La cuarta ley del movimiento (o la nueva piedra de Newton)

El universo es como un fuelle, vacío, pero su contenido
es inagotable. Cuánto más se mueve, más produce.
Lao Tsé

Las leyes más básicas del mundo físico actúan en relación a un elemento en común: el movimiento. Su presencia o ausencia determinan los fenómenos perceptibles para nuestros sentidos a cualquier nivel de la materia; al menos, así lo hemos comprendido hasta la fecha. ¿Ocurrirá de forma parecida en el mundo espiritual? En casos como el de la nueva propuesta pictórica de Katerine de la Paz esta pregunta se convierte, definitivamente, en afirmación.

Quien conozca su obra anterior puede adivinar el origen de estos ¿paisajes?; incluso, en su quehacer literario casi siempre poemas pequeños, narraciones breves o algún tipo de híbrido. Así, cada etapa de su obra viene a ser consecuencia de una inquietud fértil e inagotable. Esta continuidad la ha traído a un estado diferente sin dejar de ser la misma, como en la vieja metáfora del río.

De cualquier manera, la nueva etapa es un resultado tácito, nunca premeditado; responde más a la congruencia y la sinceridad que al desánimo por otros resultados igual de válidos. Ahora nos regala estas ¿abstracciones?, elaboradas con la entereza de quien domina su técnica, pero sigue cuestionando su propio universo creativo y su manera de ejecutarlo. Tal vez, además del evidente resultado visual, la novedad radica en la elaboración serena, como una respiración pura y profunda: mesura que produce desmesura.

mi-dolor-katerine-de-la-pazHurgar hacia atrás en busca de referentes es lícito y hasta esclarecedor, en tanto somos producto de una causalidad que se hunde en los inicios de la especie humana. Sin embargo, cuando una obra es auténtica (y ésta sin dudas lo es), esos referentes se mueven desde lo instintivo, participan en el mecanismo como parte de un engranaje mucho más abarcador y pletórico de complejidades. Quizá a posteriori confirmen la obra como ganancia artística y producto cultural para espectadores –especialistas o no–, pero sobre todo como satisfacción personal. Es imposible no intuir destellos de William Turner, del impresionismo –por supuesto– y alguna que otra denominación expresionista. Estas piezas no pretenden aislarse de esos referentes. Por el contrario, los adoptan y enriquecen en cada trazo, matiz o efecto conseguido.

Los cuadros, más que observarse, se intuyen. Logran conectar con el pensamiento de manera directa y sin prejuicios. Son ideas arrojadas a nuestro cerebro, que se burlan de percepciones meticulosas y obligan a aprehenderlas de una manera misteriosa, casi inexplicable. El movimiento descarnado de los pigmentos, algunos colores crudos y otros obtenidos, acoplados en una textura contundente, completan una composición donde lo más impresionante, acaso, no es lo que se muestra, sino lo que se mueve por debajo, esa fuerza de gravedad otra que tira de nuestro espíritu.

A diferencia de lo que algunos pudieran juzgar a primera impresión, Estados del alma no es resultado de la casualidad o de impulsos pueriles e irracionales, sino consecuencia de un hallazgo personal encontrado a fuerza de trabajo constante y riguroso. Este rigor es el que ha ofrecido a Katerine la soltura en la ejecución de cada pieza y el resultado final sobre el lienzo, con esa aparente ingenuidad que define a todo lo sublime. Ya lo dijo Krishnamurti: La libertad requiere de gran disciplina.

No obstante, esa tenacidad que hace del artista un obrero, no ha logrado arrancar a Katerine el pequeño trozo de infancia tan necesario para cualquier labor creativa. Desde el mismo hecho de crear las piezas con sus manos (literalmente y no por esnobismos o presuntas irreverencias obsoletas), hasta las motivaciones personales (acaso más luminosas de lo que aparentan algunos lienzos), la niña que habita en ella es la verdadera responsable de toda su obra: poesía que mueve esas fibras invisibles que nos pueblan adentro: una condición que a pesar de filosofías y religiones funciona de manera similar a las teorías del mundo perceptible: la cuarta ley del movimiento.

Es lógico imaginar que dentro de algún tiempo la veremos con inquietudes nuevas, no obstante ese hallazgo milagroso que ha sido Estados del alma. Entonces temblaremos de encanto o de miedo –a veces son la misma cosa–, ante el nuevo estado del alma de esta artista, quizá descrita siglos atrás por las palabras de Sir Isaac Newton: Me comporto como un niño que juega al borde del mar, y que se divierte buscando de cuando en cuando una piedra más pulida y una concha más bonita de lo normal, mientras que el gran océano de la verdad se expone ante mí, completamente desconocido.

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