Janis, una mañana de estas vas a despertar cantando

Cuatro de octubre de 1970. Janis Joplin fue encontrada muerta en su habitación: yacía en el suelo, al lado de su cama, en el Landmark Motor Hotel, Hollywood Heights, Los Ángeles. Sobredosis de heroína, afirmaron los forenses. Probablemente bajo los efectos del alcohol, añadieron después. John Cooke –manager de Full Tilt Boogie– la encontró muerta y cree que Janis recibió accidentalmente heroína en una concentración más alta a la normal. Aunque esto le sucedió en otras ocasiones, esta vez no tuvo nadie que la socorriera.

Dejó sin grabar “Buried Alive in the Blues”, pero su instrumental fue incluido en Pearl, su cuarto álbum, lanzado de forma póstuma por Columbia en enero 1971, seis semanas después de su fallecimiento.

Foto: Ernesto Herrera y Adrian Aguilera Rodríguez

En su testamento, la famosa intérprete estadounidense de rock and roll y blues, nacida en Port Arthur, Texas, en 1943, dejó 2500 dólares para realizar una fiesta en su honor, en caso de una repentina desaparición. Las invitaciones, recibidas por alrededor de 200 personas, decían: “Las bebidas son por Pearl”, en alusión al apodo de la cantante. El 26 de octubre de 1970, en Lion’s Share, San Anselmo, California, los amigos cercanos de Janis Joplin bebieron hasta el cansancio en memoria suya, mientras se repartían brownies mezclados con hachís.

Seguiremos tu eterna fiesta por ti, Janis, le gritaron entonces sus amigos entre el humo y el alcohol, aquella madrugada en San Anselmo.

Foto: Ernesto Herrera y Adrian Aguilera Rodríguez

Seguiremos tu eterna fiesta por ti, Janis, parecen gritarle hoy –más de cuatro décadas después del fallecimiento de la intérprete y también con un suave olor a alcohol y añoranza– los integrantes del villaclareño Teatro sobre el camino con Las bebidas son por Pearl, puesta en escena de Elizabeth Aguilera Fariñas con dirección general de Rafael Martínez Rodríguez.

La pieza toma como hilo conductor la vida de Janis Joplin y nos acerca, sobre todo, a su parte más humana y sencilla, sin olvidar los hilos que movieron una época y consigo a uno de los principales íconos de la contracultura hippie. La anécdota de la fiesta póstuma y las bebidas en su honor resulta más que una alegoría o un simple leiv motiv poético para acercarnos a una de las voces más inusuales y sugerentes del rock and roll y el blues.

Las bebidas son por Pearl al mismo tiempo nos trae una época que sabemos –por peculiar, envolvente y sobre todo utópica– no volverá, como no vuelven los mejores años y como se añora, sobre todo, aquello que no se vivió, con un dejo de melancolía inclasificable, pero que tuvo el encanto –en ocasiones perverso, en otras inocente y místico– de voces y personas como Janis. La contracultura y el movimiento hippie, nos recuerda Teatro sobre el camino, nos hicieron soñar y creer que podíamos ser libres, empezando por nosotros mismos. Por eso nos convidan a celebrar con/por Janis mediante un paseo por algunos momentos de su vida en un ambiente que roza lo psicodélico y que nos subraya el compromiso de los artistas con su tiempo y sobre todo con la libertad.

El improvisado almacén de bebidas alcohólicas, uno de los logros mayores de esta puesta de Teatro sobre el camino, lo impecable de la escenografía, la organicidad de la misma y el diseño de luces, somos partícipes de una fiesta en honor a Janis, incluso bebemos con/por ella y por algo que ella misma representó: la libertad personal para alcanzar la plena. Quienes hemos visto otras obras de Teatro sobre el camino, incluso en pasadas ediciones del Festival Nacional de Teatro Joven, notamos una suerte de crecimiento en varios sentidos –actoral, escénico, dramatúrgico– en Las bebidas son por Pearl.

Hay piezas que nacen de esa especie de apropiación visceral, sentimental y emotiva por demás, entre los actores, el texto y el autor: en este caso entre Teatro sobre el camino, Elizabeth Aguilera Fariñas y la figura de Janis Joplin, mostrada en sus matices, no solo como una artista, con todas las peculiaridades intrínsecas en una época de libertad sexual, racismo, rock and roll y búsqueda de la paz, sino como aquella mujer, aquella chica de posguerra, que soñó con ser feliz y vivir mientras muchos de sus amigos marchaban por las calles norteamericanos y otros morían en las inhóspitas selvas de Vietnam.

Foto: Ernesto Herrera y Adrian Aguilera Rodríguez

Hay piezas que son así de desgarradoras –como golpes en el pecho más fiero– para quien la escribe, para quien la actúa. Elizabeth Aguilera Fariñas hizo las dos cosas: concibió y personificó a su Janis Joplin y nos entregó un fragmento de vida: de la vida de Janis, que es decir de la vida de ella.

No sabes lo difícil que es ser yo, nos dice Janis/Elizabeth y le creemos porque es necesario creerle cada palabra, con todo lo que lleva creer en algo así, porque se cree sin más.

Las bebidas son por Pearl, en las cercanías del happening y del performance, se sostiene en un texto apertrechado en una buena investigación y eso influye positivamente en la puesta en escena. Elizabeth nos muestra a una Janis muy suya: lírica, sensual, ídolo de multitudes, símbolo de la contracultura, pero también una mujer frágil, golpeada, alegre, viva sobre todas las cosas… y nosotros, ilusos, obnubilados, terminamos creyendo que esa mujer que aparece en el escenario con la caja de su guitarra a cuesta, entre tragos y tragos, esa mujer por momentos extravagantes y psicodélica como su música, esa muchacha que murió con solo 27 años, es real, es de carne y hueso. Lo mismo sucede con los demás personajes, interpretados con soltura y convincentemente por Abel Acosta Aguiar, Yasiel Fabá García y Pedro Oreilly. Acabamos creyendo, nuevamente ilusos, por culpa de ella, que Janis Joplin se ha tomado un descanso en su eterna fiesta y ha bajado un momento, aquí, con los mortales, lejos de la muerte y de la marioneta que la representa, muy bien introducida en la puesta, aquí entre las cajas de bebidas del almacén creado por Teatro sobre el camino, Elizabeth mediante, Rafael Martínez Rodríguez también mediante, para susurrarnos al oído dulcemente o frenéticamente, como solo ella lo hacía en los escenarios: One of these mornings you’re gonna rise, rise up singing you’re gonna spread your wings.

Las bebidas son por Pearl nos trajo una de las escenas más fuertes y hermosas vistas en los días del Festival: una escena climática, tempestuosa, donde la violencia poética –las luces, la visualidad casi cinematográfica del momento– se añade a la inusitada violencia visual: Janis, en una tina de baño, rebosada en espuma, semejando a la Libertad estadounidense, incluso con una corona similar, dulce y esquiva, perpetradora y perpetrada, coquetea con otro de los actores, que nos recuerda, por momentos, a Seth Morgan, el joven de 21 años, traficante de heroína y futuro escritor de novelas, la última relación de la cantante, quien la somete, la violenta, la ultraja, la penetra ferozmente.

Queda Janis maltrecha. Hermosa, sin dudas, también así, maltrecha. Queda Janis revivida y brindamos junto a ella, porque debemos hacerlo, por nosotros también, en un desenfreno psicodélico y vital. Aun más hermosa, Janis, que una mañana de estas vas a despertar cantando.

He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, escribió Allen Ginsberg en “Aullido”.

La obra no solo resulta una alegoría a la música de Janis Joplin y los sonoros y revolucionarios años 60, sino a todo un movimiento artístico que hunde sus raíces un poco más atrás y que nos llega en temas de Nina Simone, Billie Holiday, Jimi Hendrix, The Doors, The Dave Brubeck Quartet… además de la música en vivo de los propios integrantes de Teatro sobre el camino, Pedro Oreilly, Yaser Giralt y Yoandy Guerra, en una especie de fiesta sonora que se mezcla con reminiscencias, por momentos, del teatro musical –aquello parece de momentos un cabaret– y sus múltiples diapasones rítmicos.

Sin miedo a exagerar, creo que Las bebidas son por Pearl fue uno de los mejores momentos de esta edición del Festival Nacional de Teatro Joven: no solo por evocar a Janis Joplin, una figura cercana para muchos en varios aspectos, sino por una lograda puesta en escena, la escenografía y el desempeño actoral que nos mostró Teatro sobre el camino.

Quise por momentos abrazar a Janis/Elizabeth: cantar con ella, pedirle que me dejara, al menos, llevarle su guitarra. Yo que solo se escribir, Janis, sin otra manera de vivir que estar sujeto a la escritura, no pude estar en los conciertos de Woodstock, ni tampoco puedo, como otro inmortal, Leonard Cohen, dedicarte un tema como “Chelsea Hotel #2”.

En cambio aplaudí y celebré tu cercana presencia en Las bebidas son por Pearl, al alcance de la mano, sonora, húmeda, psicodélica, como un buen tema de rock: con su poco de melancolía y verdad.

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