«Escribir para concursos nos hace comerciantes…»

La conocí silenciosa. Es de esas poetas que se acerca poco, más bien tímida, como resguardada en cierta sombra protectora, que es a la par luz. Tuvo a bien enseñarme su primer cuaderno, «Anatomía del pozo», con la gentileza de quien tiene mucho para dar. Yessica Arteaga juega con la poesía, pero no es suyo el verso lúdico, sino la palabra que busca contar, decir, reformular…

No se contenta con un mapa para un fin del mundo posible. Aún inédita, esta poeta y escritora no renuncia a la creación, signa su destino de mujer en cada verso y no deja de preguntarse, día tras día, a dónde la conducirán sus pasos. No hay certidumbre, ella lo sabe. La poesía es el camino, ella lo sabe. “Se hace camino al andar”.

Por eso, sus palabras se cuelan a través de una página en blanco, se dejan provocar por estas preguntas que pretenden conocer quién es Yessica Arteaga, el ser humano, la poeta tras el verso.

¿Qué se necesita para ser poeta? ¿Es la poesía una decisión u opción de vida, o se nace siendo poeta?

Se necesita tener la necesidad de comunicar algo que se hace inmenso en el alma. Se necesita confiar en que las palabras bastan para hacerlo. Después, el verso se refuerza con lecturas, buena poesía, se buscan referentes que amplíen ese universo maravilloso, lleno de matices, formas, olores, con el que puedes alimentar cada uno de los sentidos, se amplía con vivencias. No significa tirarse de un paracaídas, ni explorar el mundo, sino cultivar cada uno de los momentos a favor de la poesía. Soy poeta, no porque alguien vino y con una espada me dio el título. Soy poeta de sentir porque desde la infancia encontré en los versos, una manera para conversar, una salida en este mundo de interrogantes.

Foto: Zurisaday Gómez
Foto: Zurisaday Gómez

No sé si se nace siendo poeta, algunos dicen que sí y eso les da un aire de seres especiales. Efectivamente, el arte tiene ese sortilegio. ¿Es una decisión dedicarse a la poesía? Pues hay dos vertientes: aquella por la que tomamos cierto día una hoja en blanco y escribimos, y luego le decimos al amigo: tengo algunos «poemitas» en casa; la otra nos hace plantearnos una temática y todos los días dedicarle tiempo, porque queremos hacer un libro, dos, tres. De cualquier manera, las dos llevan el enigma de la expresión. En ambas la poesía se vuelve una visita agradable, pero la segunda se elige como modo de vida, existencia, profesión…

Para ser justa con los que creen en la vocación, en el destino, yo nací poeta y es una decisión de vida.

¿Cómo llegaste a transitar el camino de la poesía por primera vez?

En tercer grado integré un taller de literatura en la Escuela Primaria República Popular de Angola. Ahora no recuerdo exactamente cómo formé parte de él, pero sí tengo alegres remembranzas de los profesores, de los encuentros. Allí se inició mi pacto con la poesía. Más tarde, en cuarto grado, me presenté al Concurso Nacional La Flauta de Chocolate y obtuve el Gran Premio. Fue un momento especial no solo por el hecho del galardón, sino por todo lo que significó dedicarle un poema a la escritora matancera Dora Alonso. Los premios te dan confianza, pero para mí fue un mensaje de alerta, forjó el sentimiento, la necesidad, la voluntad, el amor por este género literario. La poesía y yo nos elegimos mutuamente desde edades tempranas.

¿Cuáles consideras que son los principales retos de las promociones actuales, jóvenes, de poetas cubanos?

Los principales retos están asociados a la necesidad de reconocimiento o visibilidad que tiene la generación actual de poetas jóvenes. El arte, es un acto de comunicación. Por tanto, para materializarlo, necesitamos un público exigente y avezado que aprecie lo que haces y te integre a la lista de lo que «brilla o vale» en una determinada manifestación: el poeta de estos tiempos está ávido de este fenómeno. Voy a tomar prestado la expresión de Yoss cuando habla de relaciones incestuosas para referirse al hecho de que no existe la crítica literaria en Cuba y que faltan lectores. En cambio, tenemos amigos escritores a los que les damos nuestros trabajos y con gusto nos elogian, nos hacen apreciaciones de gran peso para mejorar.

Necesitamos caminos, nuevas formas de darnos a conocer, necesitamos oportunidades para crecer. Están los premios —una excelente posibilidad para que tu obra sea de alguna manera reconocida y publicada—, pero hace falta más. En mi opinión, estamos carentes de nuevas visiones, de proyectos culturales que resguarden a la literatura y sobre todo a la poesía. Escribir para concursos nos hace comerciantes, simples vendedores de nuestra creación y tu verso, tu poema va más allá de toda negociación. Por otro lado, están las editoriales que apuestan por autores consagrados o que, peor aún, no publican poesía. Hay que replantearse los criterios para publicar: un poemario no puede verse eliminado de un plan editorial sin antes valorar su calidad poética, qué parámetros prueban que un libro de un joven poeta no va hacer vendido si ni siquiera los editores hicieron una lectura especializada de este. Los poetas del presente necesitamos oportunidades…

¿Qué heredamos de los poetas del pasado? ¿O tal vez consideras que somos una generación autónoma, nacida de su propia experiencia poética, social, genética?

Lo que heredamos de los poetas del pasado es la elección de la poesía como medio de expresión, aunque para muchos, ella es la gran madre que elige a sus hijos y eso, por supuesto, nos hace especiales, mágicos…Todos tenemos referentes, los artistas nos alimentamos de esos vínculos prodigiosos que sustentan nuestras voces, es otra herencia que agradecemos. Pero somos fruto de un tiempo, de una etapa, hay inquietudes temáticas que se mantienen (la vida, la muerte, el destino, la soledad, etc.), pero las miradas o las formas de tratar esos asuntos pueden ser diferentes. No sabría decirte con exactitud si somos una generación autónoma, lo que sí podría asegurarte que tratamos de hacernos de una voz.

Cuando se habla de generaciones, me resulta difícil mencionar diferencias, dado el hecho de que no me considero parte de una en específico. Entiendo y me parece relevante que muchos artistas se consideren miembro de un grupo que defiende estilos, estéticas, formas de expresión semejantes. Hasta el momento, no he necesitado ser parte de un conjunto poético, una generación, para concebir poesía.

Un elemento diferenciador de los poetas jóvenes —además de los procedimientos para escribir— es el uso de las tecnologías como medio de promoción: Internet con sus múltiples herramientas, Facebook, Twitter, sitios webs, blogs, YouTube, etc., hacen posible que nuestras creaciones lleguen a un determinado público tanto nacional como internacional, sin la necesidad de intermediarios. El problema en este caso es el acceso a las nuevas tecnologías de la información, que en el caso de nuestro país es limitado.

Con lo anterior no estoy indicando que no existan los enfrentamientos generacionales, etc., todo lo contrario, siempre han existido y ubicar a alguien en una época, una ciudad, un momento, ha sido trabajo de historiadores, críticos, investigadores. Entonces, prefiero dejarles a ellos el trabajo de ubicarme o no, en algún momento de mi existencia, dentro de algún grupo poético.

¿Existe un debate, un verdadero debate, dígase a conciencia, entre las generaciones poéticas de la Isla, más allá de los criterios individuales, muchas veces susurrados y no compartidos?

Los debates generacionales siempre han existido. En algunos aspectos mantenemos las inquietudes de los poetas de otras generaciones y, por otro lado, surgen nuevas porque las etapas varían en cuanto a mercado, proyectos culturales, posibilidades y oportunidades. Uno de los debates a través del tiempo ha sido si la poesía vende o no. ¿Qué hacer para que los libros de poesía no se queden detenidos en una librería? ¿Es culpa de los poetas o de las editoriales? En este sentido considero que el problema sigue siendo la promoción y la divulgación: son insuficientes. No basta con editar un libro, publicarlo y ponerlo en dos o tres puntos de venta, hace falta explotar vías funcionales de comunicación. Otra realidad es la calidad de la poesía. Los poetas debemos hacer poesía inteligente, que no excluya al público, ni lo ofenda. La poesía es subjetiva, pero cuando la llevas a una editorial y —por tanto— a una librería, ya la estás poniendo a consideración de otras personas que tienen niveles de exigencia literaria, dinámicas de vida, lecturas y búsquedas diferentes a las tuyas; por tanto, tenemos un compromiso elevado con los lectores. Este es el punto de vista mercantil de la literatura, pero desde mi visión de joven poeta considero que el arte no puede medirse en términos de ganancia neta comercial sino en ganancia neta de cultura, de encantamiento del espíritu. Como dice un amigo narrador, cabría preguntarse si la editorial que publicó Los heraldos negros, del gran Vallejo, ganó algo con esa publicación. Pueden existir muchos otras vertientes a debatir.

Si tuvieras que aconsejar a un poeta joven, inédito, como tú; a otra Yessica que espera su turno, impaciente, para ingresar en el camino de las letras de Cuba, ¿cuáles serían tus palabras?

Mucha paciencia. Se debe confiar en lo que haces y sobre todo admirar la poesía, creer en su poder sanador. No dejar de escribir, buscar y alimentar a todas las musas y, por supuesto, leer buena literatura, los clásicos y los contemporáneos. Por el momento es lo que hago. A veces pierdo la confianza, pero leo un buen poema, me toca el abrazo de las personas grandiosas que me rodean, respiro, tomo vida y ando.

¿Qué espacios promocionales facilitan la labor del escritor?

Los espacios literarios de algunos centros culturales como el Centro Dulce María Loynaz; las becas, premios y eventos que en todo el país organiza la Asociación Hermanos Saíz; las redes sociales; los blog y sitios web institucionales y personales; algunos programas televisivos de la AHS. Estas son las áreas en las que nos apoyamos los poetas de mi generación, pero como señalé anteriormente faltan no solo nuevas formas para difundir nuestra obra, sino también el hecho de que no siempre podemos acceder a las que mencioné.

¿Existe la crítica en Cuba? Hablo de la crítica poética, literaria, la cultura del debate. ¿Somos, los jóvenes, una promoción inclusiva, o nos vamos solo por las ramas de la promoción individual; a decir, en otras palabras «sálvese quien pueda»?

No existe una crítica en Cuba literaria, mucho menos poética. En mi humilde opinión se debe a que hay muy pocos espacios que acojan a la crítica, por tanto hay casi nulo debate dentro de ella y los autores que se dedican a este ejercicio prefieren publicar en revistas foráneas. Considero que el fomento de la crítica respetuosa en las manifestaciones del arte ayudaría al desarrollo de la cultura en la Isla.

¿Si la promoción es inclusiva o individual? Yo diría que hay de las dos: instituciones que tienen como principal objetivo la promoción de las nuevas generaciones; escritores jóvenes que ayudan a impulsar el trabajo de sus contemporáneos a través de reseñas, artículos en publicaciones, sitios web e invitaciones a espacios como Punta de Flecha y creadores que realizan la promoción de su obra de manera individual. Algunos llevamos a cabo las dos. Otros se deciden por medios más sórdidos, independientes. Se ponen al tanto de concursos o descubren buenas alternativas de promoción y no la divulgan por miedo a que sus colegas le quiten la oportunidad de ser ganadores. En esto, también influyen las características del individuo, la educación, la crianza: no siempre el buen artista es una buena persona.

¿Crees en la ética de la literatura? ¿Cuál es tu propio sistema de valores como escritora?

Creo cien por ciento en la ética de cualquier tipo, en la conducta correcta, en el proceder honesto. Trabajar con ahínco sin destruir o subvalorar el afán de tus colegas. Me entristece la falta de ética.

No sé si tengo un sistema de valores como escritora, no pienso en eso a la hora de emprender una creación. Eso va más allá de la decisión de ser escritor. Es algo de raíz, algo que se aprende durante la vida y es necesario poner en práctica en todos los planos. Escribo, y sobre todo respeto la ocupación de los otros.

¿Por qué la literatura? ¿Adónde quieres llegar junto a ella o adónde quieres que te lleve?

La literatura tiene el encanto de las nuevas vidas. Trabaja con el lenguaje, es la arquitecta de las palabras y con eso puedes hacer todo: hablar de fresas y describir el olor que sientes al probarla. Si lo haces bien puedes llegar al olfato del lector y hacer que este se sienta seducido por el aroma de la fruta. Esta cualidad fantástica de inventar personajes, vidas, el morir y renacer, descubrir universos, fue lo que me hizo acercarme a los libros y ellos se convirtieron, desde entonces, en lo que necesito para respirar. Le agradezco a mi madre el gen de la escritura, ella fue mi primera y gran maestra.

Creo que es buen momento para citar a la traductora, ensayista y poeta mexicana Verónica Volkow, en cuya obra reflexiona sobre las posibilidades de la práctica de escribir: «Quizás la escritura es como coser heridas, ajustarse cicatrices inventadas frente a los boquetes de sombra que nos comen. Queda la tenue tinta de línea en el abismo, y con ella nos guiamos, nos tejemos ansiosamente, nos sustentamos y comprobamos que sí existimos. Hay una cuerda de luz contra la sombra.»

Quiero escribir. Si salen libros que la gente ame, feliz; si no, hay que seguir, mejorar. La elegí o ella me eligió, no importa, ya somos una. A dónde llegaré o a dónde me llevará, no lo sé, eso puede ser tema de otra entrevista.

¿Es un libro publicado la culminación de un camino para el escritor? ¿Un autor inédito puede en realidad considerarse un escritor?

Cada libro es un camino: en él siempre dejas un pedazo de tu vida, de tu tiempo. Es una historia que aunque sea de ciencia ficción (naves espaciales nunca vistas, planetas no descubiertos) el personaje principal, el secundario o el libro en cuestión refleja un estado de ánimo, una mirada, un rasgo del autor. Publicar es la meta del autor para ese libro, aunque ese camino no acaba cuando el manuscrito pertenece a una editorial. El lector o los lectores son los que ponen fin, el verdadero reconocimiento es ese. Sí, se puede considerar a un autor inédito escritor. Ser publicado o no, premiado o no, jamás debe ser el medidor para identificarte como literato, poeta, novelista. Solo nos hace falta la oportunidad, buenos mecanismos de publicación y jurados justos.

Ahora juguemos un poco: imagina un escenario de película apocalíptica donde el mundo está destinado a acabarse (tú escoges el escenario, puede ser cualquiera: catástrofes, enfermedades, lobos mutantes, zombies). Quedas tú sola y un libro, ¿cuál sería ese libro? ¿Y por qué ese y no otro?

Sería un libro de poesía, por supuesto. Ojalá me dejaran llevar varios, pero bueno, dijiste uno: Poemas sin nombre, de nuestra querida Dulce María Loynaz. Un libro de poesía no solo porque es el género que amo, sino porque es un libro especial, de una cubana del siglo XX con las mismas dudas y emociones que compartimos las poetas de mi tiempo: el amor, el desamor, la identidad de género, la sociedad, la naturaleza (la Loynaz nació en La Habana, pero tenía campos en el alma): Tú tienes alas y yo no: con tus alas de mariposa juegas en el aire, mientras yo aprendo la tristeza de todos los caminos de la tierra.

La literatura salva. Con este libro me estaría llevando al nuevo mundo elementos que pueden ayudar a construir un planeta, una roca, una selva, no sé, cualquier lugar para vivir. La poesía es una amiga que ampara.

Si me dejas llevar dos, uno en cada mano, escogería a Rayuela, del argentino Julio Cortázar… para que mis amigos narradores no enfurezcan. Es un libro digno de salvar de cualquier catástrofe, zombies, lobos mutantes, clones mortíferos. Es un libro de reflexiones, que trae —no sé si de manera consciente— enseñanzas para la vida. Tiene personajes bien logrados y sobre todo, poesía: […] hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu car [..] Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos… Es una novela de lujo.

Y en ese mismo universo de catástrofe, se te da la oportunidad de escribir un último verso, algo que resuma, en una sentencia, lo que fue la poesía y la humanidad, ¿qué escribiría Yessica Arteaga?

Viviré otras vidas, en cada una respiraré poesía…

El universo tiene rejas, la poesía alas…

Viví como la mañana que brota de la sombra/Planté un lirio por cada deuda del cilicio/ y fertilicé las raíces/ de un sentimiento.

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