecer desde ahí vínculos con los otros. Creo que, más que definir una poética específica, podría hablarte de intereses que están más allá de lo formal, intereses temáticos o intereses de vida. Yo, si dejo de escribir, de imaginar cosas y compartirlas con otros me enfermo, me empiezo a poner mal, para mí la creación es un acto de supervivencia.

“Me apasiona la forma en que nos relacionamos. Me pregunto qué es el amor en sus muchas variantes, cómo hablar desde el amor y cuestionar el amor al mismo tiempo. Siento que todas mis obras —los textos teatrales, la narrativa, la poesía, las artes visuales, el performance, mi trabajo en la radio y mis actuales incursiones en el audiovisual— están en diálogo con estas obsesiones. Trato de no tener certezas, cuando llego a un punto donde puedo encontrar una certeza me preocupo y busco estímulos, amigos, experiencias que me hagan salir de ahí”.

Creo que eres, si no me fallan los cálculos, una de las dramaturgas cubanas que ha tenido una mayor experiencia como becaria en diversas residencias nacionales e internacionales. Esto te ha permitido ir más allá de las fronteras territoriales de tu país pero, ¿qué te ha aportado como autora?, ¿qué nuevos universos has encontrado en otras realidades que no son las de nuestra nación?

Me considero alguien con espíritu nómada, me gusta tener un puerto a partir del cual parten muchas de mis preguntas y también mis referentes, mis memorias, mis nostalgias y mis sueños de futuro. Sin embargo lo asumo como eso, un puerto al que siempre regreso pero que necesita poder estar en diálogo con otras naves, puertos, realidades.

“Cada residencia ha sido distinta y me ha dado algo diferente. Pero sobre todo me ha dado amigos, personas que han pasado a formar parte de mi vida y con las que salgo siempre de mis zonas de confort. También siento que poder dialogar con otras realidades te hace valorar y comprender mejor tu propia realidad y desde dónde te sitúas en ella para escribir/ crear”.

Recientemente se estrenó tu texto Desagüe, con puesta en escena de Yailín Coppola y dirección general de Carlos Celdrán. Para nadie es secreto que Argos Teatro es uno de los colectivos teatrales más admirados y queridos por el público cubano. Luego de dos temporadas, ¿crees que ha cambiado algo en Laura Liz después de ver su obra en escena?

Sí, estoy convencida, he cambiado mucho, y eso es algo que el maestro Carlos Celdrán sabía cuando me invitó a acercarme al grupo y le propuso mi texto a Yailín Coppola. Ya no soy la misma que escribió esa obra hace unos años, lo cual significa que cada día que quería hacer un cambio al texto comprendía, junto a Yailín, que hay un punto en que una como dramaturga debe asumir que la obra ya tiene vida propia, lo único que se puede hacer es aprender y seguir con otros procesos.

“También uno comprende el valor de saber dialogar, de establecer mayores vínculos entre director/dramaturgo y cuán útil puede ser eso en el trabajo de ambos. Espero que sea solo un comienzo y que la colaboración continúe. Lo he disfrutado y lo he sufrido mucho, en el mejor de los sentidos. Estaré siempre agradecida a Carlos por darme esa oportunidad y a Yailín por entregarse a la obra hasta hacerla suya.

“El montaje es un incentivo y un voto de confianza, no para hacer una obra que retome lo que hizo que Desagüe tuviese aceptación, sino para pensar en esas zonas vacías que es necesario deje el texto para establecer un diálogo con el director y el resto del equipo. También me ayuda a recordar que, lo que sea que haya hecho a Desagüe especial, fue precisamente el haber sido escrita sin pensar en si iría o no bien: fui sincera y seguí mi intuición en relación a esa escritura en particular.

“Muy pronto estará fuera de imprenta, como parte de la Colección Aire Frío de la Casa Editorial Tablas Alarcos, el libro. Esta publicación llegó a mí gracias al Premio de Dramaturgia Abelardo Estorino para autores menores de 35 años que recibiera la obra en 2016”.

¿Crees que el teatro cubano está listo para recibir textos que no sean, precisamente, los de la tradición realista?

Existe un público para todo. Estar o no preparado no debe condicionar el que se haga algo. No sabremos a ciencia cierta si el público está preparado hasta que no se intente. El diálogo, la convivencia y el crecimiento no se dan porque todos hagamos o pensemos lo mismo sino porque, pensando y haciendo distinto podemos aprender los unos de los otros y proponer al espectador algo que quizás sin saberlo estaba buscando.

Los premios no escasean en tu vida. Recientemente, escuché a una reconocida autora cubana que refería que los reconocimientos eran una carta de muerte para un autor joven, ya que eso los convencía de que su obra era perfecta y no inmadura. ¿Crees, de alguna manera, que participamos de una cultura que solo “reconoce” como buena escritura a aquella que realiza un autor de avanzada edad? ¿El talento marcha en consonancia con la vida física de un escritor o forma parte de otra realidad, dirimida por constantes espirituales y por el trabajo duro? Para ti, ¿ser joven es sinónimo de inexperiencia?

Los premios y los reconocimientos son un incentivo, en algunos casos una ayuda o una puesta en contexto que te impulsa a seguir, pero es responsabilidad de cada uno no dejarse arrastrar por esa aceptación momentánea de algo. Cada etapa tiene un encanto particular: decir que los jóvenes no deben ser reconocidos es mutilar la posibilidad de que lleguen a ser personas con experiencia, es limitar su trabajo y hacerles creer que no valen cuando en realidad existe mucha potencia en ellos.

“Hay algo de la escritura y de la creación que —aunque obviamente precisa de herramientas, de conocimiento, de referentes, de horas de práctica— no de forma necesaria está dado con la edad. Si así fuese, todos los escritores brillantes habrían sido ancianos. Entonces, dónde dejaríamos a tantos artistas que fallecieron siendo aún jóvenes pero que desde muy temprano legaron una obra sólida y sincera, por ejemplo, Rubén Martínez Villena que murió a los 32 años, Rimbaud a los 37, José Martí a los 42, Oscar Wilde o Charles Baudelaire a los 46, y otros muchos.

“Hay, además, en la juventud, un ímpetu que puede ser encontrado en los textos y que va combinándose y matizándose con los años. Por otro lado, no creo que sean iguales todas las juventudes y eso también se siente: muchas veces, leyendo a un autor encontramos una sapiencia vieja a pesar de que hable de un veinteañero en la contracubierta.

“Cada uno debe hacer en cada momento sin seguir tendencias o circunstancias, y escribir desde la necesidad. Por eso me interesa escuchar y compartir las preguntas y las visiones que tengo, aunque un mes después ya crea otra cosa: eso, aunque me aterra, también me maravilla, implica estar en constante evolución. También creo que protestar por no tener voz siendo joven nos aleja de hacer más y nos impide abrirnos espacios con trabajo duro. Aquellos que hoy tienen experiencia conquistaron los sitios que ocupan desde su juventud.

“No me gusta andarme quejando por lo que tengo o no tengo, estoy muy ocupada pensando en lo que quiero y necesito escribir o crear. Si uno está enfocado, los premios no te matan: te permiten mostrar lo que has estado haciendo y seguir adelante, creciendo y tomando experiencias. Eso sí, siempre y cuando el artista no se deje aplastar ni por lo que se espera de él ni por los cantos de sirena de los minutos de fama.

“Además, si es cierto que existen —digamos— opciones que privilegian la experiencia, los años en el medio artístico y en la vida, también es cierto que existen otras que están específicamente dedicadas a los que tienen menos edad. No por eso hablamos de que estemos quitando el lugar a los maestros. Cada uno, en cada momento, merece y debe tener su sitio.

“Hay viejos que han vivido poco y hay jóvenes que han vivido con una intensidad tal que sus años se multiplican. Todos tenemos algo para compartir y siento que deberíamos conocer que existe un valor en hacerlo sin temor y sin proponerse crear la gran obra. La historia ha dicho que las grandes obras no fueron escritas por gente que tenía una edad específica, ni fueron hechas pensando en ser las grandes piezas maestras en las que la calidad —pero también la suerte— las convirtieron.

“Seguramente hay muchas grandes obras guardadas en gavetas o tiradas en un cesto de basura porque alguien no se dio la oportunidad de apreciar su valor. También es seguro que hay otras muchas cosas legitimadas que quizás tampoco sean aquello que nos han dicho pero que estaban en el lugar, el momento y con la gente indicada.

“Por todas esas razones creo que es esencial saber para qué uno se dedica a hacer lo que hace y si realmente eso tiene más sentido que el ser reconocido o alcanzar popularidad en determinados sectores. En mi caso me interesa mucho saber cómo y por qué nos acercamos a los otros, discutir los modos en los que nos relacionamos y generar cuestionamientos, quebrar las cadenas de enajenación en las que la vida cotidiana suele enrolarnos. Por eso hago distintos “tipos” de obras, porque quiero dialogar con personas diferentes, de diversas procedencias.

“Sé que hay personas con las que puedo establecer un lazo a través del teatro, otras no buscarán la escena pero leerán; mucha gente quizás no haga lo uno ni lo otro pero pueden escucharme en la radio hablando de cosas simples con la misma pasión, o si no en otros proyectos. Se trata de abrir puertas y crear puentes entre círculos aparentemente distantes.

“Escribo para poder comprender y dialogar con el mundo que me rodea más allá de la edad. La edad en muchas ocasiones ha sido un problema: si los demás no conocen cuántos años tengo me juzgan a partir de mis ideas, de mis reflexiones, de mi forma de comportarme. Por tanto, a veces preferiría no tener edad, no hablar de eso, omitir la fecha de nacimiento en las biografías.

“Pero luego me doy cuenta de que cada cosa que tenemos nos distingue. Entonces, pues, abrazo mis años, mi lugar de procedencia, mi historia personal y trabajo con y desde ahí. Estas son las herramientas y los materiales con los que cuento para construir un puente entre la obra y el destinatario”.

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