Es indispensable no hacer una taxidermia del arte

Conversando con Martha Luisa Hernández Cadenas (I)

Esta es una conversación que ha viajado de hormiguero a hormiguero, de hormiga a hormiga, de muchacha a muchacha. Martha Luisa Hernández Cadenas, o simplemente Martica Minipunto, o simplemente Malú es una chica que contempla al arte con amor, con odio, con pasión, con excitación, con cuerpo, desnuda, duplicada y multiplicada. Este diálogo —pospuesto muchas veces, quizás, durante años—, ahora toma como pretexto una foto de los abuelos, un libro prestado, un campo, una fábrica abandonada, un cristal roto para concretarse. Su historia es mi historia… y es la tuya.

¿Cómo comienza la vida literaria de la hormiga llamada Martha Luisa Hernández Cadenas?
 

El año pasado impartí un taller con jóvenes interesados en performance y arte escénico, tomando el “principio” como pulsión para crear “algo casi parecido a una obra de teatro”. Durante ese período fue inevitable que me interrogara acerca de mis propios “inicios”, y en la memoria una encuentra textos y búsquedas incipientes.

“Primero estuvo la literatura, mi madre conserva cuadernos en los que transcribía mis primeras frases, existen páginas en las que simplemente contaba lo que me ocurría, y al volver sobre ellos me parecen poemas extrañísimos. Delirio de madre dadaísta. Por tanto, ese principio biográfico transita por los poemas, los cuentos y los monólogos que escribí entre un taller de escritura en la escuela primaria y talleres de teatro en La Madriguera con Elsa Hernández.

“De algún modo, los otros te empiezan a ver como escritora. Ese proceso consciente inaugura una relación con la literatura muy particular, porque no es habitual reflexionar acerca del efecto que tienen tus palabras en el otro, pero esa frecuencia tiene un efecto en ti, en tu manera de conectar sensorial y poéticamente con la realidad.

“A mí me aterroriza mucho el «mundo de la literatura» y la «vida literaria». Esta relación se traduce en cierto rechazo, rebelión o timidez. En el teatro encontré un espacio de libertad que me interesaba mucho, en esa transmisión de energías que es el fenómeno performativo. El estudio de Teatrología siempre me inspiró, aunque durante la carrera todo lo que escribía fuera del ejercicio crítico era eliminado.

“Por eso mis críticas siempre han sido valoraciones muy poéticas, no podía imaginarme en un ejercicio escrito tendencioso. Antes he contado que me costó mucho desprotegerme. Probablemente por esa desprotección construí un lenguaje crítico propio y una vocación por lo transgenérico, zonas de indeterminación en las que puedo ser otra vez una niña copiando palabras en una libreta.

“He estado en paz desde que terminé con el estado permanente de reprobación. Me interesa la crítica como una «puesta en crisis» y mi capacidad de pensamiento y análisis como un modo de relacionar lecturas, referentes y paradigmas, pero he aprendido a disfrutar y defender los procesos desde lo sensible. Mi «vida literaria» comienza cada día, puede ilustrarse en muchos «principios», pero lo que me anima a escribir sucede diariamente en espacios borrosos, difusos, penumbrosos, el tipo de espacios que a alguien muy teatral le parecen iluminados”.

¿Percibes la escritura teatral/escénica como la columna vertebral de tu creación o tu trabajo se organiza a modo de piezas de puzzle, una junto a otras, en conexión/no-conexión aparente?

Me gusta la imagen y la formación del puzzle. El puzzle necesita la interacción, el gesto físico de ordenar/componer/probar. Gráficamente me atrae la imagen de la columna vertebral como puzzle. Todo paso se deforma, toda postura se moviliza, se transforma, se levanta y se deshace el hilo conductor del cuerpo entre el cielo y la tierra, descentrado, descarnado.

“Creo que lo autorreferencial define cada zona de la creación con la que interactúan mis poemas, obras, ensayos, performances, inclusive la gestión y coordinación de eventos. Mi operación es siempre la investigación y su revés, su repetición y refracción, su recursividad y desaparición. Cada espacio se interrelaciona con el otro, voy citando y desarrollando temas, conceptos, que se cruzan con prácticas y otras formas de goce.

“A veces me parece que este puzzle está incompleto, se han extraviado piezas, se han mezclado los paisajes con los retratos de princesas, se han roto. Escribo y actúo pensando en que esta condición teatral/escénica haga que mi obra transpire performatividad. He dicho antes que escribir un cuaderno de poesía es dirigir una puesta en escena. Pero creación va mucho más allá de pensar en formas o tipologías genéricas. Aunque el puzzle no concluya, el puzzle contiene una idea de orden, una visión del mundo, aunque ese mundo llegue a tus manos totalmente deconstruido”.

En tu proceso de trabajo, ¿cómo la muchacha organiza su vida poética-performática-narrativa-teatral?

La caósmosis me caracteriza, cuanto más estoy produciendo, más feliz estoy. Quienes están muy cerca sabrán que soy inconforme, pesimista y terriblemente “disciplinada”. Pero me comprometo únicamente con los proyectos y las personas que me interesan, especialmente con sus imposibles y descabellados propósitos. En mis procesos actuales ando ocupadísima, con muchos compromisos y muchas colaboraciones de todo tipo. El resultado: escribo mucho más, disfruto la intensidad de estar frente al otro, mi pensamiento está en permanente crisis y movimiento.

“Al escribir me libero de toxinas o me enfermo gravemente, es un proceso sanguíneo y prefiero que se mantenga así. Por lo demás, pongo en orden mis ideas, escucho, dialogo, discuto, hago silencios y todo fluye. La vida doméstica y familiar se convierten en parte de tu trabajo, tu vida es tu trabajo, estás forzada a trabajar en todo momento, en cualquier estado mental te encuentras dando sentido a una idea que tenías en la cabeza, y eso es complejo y exquisito.

“Si te enseño mis agendas, mis papeles o todo ese material que sirve para organizar, planear y ponerle tiempo a los procesos, verás que son tachados, reescritos, se producen en espacios de libertad y contaminación permanentes. Quisiera escribir todas las horas del día, pero no puedo, esa imposibilidad excita, haces grabaciones de audio, escribes notas. También puedes reunirte largas horas o dedicarte a estudiar todo un día, el proceso de trabajo es activo, de ahí la organicidad de mi caos”.

La familia es una de las columnas de sentido de Días de hormigas, tu primer libro y Premio David de Poesía 2017. Para ti, ¿hay un momento correcto para llegar a la creación y, específicamente, a la poesía?

No sé si hay un “momento”. Probablemente, en el tiempo poético, no se trata de un “momento cronológico”, así que ese “momento” adquiere la forma de una espiral. En mi caso, necesité despedirme de unas cuantas miradas autocensoras, pesimistas. Tengo muchos textos conservados con recelo, sin el Premio David no estaría hablando de mi escritura. Te estaría comentando de un evento o festival sobre experimentación en arte, de algún proyecto de la mano con otro artista.

“Este ha sido un «momento» de madurez, de cierta correspondencia entre lo que hago, cómo vivo y cómo me siento como ciudadana, artista, hija, mujer. Un «momento» de libertad, consciencia. Y agradezco que sea un libro en el que homenajeo la felicidad de mi familia, con fotos y reconstrucciones muy sencillas de mi relación con mi madre, mi abuela y mi muchacha. La sencillez con la que ese mapa sensible fue vivido a mis 23 años sigue latente en las páginas del libro.

Como artista de la escena, ¿qué poéticas te interesan y qué poéticas desechas?

El tiempo me ha permitido librarme de algunos prejuicios o criterios que son ligeros, una se reconoce diletante e infantil cuando está negando formas o poéticas tan solo por un furor «contemporáneo». Estoy en medio de un proceso con mujeres que cantaban ópera china. Comprenderás que la ópera —así sea oriental— es un género ligado a una tradición mimético referencial muy fuerte, sin embargo, no hay nada para mí más poderoso que la tradición que preservan esos cuerpos y que fue cultivada en Cuba por la comunidad china.

“Las investigaciones muertas son viejas, males viejos, cuya vacuidad daña mucho. Las políticas culturales envejecidas también dañan. Me parece viejo lo que nace viejo: proyectos sin riesgos, proyectos oportunistas, prácticas ortodoxas. La vejez es un padecimiento cualitativo y rechazo el enmascaramiento e irrespeto de espacios creativos en los que no hay compromiso ni con lo que se produce ni con una postura artística. No es el marco o la tipología artística la que decide esto, es algo más que tiene que ver con el lenguaje poético y la ética.

“Conozco personas que en plena senectud me parecen niños. Conozco niños que han envejecido porque solo distinguen propósitos de éxito en cada gesto. Conozco obras que son espejismos, obras que son cajas chinas, obras que son maquetas y obras que son edificios cómodos. De todo ese tipo de obras las que menos me aturden son las que son espejismos y las que suceden en edificios cómodos, es decir, aquellas que sostienen un mundo de consumo y experimentación del vacío.

“Me parece que estamos en un contexto que prefiere actos creativos embalsamados. Con una imagen o un proyecto mediático ya el mundo está conforme. Es indispensable no hacer una taxidermia del arte. No hay que vaciar o matar, hay que construir obras «honestas», y quizás este sea un valor demasiado altruista, pero entiéndase que esto puede significar una gran ficción, pero esa ficción se defenderá con los intestinos si fuera necesario.

“Todo lo que creo surge de una necesidad muy íntima. Lo autorreferencial, lo autopoético, mi intimidad, las angustias de mi propia madre, todo está latente. A veces se traza desde lo ficcional, la teoría o lo autotemático, sin embargo, hay un encadenamiento rizomático entre cada espacio de exposición con el que estoy comprometida, que no puedo detener. Me sitúo desde los imaginarios, poemas, preguntas sobre el pasado y el futuro, visiones más complejas sobre la Historia y la memoria, las pruebas, la experimentación, la colaboración”.

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