La buena literatura solo puede venir desde la honestidad

Hace unos pocos años me presentaron a Agua pequeña, el primer libro de Asel María Aguilar. Entonces no sospechaba que la amistad se abriría paso, algunos meses después, al conocerla. Desde entonces, Asel María ha formado parte de ese mundo de referencias literarias que se encuentra cercano a mí, no geográficamente pero sí por las afinidades misteriosas del afecto. Conversar con ella siempre es placer y fiesta. En esta ocasión también los invito a ustedes a pasar y a compartir algunas preguntas, algunas respuestas y un poco de virtual café.

Tu vida profesional no tiene nada que ver con el mundo de las letras, ¿cuándo tomas el camino de la ficción y por qué?

Me decidí por la ciencia, la Geología, la microscopia óptica y electrónica; investigar ha sido y es una de mis pasiones. De pequeña le pedí a mi madre un telescopio de juguete pero ella, la pobre, escuchó mal y me regaló un microscopio pequeñito. Yo, que ansiaba las estrellas, tuve que conformarme con las células de la cebolla. De ahí probablemente el origen de mi vocación profesional.

Pero mi vida familiar, desde siempre, ha estado cerquita de las letras; prácticamente nací y me crie en la Casa de la Cultura de Manzanillo, entre artistas y reuniones de poetas. Cuando tenía once o doce años alguien me preguntó si estudiaría literatura o periodismo. Recuerdo que respondí, con mucha gracia, que alguien en la familia tenía que ocuparse de las cosas serias. Mi padre es poeta y me encanta decir que mi madre se hizo DJ cuando aún no existían las discotecas. Mi otra gran pasión es la lectura y me parece que ese vicio, la necesidad de leer más que comer, desde que tengo memoria, fue lo que me trajo a la escritura. Tuve que esperar tener más de treinta años para hacerla.  

¿Se decide ser escritor?

El impulso de escribir no me parece que sea una decisión, es un resorte más interno y más íntimo. Escribir una frase, borrar, desmandarse e intentarlo otra vez requiere genio y voluntad. Creo que lo que sí se puede decidir es dedicarle más o menos tiempo a la escritura, a investigar, estudiar y depurar el texto, a coger oficio. Poco a poco, lo que escribes empieza a parecerse a ti.

MUCHACHA CON FRIO ASEL MARIA¿Hasta qué punto marcan tu historia de vida y tu experiencia, aquello que cuentas desde la ficción?

El entorno familiar y Manzanillo —mi ciudad natal, vasta en tradiciones culturales y que todavía hoy conserva un encanto, una magia que no sé si viene del mar, de la glorieta o de sus gentes— influencian mi ficción. Pero más aún, las peripecias de mi juventud, las escuelas rurales, el trabajo en el campo, las marchas geológicas, la vecindad con la naturaleza y con la gente sencilla que tiene siempre a punto una palabra graciosa o una ayuda, influyen en la persona que soy y, por supuesto, en lo que escribo.

Entonces es cierto que mi vida y mi gente están muy presentes en mis libros. Me puedo imaginar que, al inicio, el escritor se toma a sí mismo como base material de estudio. Creo que, pasada esa fase de egocentrismo literario, es cuando viene la creación de veras, la genuina, las historias de pura ficción, el placer de tejer tramas donde el escritor goza mientras crea y no mientras recuerda.

Corre por tus venas sangre de poetas, ¿el don se hereda?

La genética debe de hacer lo suyo. Pero no creo que sea imprescindible poseer cierto gen para ser creador o poeta. La curiosidad y las vivencias, la belleza extrema, el dolor o la ternura, el detalle más mínimo que uno se pueda imaginar le pueden sacar la musa a cualquier hijo de vecino.

De alguna manera, la visión del emigrante está presente en tu trabajo. Pienso, sobre todo, en tu más reciente libro, Muchacha con frío. ¿Desde dónde, espiritualmente hablando, escribiste este texto? ¿Qué te interesaba contar?

Muchacha con frío viene desde la nostalgia. Lo escribí hace más de una década, pero también podría haberlo escrito ayer o cada vez que piso un aeropuerto y veo un pañuelo mojado o una familia que se distancia. Quería contar de los adioses y reencuentros, promesas y dolores. También quería escribir de paisajes recién descubiertos y abrazos de bienvenida. 

Ya sé que la emigración es un tema mil veces tocado en la literatura universal y ni hablar de la literatura cubana; pero no por trillado deja de calarme y darme frío. Es una suerte de historia sin fin. Hay temas y experiencias que uno lleva, por tiempo, como una cola o una mochila, hasta que un día los sueltas a bolina y si se elevan o se hunden, ya no importa. A esos relatos les di mil vueltas, los pasé mil veces por la criba de la nostalgia y les di vía libre.

Yo necesitaba escribir Muchacha con frío para poder seguir haciendo literatura.

Tus textos coquetean todo el tiempo con la literatura testimonial. ¿Un escritor exorciza su tiempo, su espacio, su experiencia de vida, a través del arte? ¿Piensas que tu trabajo apostará por otras vías de creación en el futuro?

El arte sirve, a mí me ha servido, para analizar y desterrar unos cuantos demonios de la época. Me refiero a asuntos de familia, la política, la moral y la cultura conservadora de los pueblos pequeños. El arte te acerca a la comprensión que es la premisa de la realización; te vuelve más ligero. Los escenarios geográficos y del pensamiento en los que se mueve el escritor moderno más allá del barrio o la ciudad natal, el mundo digital, el correo electrónico y la internet, con sus leyes y su propio lenguaje, son retos para el que escribe y al mismo tiempo, un mundo de infinitas posibilidades y personajes.

Lo que escribo actualmente se aleja del testimonio; pero te cuento que soy fanática a narrar en primera persona, me encanta esa intimidad, esa relación de amantes entre el personaje y yo. El erotismo hasta ahora se ha mantenido a raya en mis libros, situación que va a cambiar en la novela que me ocupa ahora mismo. Puedo imaginarme en el futuro incursionando en el periodismo, en el guion de cine y hasta en el humorismo, para aprovechar los momentos de borrachera seca que me vienen de vez en cuando.

Pienso, ahora mismo, en el personaje hembra, en el personaje-madre que aparecen constantemente en tu trabajo, quizás con mayor fuerza en Agua pequeña, tu primer libro, pero también de manera consciente en tu más reciente entrega literaria. ¿Hasta qué punto te interesa mapear la identidad femenina en tu narrativa?

La mujer es tan rica, hay tanta tela por donde cortar y da lo mismo que sea niña, adulta o anciana. Sí me interesa mapear la mujer en mi narrativa, en mil versiones distintas de sí misma: la madre, la hija, la hembra, la que sufre, la erótica, la creadora, la del poder, la que sucumbe. Mimar a la mujer y honrarla es mi manera de vivir y presiento que mi narrativa va a estar llenita de mujeres.

Hemos hablado un poco de tus dos libros hasta ahora publicados, Agua pequeña y Muchacha con frío. ¿Cuánto tiempo medió entre la escritura de uno y otro, y cuáles son las evoluciones más perceptibles que sientes entre ambos textos? ¿Piensas que el escritor tiene el deber de presentar siempre a su público una obra mejor que la publicada anteriormente?

Los dos libros los escribí en el 2006. Agua pequeña, el libro de mi hija Aitana, lo escribí en una noche. Fue como una estampida, esa clase de relatos que sencillamente una noche no te dejan dormir. Muchacha con frío lo terminé en el 2007, me tomó tiempo pulir un poco los relatos y más de diez años en publicarlos. De alguna manera, los dos libros tienen el mismo tono.

Con suerte y voluntad uno evoluciona para bien en el ejercicio de la escritura. Mi ideal es que el escritor presente cada vez una obra con un tono diferente y con más cuidado del lenguaje.

Para muchos no es secreto que el mundo de lo literario está plagado de luces y también de sombras, ¿cómo prefieres vivir la literatura?, ¿cuál es tu senda?

Tengo ganas de escribir historias, muchas historias por varias razones. La primera es que, dejadas atrás las angustias del escritor que comienza, la escritura me divierte, me saca las lágrimas de vez en vez, pero me hace gozar y reírme yo sola mientras escribo, sin dejar de ser una necesidad vital. Escribir me da tanto placer como la lectura y esa es una sensación muy nueva. Me gustaría, en lo adelante, lograr una prosa ágil y graciosa, desnuda de pretensiones y con más sentido del humor. Quiero escribir con sistematicidad y ese es el plan.

Ahora recuerdo a mi profesor de ETH Zurich, Robert Flatt, un hombre que no deja de sorprenderme como científico y como ser humano. Trabajamos en una universidad que ha generado 21 premios Nobel, incluido Einstein. Cuando alguno de sus científicos obtiene premio en algún congreso, el profesor Robert lo honra, lo felicita y además le pide de favor tomarse una foto usando unas orejitas de conejo rosadas, que él guarda para la ocasión. La idea es que los científicos celebren el éxito sin que, al mismo tiempo, se tomen demasiado en serio a sí mismos. Podría ser que esa es la clave para el buen trabajo y para atraer el espíritu creador. No sé si este principio, que tan bien funciona para la ciencia, se pueda aplicar a la literatura.

¿Has pensado alguna vez en escribir poesía?

No. Yo asocio la poesía con la síntesis, brevedad, imágenes.  No creo que se me dé bien; tengo la lengua muy larga y ganas de contar historias.

Eres graduada del Centro Onelio, ¿sientes que esa formación fue capital para tu desarrollo como escritora, o podrías haber prescindido de ella?

Fue indispensable. Aprendí mucho en el Onelio. Allí decían que lo mejor era estudiar las técnicas narrativas y después olvidarlas y eso fue lo que hice. Pero cuando escribo y los adjetivos están por colarse en mi texto, me acuerdo de Heras León y los mantengo a raya. Y ni muerta doy el parte del estado del tiempo al inicio de una historia, que para eso está Rubiera en el noticiero de televisión. Técnicas narrativas aparte, fui muy feliz en el Onelio. Cada sábado borraba los pozos de petróleo, los microscopios, la cocina y los quehaceres, y lo único que existía e importaba en el mundo eran los cuentos.

En la literatura, ¿qué es lo no prescindible para ti?

La honestidad. La buena literatura solo puede venir desde la honestidad del autor, sobre todo, para consigo mismo.

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