Entre el espanto y la ternura, Celestino canta

Todo hombre se parece a su dolor.

André Malraux

Solo la infancia es nuestra.

El resto pertenece a los extraños.

Don DeLillo

  • …la historia de la literatura cubana de los últimos treinta años[1] se ha caracterizado por ser una historia de las exclusiones y, por supuesto, las instancias ideológicas y políticas han sido protagonistas en ello. Así, se ha promovido una bifurcación que remite a la existencia de dos literaturas cubanas en pugna: una dentro del país y otra en el extranjero, una comprometida con la Revolución y otra en contra del proyecto revolucionario. En esta historia de las exclusiones hemos participado todos.[2]

Uno de los autores que ha quedado oculto tras ese velo de silencio es Reinaldo Arenas (Holguín, 1943-Nueva York, 1990). Y aunque su última novela, Antes que anochezca (1992), logra mayor fama internacional —por la coyuntura de ser su texto más abiertamente irreverente, además del impacto por su publicación póstuma—; fue su primera obra, Celestino antes del alba (1967, primera mención del Premio Uneac en 1965), la que formó parte de un corpus narrativo que introduce en el ámbito literario cubano a un tipo de narrador con características muy especiales, el narrador niño, que será retomado con ímpetu en los años ochenta por una nueva generación de escritores, corriente conocida como «cuentística del deslumbramiento»,[3] «narrativa de la adolescencia» o «de la ética».[4]

Celestino antes del alba recrea el enfrentamiento con su entorno de un niño de campo, cuya voz describe la realidad tal como se le presenta, matizada por las alucinaciones que toman vida en su imaginación. De su argumento poco convencional se desprende el tema de la eterna defensa de la belleza y la realización personal. Los recursos del lenguaje y las técnicas narrativas hacen gala de un manejo excepcional que estalla en la mayor contribución artística de esta novela: la persona que enuncia el discurso desde un «yo» que la identifica como narrador-niño-protagonista y que queda indisolublemente ligada al personaje de Celestino, quien asume la función de receptor del discurso (narratario).

Desde el propio título esta novela nos revela el lirismo de sus páginas. Y es que en más de una ocasión su autor afirmó su mayor aspiración: ser recordado por la poesía implícita en sus novelas y relatos. Celestino antes del alba encierra dos sustantivos claves para la comprensión del texto: el primero, propio, adelanta al lector que el relato narra la historia de un personaje masculino (Celestino), mientras el segundo aporta la ubicación temporal —en el caso de que se interprete como lo sucedido al personaje en una noche— aunque en la lectura se comprueba su significado metafórico. El vocablo alba alude a la iniciación del día, al amanecer, la aurora, la primera luz antes de la salida del sol, pero además proviene del latín albus, que significa blanco, y es ese precisamente uno de los momentos más disfrutados por el niño protagonista de la novela, cuando la neblina cubre todo el campo con su espesa luz blanquecina. Pero el momento al que se refiere es al que le antecede, la noche, hora destinada al sueño, espacio que desarrolla la trama. Todas las acciones están condicionadas por los destellos de lúcida conciencia mental del estado de vigilia que alternativamente acompaña al sueño: «Ahora es mejor que dejes tranquila tu imaginación, pues en cuanto dejes de soñar y duermas más, ellos no te habrán de molestar. No pienses, o piensa menos […] Ya sabes: piensa menos, sueña más, y duerme, y duerme».[5]

Los procesos del razonamiento infantil mantienen activa una elevada capacidad imaginativa que conduce el pensamiento por un mundo donde la fantasía es asumida como única rectora mientras los límites de lo posible se disuelven. Ello encierra la significación lírica de esta historia que enuncia el maravilloso mundo de la infancia, ese fragmento de la existencia humana en que todo asombra y sorprende. Es la etapa de descubrimiento y reconocimiento de una realidad que deslumbra con cada nueva sensación, mientras se va dirigiendo esa sensibilidad hacia la aceptación o el rechazo de los objetos, provocada por el conocimiento asociativo de la percepción sensitiva que les corresponde. Así, el niño que despierta en estas páginas retiene la agradable sensación que le despierta el olor de la tierra cuando llueve o la frescura en sus pies cuando la pisa.

La novela concluye en el umbral de la adolescencia, del alba como despertar ante esa realidad que se impone a la imaginación, dejando atrás el mundo de ensueños habitado por brujas y duendes. El fin de la infancia se indica simbólicamente en la muerte del personaje. Muerte que es salvación, ascensión al limbo, a la eterna inocencia que perseguía en sus viajes a la luna para escapar de un ambiente repulsivo y miserable.

Arenas recrea el enfrentamiento de un niño de campo con su entorno, cuya voz describe la realidad tal como se le presenta, matizada por las alucinaciones que toman vida en su imaginación. El clímax de la narración se halla en la vida fabulada de ese niño marcado por el sufrimiento que le provoca la ausencia del padre y los maltratos de una familia que lo repudia porque representa la frustración de la madre abandonada, que amenaza a cada instante con suicidarse. Para escapar de la soledad, la pobreza, la ignorancia y el convencionalismo de su familia, incapaz de enfrentar la crueldad y el horror de su circunstancia, se inventa un álter ego, personaje que encarna al primo Celestino, el poeta que escribe en los árboles. La poesía es la vía de salvación inicial ante la insulsa vida que le imponen, que encuentra su antagónico en la figura del abuelo que derriba con su hacha los troncos escritos. La escritura y la creatividad se defienden como una forma de rebelión contra la autoridad destructiva de la familia.

La historia transcurre entre los juegos, invenciones y tristezas del protagonista y las constantes persecuciones de la familia que no acepta la identidad diferente y contradictoria de un niño «débil» y «amanerado». Tres diferentes finales multiplican las lecturas de esta novela circular y con cada uno se anuncia la implacable muerte del protagonista, que tiene lugar en el último final. La historia, que comenzó en el pozo con los gritos de la madre anunciando un suicidio que no se atreve a cometer, termina justo allí con la liberación por fin alcanzada de su protagonista, quien entre sombras anuncia lo sucedido antes que las luces del alba alcancen a entregarle otro tiempo para contar, vivir.

Otro de los motivos que se reitera en toda la trama es la muerte, como acto de rebeldía y liberación, lo que destaca algunas de las obsesiones fundamentales de su autor: la nostalgia, el misterio de la madre y el amor a la libertad. Y es que la novela trabaja con evocaciones de corte autobiográfico: «Es autobiográfico también el ambiente, la brutal inocencia con que se expresan los personajes […] en lo que respecta a la aparición de las brujas y los duendes, los primos muertos, el coro de tías infernales, el acoso de infatigables hachas, los desplazamientos del personaje hacia la luna (las huidas) sin obtener resultados ventajosos».[6] 

La concepción del relato es novedosa por la desfiguración espacio-temporal: el espacio se reduce y comprime hasta ubicarse solo en la casa, mientras la historia carece de linealidad, esto se logra con el uso de varios métodos para fraccionar o recuperar el tiempo a través de las asociaciones casuales y la memoria, que se proyecta como un ejercicio de lucidez. La constante exploración del recuerdo y del universo imaginario da lugar a una hábil disposición para presentar la estratificación de la memoria y de la capacidad de invención de la mente infantil, en una prosa que a veces se aproxima al estilo de la lírica. Esta mezcla de realidad e imaginación forma un entretejido de alucinación donde el triunfo de la pureza es todo un símbolo. Se incorpora una técnica narrativa que fractura la continuidad de la trama en la búsqueda de una ambigüedad entre verdad y fantasía, entre mundo exterior e interior, que asume sin limitaciones la irracionalidad y el absurdo. Por tanto, esta obra transita entre lo que pudiera clasificarse como novela surrealista u onírica.

En cuanto a los componentes formales, es preciso subrayar la incorporación de procedimientos innovadores y experimentales que enriquecen los recursos técnicos del género, como el empleo del monólogo interior con que se trata de captar los estados de conciencia del protagonista, que por momentos se convierte en caótico debido al sinsentido del lenguaje que intenta reproducir estados de completo desgarramiento interior.

«Nueva, revolucionaria, con desaliño inherente y necesario, Celestino antes del alba, se coloca como uno de los más legítimos experimentos de lo más joven de nuestra novelística […] Es una obra tensa, ambigua»,[7] «[…] una de las novelas más hermosas que se haya escrito jamás sobre la infancia, la adolescencia y la vida en Cuba».[8]

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[1] Hago mías las palabras de Rogelio Rodríguez Coronel en su intervención en el encuentro “Cultura e identidad nacional”, celebrado en junio de 1995 en La Habana.

[2] Rogelio Rodríguez Coronel: Cuba, novela, revolución (“Colección Aché”). Universidad de La Habana, Facultad de Artes y Letras, [s.f.], p. 26.

[3] Francisco López Sacha: “El personaje reflexivo en la nueva cuentística”, en Revolución y Cultura, No.1, ene/85, Ciudad de La Habana, p. 24-31.

[4] Luis Manuel García: “Contar el cuento”, en La Gaceta de Cuba, agosto 1988, p. 2-4.

[5] Reinaldo Arenas: Celestino antes del alba, Ediciones Unión, La Habana, 1967, p. 45.

[6] Reinaldo Arenas, apud Miguel Barnet: «Celestino antes y después del alba», en La Gaceta de Cuba, año 6, No. 60, julio-agosto 1967, p. 21.

[7] Barnet, op. cit.

[8] Carlos Fuentes, apud Lourdes Arencibia Rodríguez: Reinaldo Arenas entre Eros y Tánatos. Soporte Editorial, Colombia, 2001. p. 59.

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