Entre sombras y luces, pero ¡Sonando!

Cuba está Sonando cada domingo en las pantallas de nuestra televisión en un espacio que rinde tributo a la música cubana y, al mismo tiempo, se esfuerza por renovar la imagen y calidad visual de nuestra pantalla chica.

El producto ha sabido colocarse en la agenda pública por la preparación de sus concursantes, el bien logrado diseño escenográfico, la efectividad de las luces y la puesta en pantalla; aunque las opiniones coinciden en la necesidad de remozar la brecha en el lenguaje que se deja ver en los parlamentos trillados de sus locutores, quienes acuden recurrentemente a frases hechas y alocuciones de uso popular.

También son criticables las respuestas fatuas y repetitivas de los mal llamados coachs, sustantivo de la lengua inglesa que no sólo es pronunciado de forma incorrecta, sino que también resulta un mal empleo del extranjerismo cuando la palabra tiene su sustituto en el español.

Otra de las negativas es el número elevado de participantes, aspecto que le brinda menos posibilidades de enlace con el público por las exiguas oportunidades de aparición y deja fuera de competencia una elevada cantidad de competidores con buena proyección.

Pese a las críticas de especialistas y espectadores, el otro lado de la moneda muestra las agudezas y la buena acogida que ha tenido Sonando Cuba por su interés en rescatar nuestros más autóctonos valores musicales y devolver al público un programa de factura nacional que se esfuerza por descubrir el talento local.

Amén de las similitudes o balances con homólogos internacionales, la música cubana se ha colocado en un alto escalón con las agraciadas interpretaciones de los nóveles artistas.

Se aprecia, como iniciativa sugerente, la idea de involucrar a los concursantes en actividades de impacto social; asunto que bien alejado está de los presupuestos banales de la cultura occidental que, como consecuencia de la globalización, han traído a los países de América Latina una concepción del periodismo y las comunicaciones como un juego de mercado, entretenimiento y diversión.

Escucharlos hablar de sus experiencias en el concurso, las perspectivas que tienen como artistas, la instrucción y superación en el aspecto humano y profesional, dejan atrás estas comparaciones.

Sonando en Cuba rebasa los horizontes comerciales implícitos en su creación y se convierte en una escuela para los más jóvenes intérpretes de nuestro patio que ninguna o escaza promoción (para no ser totalitarios) han tenido a lo largo de su formación como profesionales o aficionados.

El programa se inserta en una línea temática, que ha sabido distinguirse de otros en cuanto a discurso visual, estética; escenografía, vestuario; lo cual presenta un meritorio producto televisivo que, como todo proceso creativo, irá corrigiendo los desperfectos en el camino, tal como lo hizo luego de su primera edición.

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